No seré yo quien discuta que la situación en El Salvador era una auténtica locura; que la sociedad estaba tomada por las pandillas y que la corrupción gobernaba la vida de todos, y digo todos. Estuve tres veces en su capital cuando las maras y pandillas eran dueñas de las calles y las concertinas reinaban en los paisajes urbanos coronando tapias, dinteles y puertas. No era algo agradable y entiendo, hasta cierto punto, la toma de medidas muy radicales. Bukele se hizo cargo del país, cumplió lo que amenazó y parece ser que hay tranquilidad social, se construyen viviendas y escuelas y …se ha venido arriba.
Leo que ya ha colocado a una militar al frente del ministerio de educación y que esa “ley marcial antipandillas” ha llegado a las escuelas, que exigen uniforme limpio y un determinado corte de pelo, no sólo una buena conducta y el adecuado aprovechamiento. Habría que recordarle a Bukele que si lo que pretende es imitar la estética de las juventudes hitlerianas, las raíces mayas de su pueblo no dan para tanto, que se relaje un poco.
Bukele ya se ha ahormado la Constitución a su favor para repetir cuantos mandatos quiera y ya empiezan a sonar cánticos de corrupción y enriquecimiento -recordemos que”como ya era rico, no necesita robar” – cosa que suele acompañar, de forma ineludible, a todos los que ejercen esa clase de poder en las sociedades. En sus últimas apariciones se nos muestra con una casaca negra decorada con vivos dorados semejantes a galones y entorchados militares, lo cual, sinceramente, contribuye a un cierto mosqueo en cuanto a las posibilidades de que abandone el poder si no es con los pies por delante.
Consagrado por los éxitos -duros, con muchas víctimas colaterales inocentes ingresadas en el terrorífico CECOP- sociales, económicos y bien visto por sus iguales de las instituciones financieras internacionales, no muy cercanas a tonterías como derechos humanos y principios democráticos, Bukela va camino de cumplir al 100% con todo el corpus doctrinal del perfecto dictador latinoamericano y acabar, en unas decenas de años, como una reencarnación de Somoza, Trujillo y compañía.
Las enseñanzas de la ética nos aseguran que aquellos que traspasan las rayas, los que se saltan las normas y los principios morales, aunque obtengan éxitos aparentes, acaban por corromperse de manera inexorable y abandonando los principios por los que traicionaron sus propias normas éticas y morales. Lamentablemente, me temo que El Salvador acabará, una vez más, siendo la finca privada no de 15 familias como era antaño, sino de una sola: la de Bukele I, fundador de la dinastía que quiere gobernar El Salvador sine die.
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