Javier Varela
Tengo para mí que Ignacio Martínez de Pisón es uno de los mejores novelistas españoles. Colabora habitualmente en el diario La Vanguardia, con artículos que suelen ser literarios, sobre autores y obras, que a mí me parecen ponderados, inteligentes, informativos siempre. Su trayectoria como escritor es amplia. Suele crear una trama en torno a un momento histórico español, o centrarse en un personaje, informándose a conciencia, como un historiador. Lo hizo en Enterrar a los muertos con José Robles, el traductor y amigo de John dos Passos, asesinado por los servicios soviéticos tan presentes en la España de la guerra civil; una muerte que enemistó a Dos con Hemingway, que venía a justificar el crimen por razones de alta política. Repitió con Filek, el charlatán que se decía inventor de un combustible fantástico. Yo prefiero los relatos de trama densa, como El día de mañana, torbellino de personajes que giran en torno a la figura del pícaro Justo Gil, confidente de la policía franquista por servilismo y por necesidad; prefiero, sobre todas las demás, Castillos de fuego, afortunadísima ficción realista de la España de posguerra, que deja en el lector un poso de amargura, en que un grupo de comunistas combaten con la ceguera, la desesperación y el idealismo propio de los militantes de entonces.
Martínez de Pisón comenta en su último artículo la vida y la obra de Jorge Semprún. Se refiere al pasado estalinista del personaje. Le intriga, como a mí, como personas bienintencionadas pudieron colaborar con la maquinaria estalinista de terror.
Es curioso que un literato tan informado como él no hubiera leído hasta ahora El largo viaje, la primera novela de Semprún, que narra su captura cuando era miembro jovencísimo del maquis borgoñón, prisión momentánea y traslado al campo de concentración de Buchenwald. El largo viaje en un vagón de mercancías, apretujado entre cadáveres o candidatos a serlo. Una obra maestra, a mi parecer. Mejor en francés que en castellano, porque Semprún -me lo confirmaba su buen amigo Eduardo Arroyo- era un escritor galo, aunque muy español. Una contradicción aparente
Sigue siendo un misterio para mí, como para Martínez de Pisón, el estalinismo de gente inteligente como Semprún, como Louis Aragon, Arthur Koestler, Iliá Ehrenburg, Mijaíl Koltsov, Rafael Alberti y tantos otros que se quedaron en compañeros de viaje, como José Bergamín. Era aquella, la de los años treinta y cuarenta, una época en que -dada la impotencia de las democracias europeas, la que habían demostrado durante la guerra de España- parecía obligatorio escoger entre el comunismo soviético y el fascismo. Darse al partido comunista, entregarse por entero, suponía dar un sentido a tu vida, corroborar que estabas situado -como los imbéciles siguen diciendo ahora- en el lado bueno de la historia; abrazar una ideología, el llamado marxismo-leninismo que, como una religión, explicaba en origen, desarrollo y fin de la historia; quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.
Los estalinistas de la época tuvieron acceso a informaciones, fragmentarias, incompletas, sobre los procesos de Moscú, sobre los juicios falsarios que liquidaron a casi toda la vieja guardia bolchevique. Se publicaron noticias sobre la verdadera naturaleza del terror estalinista. Pero, claro, eran relatos difundidos en ocasiones por André Gide, que pasó de intelectual idolatrado por los comunistas a renegado abyecto, cómplice del franquismo según Bergamín; por trotskistas como Víctor Serge, y los estalinistas españoles o franceses creían de buena fe que eran noticias contaminadas por los agentes del fascismo y del imperialismo, que tenían a Trotski por cabeza. Pudieron ver pero quisieron seguir ciegos, amurallados en sus certezas. Y ello duró mucho, mucho tiempo, incluso más allá del XX Congreso del PCUS, el que condenó lo que eufemísticamente llamaron «culto a la personalidad» y «violaciones de la legalidad socialista». Todavía andaba extraviado Semprún en esos derroteros a principios de los años sesenta, cuando escribía en el Mundo Obrero como Federico Sánchez. Y aun los guiones que escribió para el cine, vistos ahora, resultan de una ingenuidad apabullante.
Hubo una especie de desdoblamiento de la personalidad, entre el hombre noble, el idealista desinteresado, y el defensor de causas infames. El idealista digo, el creyente en el paraíso socialista futuro, no el defensor de la democracia (como arguyen ahora los adalides de la «memoria histórica») porque los estalinistas creían en la dictadura del proletariado, la democracia real y verdadera, no en las paparruchas burguesas, el «cretinismo parlamentario» decía Lenin.
Yo sigo teniendo un gran respeto por esas figuras que conocí en mi mocedad; respeto por Simón Sánchez Montero, por Manolo Azcárate, por Santiago Carrillo incluso, aunque mi generación universitaria, la de los setenta, nunca fue estalinista; todo lo contrario. Era gente de una pieza. Estaban hechos de una pasta especial. ¿Se puede respetar a las personas y aborrecer sus ideas?
Siempre me ha fascinado Jorge Semprún, el Pinpinela Escarlata de la España de posguerra; esa conjunción de inteligencian y vida aventurera, como la de André Malraux. Una figura que ha ido desapareciendo ante el avance del intelectual comodón, hombre de escritorio, el que pontifica sin arriesgar. Sigue intrigándome cómo pudo ser aquello de combinar literatura y terror. Como a Martinez de Pisón, gran narrador, uno de los mejores

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