lunes 8 junio, 2026

El pertinaz empeño del pensamiento único

Ricardo Peña

Gracias a la pausa vacacional, he disfrutado de un conjunto de lecturas —por fortuna elegidas con bastante buen tino— que, por una casual coincidencia, me han ilustrado sobre las profundas similitudes que pueden observarse en el surgimiento y desarrollo de las dictaduras, sean estas del signo que sean. Casi todos los libros eran obras de ficción, pero proporcionaban un contexto histórico muy bien documentado sobre cómo era la vida bajo ellas. Así, han desfilado ante mis ojos la dictadura de Stalin en la Unión Soviética y la de Hitler en Alemania durante la guerra, la de Albania en la posguerra y, en España, la de Franco en los años cuarenta y la de Primo de Rivera en los años veinte. En todas ellas, se intentó imponer a sangre y fuego un modelo de “ciudadano ideal” tal como lo concebía el dictador. Quien se apartaba de ese pensamiento único tenía muy difícil sobrevivir.

En la Unión Soviética de Stalin, el buen comunista debía emplear su talento y su trabajo en el engrandecimiento de la patria. Si era escritor, tenía que glosar los valores de la clase obrera y ensalzar las gloriosas gestas de la revolución. No podía escribir poseías de amor, leer a Dostoievski o escuchar música de Tchaikovsky, actividades que se consideraban pequeño burguesas. Podía ser detenido, torturado y deportado a Siberia por asistir a tertulias clandestinas donde se leía a los poetas prohibidos.

A los pocos meses de llegar Hitler al poder, se produjeron quemas masivas de libros en muchas universidades alemanas. Se consideraba contrarios al “espíritu alemán” a los escritores judíos, marxistas y pacifistas. Se suprimieron todos los partidos excepto el nazi. Científicos relevantes de ascendencia judía como Einstein, Gödel y von Neumann tuvieron que huir a los Estados Unidos. El modelo de alemán promovido por el régimen tenía que ser de raza aria, nacionalista, militarista y practicar el culto al líder.

En la dictadura de Primo de Rivera, el español ideal tenía que ser católico, nacionalista y monárquico. Valores no muy distintos del “Dios, Patria y Rey” que proclamaban los reaccionarios carlistas contra el gobierno liberal de María Cristina. Se ensalzaba el pasado imperial de España y se glorificaba a los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II y a figuras supuestamente heroicas como Viriato, Don Pelayo y el Cid. La historia oficial presentaba a los españoles como rebeldes y siempre celosos de su independencia nacional frente a los invasores extranjeros, fueran estos el imperio romano, los musulmanes o los franceses de Napoleón. Se escamoteaba que la nación española nació como tal en el siglo XIX, después de todas estas gestas. El problema del modelo era que más de media España quedaba fuera de él. Para empezar, los distintos partidos republicanos, los liberales no monárquicos, los socialistas y anarquistas, y los partidos independentistas que, como la Lliga Regionalista catalana, ya tenían bastante fuerza.

La dictadura de Franco profundizó en ese modelo católico y nacionalista, aunque de forma más sangrienta. Tras la guerra civil, persiguió con saña a los integrantes de todos los partidos que combatieron al lado de la república. Encarceló, torturó y fusiló a republicanos, sindicalistas, socialistas y comunistas. Tan solo eliminó de la ecuación del español ideal el sentimiento monárquico, porque no tuvo ninguna intención de restaurar al huido rey Alfonso XIII, que murió exiliado en Roma.

El problema de los pensamientos únicos impuestos por la fuerza es que no pueden perdurar en el tiempo. Tarde o temprano las sociedades se rebelan y oponen una resistencia creciente que termina por desestabilizar el régimen dictatorial. Y ello es así porque el ser humano está hecho para vivir en libertad y para perseguir sus ideales sean estos estos políticos, artísticos o sentimentales. Al lado de colectivos conservadores, católicos, nacionalistas y monárquicos habrá siempre otros progresistas, marxistas, republicanos, ateos y practicantes de otras religiones. Habrá personas heterosexuales y otras con formas distintas de sexualidad y de familia. Y todos ellos tienen derecho a existir y unos no son más patriotas que los otros. Tan solo deben respetarse mutuamente y dirimir sus conflictos de forma pacífica. Ese modelo se llama democracia y, de momento, no se ha inventado ningún sistema más estable para que las personas puedan convivir en paz y en libertad.

El surgimiento de las dictaduras siempre es muy parecido: hay un sistema democrático imperfecto previo que no da solución a los problemas, con frecuentes enfrentamientos y disputas entre las diferentes facciones. Los aspirantes a tiranos convencen a mucha gente de la necesidad de un cirujano de hierro que ponga fin a la ineficacia. Cuando este llega, los problemas siguen sin solucionarse o se agravan pero, en la transacción, se ha perdido la libertad y se ha impuesto un modo único de pensar.

La república de Weimar que precedió al ascenso electoral de Hitler y la Segunda República española que precedió al golpe de estado de Franco, tuvieron unos desarrollos y dificultades muy semejantes: inestabilidad de los gobiernos, falta de entendimiento entre las izquierdas y entre estas y los partidos centristas y graves crisis económicas.

El turnismo entre liberales y conservadores de la época de Alfonso XIII dejó de funcionar muy pronto. Hicieron su aparición partidos distintos de los dos tradicionales: republicanos, socialistas e independentistas catalanes. Los gobiernos caían uno detrás de otro por falta de apoyos parlamentarios y el rey interfería constantemente disolviendo las cámaras cuando le parecía oportuno y nombrando primeros ministros a su conveniencia. Entretanto, los numerosos problemas económicos y sociales del país seguían sin solución. El propio rey facilitó el paso al “cirujano” Primo de Rivera, quien inmediatamente prescindió de los partidos y del parlamento.

Incluso en la Unión Soviética hubo una efímera república liberal entre febrero de 1917, en que fue derrocado el zar, y octubre de ese mismo año en que los comunistas dieron el golpe de estado que les llevó al poder. Consistió en una serie de gobiernos de coalición entre liberales y socialistas moderados que trataron infructuosamente de resolver los graves problemas a los que se enfrentaba el país, enfrascado desde 1914 en la Gran Guerra mundial: el fin de la guerra, la reforma agraria y cambios profundos en las condiciones de los obreros urbanos.

Toda esta historia debería resultar de aplicación al momento actual que viven nuestras democracias: funcionan deficientemente, los partidos disputan agriamente en los parlamentos, no se resuelven los problemas de los ciudadanos y aparecen cada vez más voces que piden una “solución” autoritaria.

Eso explica, por ejemplo, el ascenso de Trump en Estados Unidos. Pero también cada país europeo tiene su propio Trump esperando su oportunidad: en Francia se apellida Le Pen, en Alemania, Weidel y, en España, Abascal.

Ricardo Peña

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