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sábado 18 abril, 2026

Las masacres y la inercia de Occidente

La barbarie es consustancial a la historia de la humanidad. Desde la caída de ciudades legendarias hasta los genocidios modernos, los pueblos han conocido la devastación como un sino que se repite con formas distintas. Las grandes masacres no ocurren por fatalidad, sino porque la política, en lugar de evitarlas, ha preferido tolerarlas o incluso alentarlas. Los gobernantes que deberían haber levantado diques frente a la barbarie se mostraron insensibles o cobardes; algunos, directamente, fueron sus arquitectos. Nombrar las matanzas posteriores a la Segunda Guerra Mundial no es un ejercicio de erudición, sino un espejo de nuestras responsabilidades: allí donde la diplomacia se replegó, la violencia avanzó; allí donde se prometieron soluciones, se incubaron problemas mayores. La política que debería haber protegido vidas se convirtió demasiadas veces en cómplice de su destrucción.

Masacres después de 1945, hay muchas, pero solo señalamos algunas.
Sétif y Guelma (Argelia, 1945)

El 8 de mayo de 1945, mientras Europa celebraba el final de la Segunda Guerra Mundial, el ejército colonial francés reprimió con brutalidad una manifestación independentista en Argelia. Se estima que murieron entre 15.000 y 45.000 personas.

Camboya (1975-1979)

El régimen de los Jemeres Rojos de Pol Pot llevó a cabo un genocidio que costó la vida a cerca de dos millones de personas, ejecutadas, torturadas o muertas por hambre y trabajos forzados.

Ruanda (1994)

En apenas cien días, más de 800.000 personas, en su mayoría tutsis, fueron asesinadas con machetes, armas de fuego y violencia sexual en una de las matanzas más rápidas y crueles del siglo XX.

Bosnia y Sarajevo (1992-1995)

El sitio de Sarajevo y la masacre de Srebrenica —con más de 8.000 varones musulmanes asesinados— simbolizan la incapacidad europea y de la ONU para detener un genocidio en su propio continente.

Sabra y Shatila (1982)

En Sabra y Shatila. La lección no aprendida. Beirut, septiembre de 1982, milicias locales irrumpieron en campos de refugiados palestinos y cometieron una masacre de civiles —las estimaciones oscilan entre 1.300 y varios miles—. Fuerzas israelíes controlaban el perímetro y, según investigaciones posteriores, facilitaron la acción. La Comisión Kahan reconoció responsabilidades indirectas. Sabra y Shatila, además de ser horror, fue lección fallida: la comunidad política internacional no impuso justicia real ni reparación descarnada.

Guerra Civil Argelina (1992-2002)

Conocida como la ‘Década Negra’, se desencadenó tras la cancelación de las elecciones que iba a ganar el Frente Islámico de Salvación. Murieron entre 150.000 y 200.000 personas. Masacres como las de Rais y Bentalha (1997) marcaron el horror de un conflicto en el que la responsabilidad recayó tanto en grupos islamistas como en el propio Estado, acusado de omisión o complicidad en asesinatos masivos.

Darfur (2003-)

En la región sudanesa de Darfur, el enfrentamiento entre rebeldes y el régimen de Jartum degeneró en una campaña de limpieza étnica. Las cifras estiman entre 200.000 y 400.000 muertos, con millones de desplazados.

Samantha Power insistió en que el gran obstáculo no era la falta de información de los gobiernos, sino la falta de voluntad. Los gobiernos sabían lo que ocurría, pero optaron por el cálculo político. Evitar la palabra ‘genocidio’ se convirtió en estrategia para no intervenir. Así, el ‘nunca más’ se transformó en un ‘otra vez, pero lejos’. La política internacional terminó normalizando la excepcionalidad del horror.

Hablar de estas masacres no es enumerar cifras. Es confrontar un espejo incómodo: la arquitectura internacional, nacida del trauma de la Segunda Guerra Mundial, no ha sabido estar a la altura de sus propios principios. Si aceptamos que algunos relatos sean borrados por conveniencia, perdemos todos. Porque la memoria no es propiedad de las víctimas: es patrimonio de la humanidad.

Cada una de estas tragedias expone la inercia de Occidente: discursos encendidos seguidos de inacción, comités internacionales que deliberan mientras la muerte avanza, sanciones que llegan tarde o nunca. El siglo XX y los inicios del XXI confirman que la política internacional, en lugar de proteger, ha contribuido demasiadas veces a normalizar la barbarie. Reconocerlo es el primer paso para no repetirlo, ahora puede ser el momento.

Notas y referencias

  1. Sétif y Guelma (1945): estimaciones diversas; véase Martin Evans, Algeria: France’s Undeclared War (Oxford, 2012).
  2. Camboya: Ben Kiernan, The Pol Pot Regime (Yale University Press, 2002).
  3. Ruanda: Samantha Power, A Problem from Hell: America and the Age of Genocide (Basic Books, 2002).
  4. Bosnia: Informe del Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia (ICTY).
  5. Darfur: International Crisis Group, informes 2004–2008.
  6. Sabra y Shatila: Comisión Kahan (1983), Human Rights Watch.
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