Álvaro Frutos
«Podrán cortar todas las flores, pero no detener la primavera» (Neruda).
El verano es, en el mundo occidental, la estación del olvido: niños que juegan en la playa, familias que interrumpen la rutina, cuerpos que descansan bajo el sol en búsqueda de la belleza perfecta, eso sí, protegidos por bronceador, pues la seguridad es lo primero.
En Gaza, sin embargo, el verano no trae juegos ni respiros. Allí, cada niño es heredero de una intemperie donde el calor y el frío no se van ni con helados ni con leche caliente —que ni unos ni otra existen—. Ya no hay cortes de luz: no hay luz. Ni para la esperanza. ¿Ya no hay esperanza? La única certeza es saber si se seguirá vivo al día siguiente.
El relato como campo de batalla
La lucha palestina no es solo territorial: es un pulso por el relato. Si Palestina pierde su voz, pierde más que tierra: pierde su memoria, y con ella, la humanidad entera pierde un espejo ético. Recordar a Palestina es recordarnos a nosotros mismos frente al espejo de la historia. Tal vez tras la puerta de sus muertes esté la nuestra.
Según Naciones Unidas, más del 80 % de la población de Gaza depende de ayuda humanitaria. El desempleo juvenil supera el 60 % y, bajo el bloqueo, este territorio se ha convertido en lo que muchos llaman “la mayor prisión a cielo abierto del mundo”.
En Cisjordania, la agresión ya no es exclusiva de Gaza: también allí avanzan los asentamientos, con el apoyo explícito del gobierno israelí, que muchos continúan llamando democracia por lo que alguna vez fue. No es solo ocupación territorial: es un proceso deliberado de desposesión. Órdenes administrativas y permisos facilitan la expropiación; carreteras conectan colonias, y una lógica demográfica trata pueblos enteros como obstáculos a derribar. Las familias palestinas son empujadas a abandonar sus hogares y, en capítulos diarios de violencia, sufren expulsiones y tiroteos mientras se retiran. El paisaje se redefine como si fuera una “finca urbanizable”, un territorio para parcelar y vender donde antes hubo vidas, recuerdos y pertenencias. Es una transformación que no solo borra mapas, sino también memorias: convertir poblaciones en meros objetos de planificación urbana es, en el fondo, la negación sistemática de una existencia política y humana.
Occidente y la complicidad
La Unión Europea sigue declarando su compromiso con una solución de dos Estados mientras financia acuerdos económicos con Israel. Estados Unidos, que ha vaciado de contenido su democracia al reducirla al mero acto de votar, ha sido históricamente un árbitro parcial y siempre interesado. No es solo Trump: Washington lleva décadas protegiendo a Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU con sucesivos vetos, por intereses políticos, pero sobre todo económicos. Nada es inocente. En esta contradicción, la comunidad internacional ha administrado históricamente un conflicto sin voluntad de resolverlo. Ahora parece haber llegado a la “Estación Termini”.
El actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha hecho del mito del Gran Israel una guía política. Bajo su gobierno, la seguridad ha sido convertida en argumento absoluto para justificar cualquier medida, desde la expansión de colonias hasta la demolición de barrios palestinos. El resultado no es solo un conflicto prolongado, sino un marco ideológico que presenta la ocupación como destino inevitable. Lo peor es que en Occidente haya dirigentes y ciudadanos que compren ese relato: “Israel es nuestra barrera para frenar la islamización de Occidente” (como han afirmado Aznar y Ayuso en España).
El deber de memoria no pertenece solo a las víctimas, sino al conjunto de la humanidad. Olvidar Palestina hoy sería equivalente a consentir el silencio que otros quisieron imponer tras las grandes catástrofes del siglo XX. Recordar es impedir la normalización del horror; es luchar con las armas que tenemos a mano.
Reconocimiento y memoria
El reconocimiento del Estado palestino por el Reino Unido, Australia, Canadá y Portugal en septiembre de 2025 no es un gesto diplomático más: es un punto de inflexión, un ajuste de cuentas con la historia. No son países periféricos; son actores con peso político y responsabilidades directas. Que sea precisamente el Reino Unido quien lo haga, después de haber sostenido el Mandato sobre Palestina y de haber firmado en 1917 la Declaración Balfour, añade a la noticia una ironía amarga: quienes ayudaron a sembrar la fractura aparecen hoy como portadores tardíos de justicia diferida.
La Resolución 181 de la ONU, en 1947, impuso una partición apresurada: un Estado árabe, un Estado judío y un corpus internacional para Jerusalén. Aquella solución no buscaba tanto garantizar la convivencia de dos pueblos como aliviar a Europa de su pasado colonial y de la culpa inmediata del Holocausto. Hoy, setenta y cinco años después, el reconocimiento llega como deuda histórica, pero también como evidencia de la tardanza culpable de la comunidad internacional.
Y aunque parezca inviable, se trata de hacer ver a Israel que podrá ganar batallas militares, pero no la batalla del relato ni de la memoria. Como escribió Esquilo en Los persas: “ninguna victoria cimentada en la humillación del otro es duradera”.
Naciones Unidas: la impotencia del sistema
La Asamblea General de la ONU abre un nuevo período de sesiones con Palestina en el centro de la agenda. Pero la exclusión de representantes palestinos, a quienes se denegó el visado, revela la impotencia de la institución. La Asamblea amplía los derechos de Palestina, pero el Consejo de Seguridad los bloquea con el veto de Estados Unidos.
Si la ONU no es capaz de impedir los horrores de nuestro tiempo, entonces se desmorona la razón misma de su existencia. Es el momento de demostrar que sirve para algo; y si el chantaje de Washington la paraliza, los Estados deberían marcharse de allí, pues la institución ya no sería más que un decorado vacío.
Occidente, al plegarse a Estados Unidos e Israel, legitima aquello que critica en otros: el autoritarismo de China, la agresión de Rusia, la manipulación de regímenes que denuncian el doble rasero. Así, el relato se envenena y el mundo se despeña en su propia contradicción. Borges lo expresó con lucidez: “Nadie es la patria, todos lo somos”. La importancia está en las personas, no en los Estados. Y cuando las instituciones olvidan esa verdad elemental, lo que está en juego ya no es la legitimidad de Palestina, sino la dignidad universal.
Silencio y responsabilidad moral
En este escenario, el silencio del nuevo Papa pesa como plomo. No basta con evocar el respeto a la vida en abstracto; este es el momento de hablar con claridad. Al inicio de su papado proclamó que la Iglesia debía estar en el centro de la defensa de la dignidad humana. Hoy, callar es desmentirse.
La Escritura no permite ambigüedades: “No matarás” (Éxodo 20:13) es el mandamiento esencial, el que no admite matices. Guardar silencio ante la barbarie es complicidad moral.
Conclusión: esto no tiene solución pero hay que seguir.
El reconocimiento de Palestina como Estado es más que un gesto diplomático: es un acto de memoria debida y una interpelación moral al mundo. No repara el pasado ni asegura un futuro de paz, pero abre una fisura en el muro de la indiferencia y el consentimiento. La batalla del relato sigue abierta, y en ella se juega mucho más que el destino de un pueblo: se juega el alma de la comunidad internacional.
El relato palestino no es un tema lejano ni exótico, donde ir a pasar una semana para conocer Tierra Santa: es el espejo donde se mide la conciencia de la humanidad, la actual no la que vivio en los años 30 y 40 del siglo pasado. Lo que ocurre en Gaza y Cisjordania revela no solo la injusticia contra un pueblo, sino la fragilidad moral de una comunidad internacional que se proclama garante de la dignidad humana. Samantha Power advirtió que cada genocidio tolerado enseña a los verdugos que la impunidad es posible. Hoy, Palestina es la prueba de si aceptamos esa lección o la quebramos.
Occidente, al consentir la normalización del horror, degrada no solo sus instituciones, sino también su propia alma colectiva. Y no se trata únicamente de Estados o gobiernos: cada persona, más allá de su ideología, de su fe o de sus intereses, se enfrenta a un dilema íntimo. Ninguna conciencia individual puede permanecer impávida sin corromperse, ni puede usar este sufrimiento como instrumento de su política o de su creencia sin traicionar lo humano que nos sostiene a todos.
Recordar a Palestina es recordarnos a nosotros mismos frente al espejo de la historia. Porque llegar tarde es no llegar; y hacerlo por cálculo o conveniencia es traicionar la justicia y abandonar, definitivamente, el lado bueno de la historia.
Como advirtió Séneca: “no hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”. Palestina nos debería mostrar ese puerto que amenaza con desaparecer si la indiferencia prevalece.

Referencias bibliográficas
Referencias bibliográficas
- Neruda, P. (1954). Obras completas. Editorial Losada.
- Álvaro Frutos Rosado (2025). Dos narraciones sin solución. Israel y Palestina: reflexiones sobre el futuro y el legado de Oslo.
- Samantha Power (2002). EEUU y sus respuestas ante el genocidio. En: The New York Review of Books (14 de marzo de 2002). Trad. en Papeles nº 78
- ONU (1947). Resolución 181 de la Asamblea General.
- The Times of Israel (13/10/2023). EU affirms Israel’s right to self-defense within international law.
- The Guardian (21/09/2025). UK recognises Palestine as state alongside Australia, Canada and Portugal.
- B’Tselem (2024). Conquering Space: The Expansion of Settlements in the West Bank.
- DW (29/02/2024). Israel announces expansion of West Bank settlements.
- Euronews (29/05/2025). Israel approves construction of 22 new settlements in the occupied West Bank.
- Power, S. (2002). A Problem from Hell: America and the Age of Genocide. Basic Books.
- Borges, J. L. (1975). Otras inquisiciones. Emecé.
- Séneca (s. I). Cartas a Lucilio.
- La Biblia (Éxodo 20:13).

- Cumbre del G7, Évian 2026: coordinación occidental en un mundo más fragmentado
por Pedro Fuentetaja RubioLa cumbre del G7 celebrada en Évian, Francia, entre el 15 y el 17 de junio de 2026, estuvo marcada por Ucrania, Oriente Medio, la rivalidad tecnológica con China, la inteligencia artificial y la seguridad - Anthropic y la Seguridad Nacional: Cuando la Inteligencia Artificial entra en el terreno estratégico
por Pedro Fuentetaja RubioResumen ejecutivo La reciente crisis entre Anthropic y la Administración estadounidense constituye uno de los episodios más relevantes en la evolución de la IA como asunto de la Seguridad Nacional. Lo ocurrido trasciende el ámbito - OTAN 3.0: Europa asume más responsabilidades en un momento de transición estratégica
por Pedro Fuentetaja RubioResumen ejecutivo Estados Unidos ha endurecido su posición frente a los aliados europeos de la OTAN. Durante la reunión de ministros de Defensa celebrada en Bruselas el 18 de junio, el secretario de Defensa estadounidense, - Crispación, memoria y territorio: las raíces de una política rota
por Rafael VeraNo hay una fecha única en la que pueda situarse la quiebra del llamado espíritu de la Transición. Más que un derrumbe repentino, fue un desgaste gradual: una lenta pérdida de confianza entre adversarios que - Las desigualdades siguen aumentando … pero algo se mueve. ¿Será suficiente?
por Fernando BallesteroPienso que no me equivoco si afirmo que una gran mayoría de los ciudadanos compartimos la percepción de que estamos viviendo un periodo de descontento generalizado y de falta de confianza en las instituciones para resolver los problemas que afectan a la vida cotidiana.







