Si algo define al Partido Socialista Obrero Español, además de su longevidad centenaria, es la capacidad que ha tenido de dialogar con su pasado sin por ello quedar preso de él. No es una virtud menor. Porque toda organización política que ha sabido sobrevivir a una guerra civil, a cuarenta años de dictadura y represión política y ahora a un cambio de siglo que nos está ofreciendo cambios inusitados, debió saber aprender a renovarse sin traicionar su memoria. En el PSOE de hoy, sin embargo, lo que se observa no es una evolución crítica, sino una tentativa de ruptura programada con su propio legado, una cancelación simbólica de la historia para instalar un presente sin referencias.
Lo hemos visto esta semana con la polémica, más alimentada en redes y tertulias que en órganos oficiales, sobre la figura de Felipe González. Su distanciamiento explícito del partido, tras las críticas vertidas contra la ley de amnistía y lo que él mismo llama «corrupción política», no ha ido acompañado de un expediente de expulsión ni de ningún procedimiento reglado, ni lo habrá a buen seguro. Pero sí se ha producido un linchamiento simbólico desde determinados sectores mediáticos próximos al Gobierno, en paralelo a una militancia cada vez más renuente al disenso. “Ya no es de los nuestros”, se dice con un automatismo inquietante, como si la discrepancia en un partido democrático fuera sinónimo de traición. Aunque se olvida que la Constitución Española no sugiere, preceptúa imperativamente un funcionamiento democrático, esto incluye el derecho a discrepar.
Conviene recordar que González, con todas sus luces y sombras, es la figura más determinante del socialismo español en democracia. Bajo su liderazgo, el PSOE ganó cuatro elecciones generales consecutivas, modernizó el país, consolidó derechos e integro a España en Europa. Que hoy se le presente como un estorbo ideológico o incluso como un obstáculo ético, dice mucho más del PSOE actual que del expresidente. Como escribió Isaiah Berlin: “Las generaciones que destruyen sus raíces no encuentran su lugar en la historia, sino que vagan como fantasmas buscando legitimidad” (Las raíces del Romanticismo 2020).
La pregunta, por tanto, no es si González merece ser expulsado, sino por qué un partido que ha sobrevivido a tantas tormentas necesita ahora negar su pasado para sostener a sus dirigentes presentes. Por qué se acalla la crítica interna, se uniformiza el relato y se transforma a la militancia en una masa silente cuyo único papel es aplaudir, justificar o simplemente obedecer. “No se puede construir un partido político sin ciudadanos conscientes, formados e implicados”, decía Ramón Rubial, otro de los referentes históricos del actual PSOE que vivió con desgarro el enfrentamiento interno de los años 90 y el afloramiento de otros casos de corrupción. Hoy esa máxima parece relegada al baúl de la historia, ni partido de los militantes, ni regeneración democrática (como Sánchez prometió)
Porque el problema no es solo de formas, sino de fondo. En el socialismo de hoy se advierte una obsesión, cada vez menos disimulada, por consolidar un culto personalista en torno a Pedro Sánchez: el presidente que ha sabido proyectar una imagen más mediática, más internacionalizada, el más hábil en la gestión de pactos después de Felipe González, Pero también el más aislado, el más cuestionado por la justicia (por casos que, si bien no siempre le implican directamente, giran en torno a personas nombradas por él), y el que más ha dinamitado los mecanismos de debate internos. El intento de “superar a Sánchez” —según se dice ya en algunos círculos del partido— como marca de liderazgo, se convierte en sí mismo en una forma de superar algo más ideológico en una manera se dejar atrás el narcisismo político.
La deriva es peligrosa. Porque la democracia interna no es un adorno, sino el cimiento de toda organización política que aspira a representar algo más que una acumulación de poder. Y la historia del PSOE así lo demuestra. Fue el PSOE de Pablo Iglesias el que defendió la deliberación frente al caudillismo. El PSOE de Indalecio Prieto el que apostó por la pluralidad frente al dogmatismo. El de González el que integró al disidente, y convivió con voces diversas como las de Nicolás Redondo, Joaquín Leguina o Alfonso Guerra, aunque en ocasiones fueran incómodas. Esa es la herencia que se arriesga a perder.
Mientras tanto, lo que la actual dirección ha conseguido —y no es menor— es invertir la lógica de la pertenencia. Ya no se trata de participar para construir el partido, sino de pertenecer sin preguntar demasiado. Como escribió en su día el historiador Santos Juliá: “Un partido sin debate se convierte en secta; y una secta no entiende de disenso, solo de adhesión”. Y es ahí donde está el verdadero problema. Porque cuando la militancia se limita a validar lo ya decidido, y los cuadros del partido repiten consignas sin contenido estratégico, lo que se erosiona no es solo el PSOE, sino el socialismo democrático en su conjunto.
Del otro lado del espectro, el PP en su obsesión de ocupación del poder, observa con cierta pasividad, sin saber muy bien si debe aprovechar la fractura interna socialista o temer la erosión paralela que sufre como oposición. Porque la derecha tampoco tiene propuesta ni liderazgo con visión. El próximo congreso del PP no augura un giro de rumbo ideológico, sino apenas un ajuste cosmético de nombres. La crisis de Feijóo no es distinta en profundidad a la del PSOE: falta proyecto, falta relato, falta convicción. Hay críticas al sanchismo, sí, pero no alternativas. Y en defensa, en política internacional, en democracia interna, el PP repite fórmulas sin contenido, como si bastara con estar ahí para esperar el desgaste ajeno.
Lo preocupante, en definitiva, no es una eventual salida de González del PSOE ( eso ya termina siendo una anécdota) ni las críticas que puedan hacerse a su legado —todas legítimas si se hacen desde la razón y el conocimiento—, sino el tipo de partido que se está construyendo. Si el PSOE renuncia a reconocerse en su historia, si convierte a sus referentes en obstáculos y a sus militantes en obedientes espectadores, lo que está en juego no es un escaño ni una legislatura, sino la continuidad del socialismo como movimiento democrático, plural y transformador.
Porque, seamos claros: los errores del pasado —y los hubo— no se corrigen borrando los nombres, sino confrontando los hechos. González tuvo que lidiar con los límites de un Estado en transición, con una estructura partidaria todavía inmadura, y con las tentaciones del poder en una época donde la financiación irregular era práctica común en todos los partidos. Pero jamás se acusó a González de enriquecer a su familia ni de promover negocios personales desde la Moncloa. Lo que hoy vemos —cierto o no— es una acumulación de casos turbios, protagonizados por personas nombradas directa y personalmente por el actual presidente. Y eso, más allá de la presunción de inocencia, exige explicaciones políticas, no solo judiciales. Y cada día que pasa, sin que se produzcan y aunque los que apoyan al gobierno, sin cuestionarse nada absolutamente, y atribuyendo todo a una conspiración de la derecha y la extrema derecha política, judicial, mediática y empresarial, el hundimiento del PSOE está más cercano.
El PSOE no necesita romper con su pasado para avanzar. Necesita reconciliarse con él. Recordar que el socialismo democrático no es el culto al líder, sino la construcción colectiva. Que la autoridad moral no se impone desde arriba, sino que se gana en el debate. Que el valor de un partido no está en su aparato, sino en la confianza que genera. Y que una organización que expulsa simbólicamente a sus referentes por disentir, tarde o temprano terminará expulsando también a sus votantes.
La incapacidad de una formación política para asimilar la discrepancia interna la degrada de un proyecto ideológico a un mero instrumento personalista. Ojalá no se llegue a ese punto. Pero si sucede, no será por culpa de quienes discrepan, sino de quienes han convertido el desacuerdo en delito y la historia en obstáculo. Los que han perdido su criterio personal y lo han sustituido, si lo tuvieron, por la sumisión acrítica a la voluntad de un solo hombre, y han hecho del miedo a la democracia su principal dogma.
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