Con lo que está sucediendo en es este tiempo que nos ha tocad vivir hablar de regenerar algo es casi como un mal chiste. Pero sólo si pensamos que solo cambiando las cosas se sale del agujero nos puede llevar a ver que regenerar (según la RAE: Dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo) nos hace albergar algún grado de optimismo.
LOS PARTIDOS POLÍTICOS
Hay crisis políticas que solo parecen visibles en los resultados electorales, en los pactos de gobierno imposibles o en la crispación parlamentaria de cada miércoles. Enmascaran crisis más profundas, silenciosa y corrosivas: la crisis de representación. Aquella en la que los ciudadanos reflejan en quienes dicen representarlos. No es una crisis de gobierno; es una crisis de raíces convivenciales.
El politólogo Peter Mair, en su ya clásico diagnóstico sobre el vaciamiento de las democracias europeas, advirtió que los partidos habían dejado de ser “vehículos de representación” para convertirse en “estructuras de gestión del poder”. En España la distancia entre representantes y representados ha alcanzado niveles preocupantes incluso para que se ponga en cuestión el sistema. No se trata, por tanto, de una percepción difusa o de un malestar coyuntural: estamos ante un problema estructural de la convivencia
España no es una excepción. Pero tampoco encuentra, hoy por hoy, un camino propio para salir de esta encrucijada.
Lo más inquietante no es que exista crisis —toda democracia madura convive con tensiones—, sino que no se perciben alternativas claras dentro del propio sistema de partidos. Ni ideológicas, ni programáticas, ni estratégicas. Las diferencias se diluyen en la superficie del relato mientras se consolidan dinámicas comunes en el fondo: la lucha por el poder como fin en sí mismo, la subordinación de la política a la comunicación inmediata, la renuncia a proyectos de país a medio y largo plazo.
El Partido Popular: la inercia del poder como horizonte
El Partido Popular arrastra una constante histórica que hoy se ha convertido en su problema de identidad: su dificultad para construir un proyecto político que vaya más allá de la ocupación del poder. No se trata de una acusación coyuntural, sino de una lógica profundamente arraigada.
Su cultura política ha estado tradicionalmente orientada a la gestión, a la estabilidad, al control institucional. Pero en un contexto de cambios acelerados —tecnológicos, sociales, geopolíticos— su visión de la política está ampliamente superada. Gobernar en democracia es otra cosa que la ocupación del poder para evitar el cambio.
Su propuesta se define, con demasiada frecuencia, en negativo: frente a algo, contra alguien. Y esa lógica defensiva limita su capacidad de articular un proyecto ilusionante, capaz de conectar con una sociedad que demanda respuestas complejas a problemas complejos.
No es solo una cuestión de liderazgo, el problema no es Feijoo. Es, sobre todo, una cuestión de carga del barco y rumbo del mismo.
VOX: del impulso insurgente a la contradicción estructural
VOX nació como una reacción. Como un intento de capitalizar el malestar de una parte de la sociedad que se sentía desatendida. Y durante un tiempo logró hacerlo con eficacia.
Pero hoy atraviesa una crisis más profunda de lo que sus resultados electorales pueden sugerir. Una crisis de cohesión interna, de credibilidad y, sobre todo, de coherencia. No se puede defender la identidad española “per se” y comprar la norteamericana. Por otra, su discurso antiestablishment choca con su participación en estructuras de poder autonómico y local solo para cuestiones identitarias. Su simplificación de problemas complejos le impide ofrecer soluciones viables, que es lo que hoy se requiere.
Ha demostrado capacidad para señalar malestares. Pero no ha sabido —o no ha querido— transformarlos en propuestas de gobierno consistentes
La izquierda a la izquierda: fragmentación, populismo y desconexión
A la izquierda del PSOE, el panorama es aún más fragmentado. Podemos, Sumar, Izquierda Unida y sus múltiples confluencias han sido capaces de introducir debates relevantes en la agenda pública. Pero han fracasado en consolidar un espacio político coherente, estable y eficaz.
Su problema no es solo organizativo o de liderazgo. Es, sobre todo, político.
Han tendido a sustituir el análisis por el eslogan, la complejidad por la consigna, la estrategia por la táctica inmediata. Su forma de entender la política —fuertemente marcada por el populismo ideológico— ha generado más expectativas que resultados, más ruido que transformación.
Además, sus dinámicas internas —personalismos, divisiones, luchas de poder— han debilitado su credibilidad. La ciudadanía no percibe en ellos una alternativa sólida, no sólo en Castilla y León. Esta izquierda está en permanente recomposición, más preocupado por su propia supervivencia que por la construcción de un proyecto de país.
El PSOE: del proyecto socialdemócrata al pragmatismo sin horizonte
El caso del PSOE es, probablemente, el más complejo. Porque no se trata de una crisis de irrelevancia, sino de identidad.
El partido que durante décadas encarnó la socialdemocracia española —con sus aciertos y sus límites— parece haber perdido su eje programático. Su acción política se percibe, cada vez más, como una sucesión de decisiones orientadas a la permanencia en el poder, más que a la construcción de un proyecto transformador.
El pragmatismo es una virtud en política. Pero cuando se convierte en único criterio, termina vaciando de contenido el proyecto. Y eso es lo que hoy amenaza al PSOE: el riesgo de convertirse en un instrumento sin relato, en una maquinaria eficaz para gobernar, pero incapaz de explicar para qué gobierna.
La socialdemocracia, en toda Europa, atraviesa una crisis de redefinición. Pero en España esa crisis se manifiesta con especial intensidad. Y sin una reflexión profunda sobre su papel en el siglo XXI —en cuestiones como la desigualdad, la transición ecológica, la revolución tecnológica o el papel del Estado— el PSOE corre el riesgo de perder su función histórica en manos de un hiper liderazgo que no le es propio.
Una crisis sistémica, no coyuntural
Lo que estamos viviendo no es la suma de problemas individuales de cada partido. Es una crisis sistémica del modelo de representación.
Los partidos han dejado de ser espacios de socialización política. Han perdido militancia, debate interno, capacidad de elaboración ideológica. Se han convertido, en muchos casos, en estructuras cerradas, altamente profesionalizadas, desconectadas de la sociedad.
La política, mientras tanto, se ha desplazado hacia otros espacios: las redes sociales, los medios de comunicación, los movimientos espontáneos. Pero sin estructuras capaces de canalizar ese dinamismo, la energía social se dispersa o se radicaliza.
El resultado es una democracia más frágil, más volátil, más expuesta a la desafección.
Regenerar para un nuevo tiempo
Ante este panorama, la tentación puede ser el cinismo o la resignación. Pero ninguna de las dos opciones es aceptable. Porque la democracia necesita partidos. Lo que no puede permitirse es tener los partidos como los que hoy tiene.
La regeneración no es una consigna. Es una necesidad histórica.
Implica, en primer lugar, recuperar la función representativa. Volver a conectar con la sociedad, abrir los partidos, democratizar su funcionamiento interno, fomentar el debate y la participación real.
Implica, también, reconstruir proyectos ideológicos sólidos. No se trata de volver al pasado, sino de reinterpretar las tradiciones políticas a la luz de los desafíos actuales. La derecha debe definir qué significa hoy el liberalismo conservador en un mundo globalizado. La izquierda debe repensar la igualdad en la era digital. Y ambos deben asumir la complejidad de un contexto internacional en transformación.
Pero, sobre todo, implica un cambio de liderazgo.
No en un sentido meramente generacional, aunque también. Sino en un sentido más profundo: la necesidad de líderes capaces de pensar más allá del ciclo electoral, de asumir riesgos, de construir consensos, de explicar decisiones difíciles.
Liderazgos menos centrados en la comunicación y más en el contenido. Menos en la confrontación y más en la construcción. Menos en el corto plazo y más en el horizonte.
España ha demostrado, a lo largo de su historia reciente, una notable capacidad de adaptación. Supo construir una democracia desde una dictadura. Supo integrarse en Europa. Supo modernizar su economía y su sociedad.
Hoy se enfrenta, aunque nadie quiera hablar de ello, a un nuevo reto: renovar su sistema de partidos.
No será fácil. No será rápido. Pero será inevitable.
Porque cuando la representación se rompe, la democracia se resiente. Y cuando la democracia se resiente, todo lo demás —la convivencia, la prosperidad, la confianza— empieza a tambalearse.
La pregunta, por tanto, no es si habrá regeneración.
La pregunta es quién la liderará.


