Europa corre el riesgo de seguir mirando el mundo como si la historia aún pasara por su balcón, sin advertir que muchas de las decisiones que marcarán su futuro ya se toman lejos de su centro, de sus mapas y de sus viejas certezas y sobre todo de sus mediocres liderazgos Y el lugar desde el que se escriben las nuevas visiones importa casi tanto como aquello que dicen. No es lo mismo mirar Oriente Medio desde Washington que desde Bruselas, desde Tel Aviv que desde El Cairo, desde Madrid que desde Nueva Delhi o Dubái. Por eso merece atención la publicación por parte de la Observer Research Foundation de su informe (pinchar aquí para leer el texto completo) Shifting Sands: A Middle East in Conflict and Transition, un trabajo editado por Kabir Taneja, Mannat Jaspal, Clemens Chay y Siddharth Yadav, publicado recientemente, el 12 de mayo de 2026, como informe especial de ORF. No estamos ante un documento menor ni ante una pieza más de comentario apresurado. Estamos ante una lectura situada en un mundo que ya no acepta del todo las viejas cartografías occidentales del poder.
La propia localización institucional del informe es significativa. ORF Middle East opera desde Dubái, en el corazón de un Golfo que ha dejado de ser sólo proveedor de hidrocarburos para convertirse en laboratorio de geoeconomía, diplomacia transaccional, transición energética, fondos soberanos, seguridad marítima y ambición tecnológica. La ficha pública de ORF Middle East sitúa su oficina en la Convention Tower del Dubai World Trade Centre y define sus áreas de trabajo en torno a geopolítica, clima y energía, y tecnologías emergentes. No es un detalle administrativo: es una pista intelectual. Oriente Medio ya no puede ser leído únicamente como un tablero de guerras religiosas, rivalidades ancestrales o alianzas militares tuteladas desde fuera. Es, cada vez más, una región donde se cruzan rutas comerciales, inteligencia artificial, crisis alimentarias, corredores energéticos, soberanías heridas y nuevas formas de poder.
El título del informe —“arenas movedizas”— acierta porque condensa la naturaleza del momento. Desde el ataque de Hamás contra Israel en octubre de 2023, la región no ha regresado a ningún equilibrio reconocible. Israel respondió con una campaña militar totalmente desproporcionada apostando por el genocidio aniquilador. Gaza ha sido llevada a una devastación humana y material insoportable, el conflicto se proyectó hacia Líbano, el mar Rojo, Irán, el Golfo y las rutas energéticas, y la comunidad internacional volvió a demostrar su inmensa capacidad para producir declaraciones solemnes e impedir muy pocas tragedias reales. Los informes de OCHA seguían describiendo en mayo de 2026 unas condiciones humanitarias “graves” y “potencialmente mortales” en los territorios palestinos ocupados, con financiación humanitaria insuficiente y servicios esenciales sometidos a restricciones y colapsos recurrentes. (OCHA Territorio Palestino)
La principal virtud del informe de ORF, por lo que permite deducir su planteamiento y enfoque, es que desplaza la mirada desde la pura crónica bélica hacia la transformación del sistema regional. Oriente Medio no está simplemente “en conflicto”; está en transición. Y esa transición es más profunda que la sucesión de bombardeos, represalias, comunicados y cumbres diplomáticas inutiles. La vieja arquitectura regional —sostenida sobre la primacía norteamericana, la seguridad de Israel, el petróleo del Golfo, la contención de Irán y la postergación indefinida de la cuestión palestina— se está resquebrajando. Pero lo que emerge no es necesariamente un orden más justo. Puede ser, perfectamente, un desorden más sofisticado.
Ése es el punto que conviene subrayar desde una mirada europea y socialdemócrata: no basta con constatar la multipolaridad si esa multipolaridad se limita a repartir mejor los negocios y peor los derechos. El mundo posterior a la hegemonía occidental no será automáticamente más democrático, ni más humano, ni más respetuoso con los pueblos sometidos. Puede ser simplemente un mundo con más actores, más cinismo, más dinero en circulación y menos responsabilidad política. El riesgo es que llamemos “transición” a lo que en realidad es una adaptación de las élites regionales y globales a la administración permanente del sufrimiento.
Oriente Medio se ha convertido en el espejo más cruel de nuestra época. Allí se ve la crisis del derecho internacional, la impotencia de Naciones Unidas, la selectividad moral de las potencias, la fragilidad energética de Asia y Europa, el agotamiento del paradigma humanitario y la degradación del lenguaje político. Se habla de corredores, chokepoints, seguridad marítima, normalización, disuasión, resiliencia, arquitectura regional. Todo eso importa. Pero hay una palabra que no puede quedar enterrada bajo la jerga estratégica: Palestina. Porque sin Palestina no hay análisis honesto de Oriente Medio. Hay geopolítica sin conciencia. Hay mapas sin muertos. Hay diplomacia sin memoria.
La gran cuestión crítica que debe formularse ante este tipo de informes es si la región puede estabilizarse dejando a Palestina convertida en un problema humanitario, una molestia diplomática o un residuo moral de otro siglo. La respuesta debería ser evidente: no. La estabilidad que se construye sobre la humillación de un pueblo no es estabilidad; es tregua vigilada. La seguridad que exige la destrucción del otro no es seguridad; es miedo organizado. Y la normalización regional que pretende pasar por encima de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este no será paz, sino maquillaje estratégico.
La Corte Internacional de Justicia ordenó medidas provisionales en el caso presentado por Sudáfrica contra Israel en relación con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio en Gaza. Ese hecho, con independencia del desenlace final del procedimiento, debería haber alterado de raíz el lenguaje diplomático internacional. Sin embargo, buena parte del mundo ha seguido hablando como si bastara con administrar la catástrofe, dosificar la ayuda y esperar a que el cansancio mediático hiciera su trabajo. (Corte Internacional de Justicia)
El informe de ORF llega, por tanto, en un momento decisivo. Su valor está en ayudarnos a entender que Oriente Medio ya no cabe en los viejos esquemas. India mira al Golfo como espacio energético, comercial y estratégico. China ha aumentado su presencia diplomática y económica. Los países del Golfo buscan autonomía, diversificación y protagonismo. Estados Unidos pretende imponer su orden con la comodidad de otras décadas. Europa oscila entre la dependencia energética, el miedo migratorio, la impotencia política y diplomática y la retórica de los valores.
Denunciar es necesario, pero no suficiente. La política democrática europea debe reconstruir una estrategia mediterránea que una derechos humanos, seguridad compartida, reconocimiento efectivo de Palestina, cooperación económica, transición energética justa y defensa del derecho internacional. No puede limitarse a conmoverse ante Gaza y después regresar a la administración burocrática del presente. La compasión sin estrategia se consume rápido. La estrategia sin compasión se convierte en barbarie ilustrada.
La lectura crítica de Shifting Sands debe servirnos precisamente para eso: para comprender que las arenas se mueven, pero también para decidir dónde ponemos los pies. Oriente Medio no es una región lejana que arde en la pantalla mientras Europa calcula precios del gas, oleadas migratorias o equilibrios parlamentarios. Es una fractura central del orden internacional. Allí se está decidiendo si las normas valen cuando incomodan a los aliados, si las vidas civiles pesan lo mismo en todos los mapas, si la seguridad puede separarse de la justicia y si la palabra “paz” seguirá significando algo más que la suspensión temporal de la matanza.
El informe de ORF merece ser leído porque obliga a mirar el conjunto: guerra, energía, transición, Golfo, Asia, poder, rutas, alianzas. Pero La Discrepancia debe añadir una advertencia: ningún análisis será completo si la transición regional se estudia como si fuera sólo un reajuste de placas tectónicas entre Estados. Bajo esas placas hay sociedades, familias, niños, refugiados, ciudades destruidas, memorias arrasadas y generaciones enteras condenadas a vivir entre ruinas o bajo amenaza.
Las arenas de Oriente Medio se mueven. La pregunta es si el mundo será capaz de construir sobre ellas algo parecido a un orden justo o si, una vez más, confundirá el movimiento con el progreso, la normalización con la paz y el silencio de los vencidos con estabilidad. Ahí se juega mucho más que el futuro de una región. Se juega la credibilidad moral de todos.


