martes 17 marzo, 2026

La creciente decepción colectiva

Un reciente artículo de José María Lassalle (El País, 18/02/26) emplea varias veces esta expresión para referirse al estado de ánimo que los dos grandes partidos políticos han inducido en amplias capas de la población y que puede explicar su huida masiva hacia posiciones de ultraderecha. Tiene mérito que lo diga quien fue Secretario de Estado durante el mandato de Mariano Rajoy y al que, por lo tanto, no se le puede achacar ser un peligroso izquierdista. Creo que tiene toda la razón y que tal vez ha llegado el momento de que los ciudadanos nos plantemos y exijamos a los dos partidos que pongan fin a su interminable pelea a garrotazos, porque es muy probable que, con el agua sucia, estemos tirando al niño por el desagüe. Y el niño, en este caso, es nuestra democracia, que no es propiedad suya. Analicemos primero los efectos perniciosos de estos enfrentamientos y repartamos luego las culpas porque, en mi opinión, tampoco los dos la tienen en el mismo grado.

La decepción colectiva proviene de que los ciudadanos vemos a los partidos —fundamentalmente al PP y al PSOE, pero no solo a ellos— ocupados exclusivamente en “sus cosas” y no en los problemas que nos atañen. Y sus cosas consisten en echarse a la cara cualquier asunto con el fin de desgastarse mutuamente y de demostrar que el otro siempre es peor. Los ejemplos sobran: la DANA de Valencia, el apagón, el genocidio de Gaza, la invasión de Venezuela por Trump, el accidente de Adamuz, la corrupción, etc.

Un caso de corrupción es inaceptable y motivo de dimisiones inmediatas si afecta al contrario, pero se relativiza o se apela a la presunción de inocencia si es propio. Una agresión o un acoso sexual son inadmisibles en el primer caso, pero se oculta o se minimiza si sucede en las propias filas. Y de todo ello se debate haciendo gala de la peor educación y de la máxima intolerancia posibles. Es también frecuente acusar al contrario de encubrimiento o complicidad en sede parlamentaria sin aportar ninguna prueba, amparándose en la especial protección a la libertad de expresión —que se usa, en realidad, como libertad de calumnia y de insulto— de la que gozan los diputados.

Los debates parlamentarios y las declaraciones públicas son una sucesión de acusaciones al otro, dichas en general de muy malas formas y sin ningún respeto, que provocan primero indignación y luego desafección a quien tiene la paciencia de escucharlas. El clima en que se desenvuelve la actividad política ha llegado a un grado máximo de toxicidad que ha afectado a la convivencia y a la paz social. Las familias y los amigos no pueden hablar de política sin riesgo de agrios enfrentamientos, que pueden derivar fácilmente en rupturas. Ya no es posible discrepar con educación porque muchos ciudadanos se han polarizado y han tomado partido por uno de los dos bandos. La discrepancia se convierte en acusación de pertenecer al bando contrario, como si la política fuera una liga de fútbol.

Y todo ello sucede cuando hay problemas muy reales que afectan al ciudadano y que deberían ser el objeto principal de los debates. Los dos principales son el aumento brutal del coste de la vida en los últimos años, especialmente el de los alimentos, y la conversión de la vivienda en un bien especulativo que hace imposible acceder a ella, en propiedad o en alquiler, a más de la mitad de la población. Los salarios, por su parte, crecen mucho más despacio y son especialmente miserables en el caso del empleo joven. Al tiempo, subsisten grandes bolsas de pobreza —el 25% según el INE— y se está produciendo una progresiva pauperización de las clases medias.

El resultado de este cóctel es el alejamiento de la política de amplias capas de la población, su consiguiente deseo de castigar electoralmente a los dos grandes partidos y su apuesta por la antipolítica y por las opciones más antisistema posibles, es decir, por la ultraderecha. La bronca interminable de los dos grandes partidos es, por lo tanto, una inmensa fábrica de votantes de Vox. Se está produciendo como consecuencia un exceso de representación del extremismo que no responde a la realidad: Vox es extremista, pero sus votantes en su mayoría no lo son; son ciudadanos hartos de la bronca inútil entre los dos partidos que dicen encarnar la democracia.

En cuanto a las culpas, no es posible ser equidistantes. Los artífices de esta política de la crispación son sin duda el PP y también, paradójicamente, Vox, aunque a estos últimos no les pasa factura por haber sabido dar la impresión de estar fuera del sistema. Se trata de una decisión estratégica de la derecha que no solo es obra de los líderes más visibles  —Feijóo, Tellado, Muñoz, Díaz Ayuso, Abascal, etc.— sino también de los medios de comunicación afines a esos partidos, de una parte del aparato judicial e incluso de la jerarquía eclesiástica. Desde todas esas tribunas se esparce odio y se presenta al presidente Sánchez, no como alguien de quien se discrepa, sino como la encarnación de todas las perfidias y como un enemigo a destruir.

La estrategia responde, como sabemos, a una pésima digestión de la derecha de los resultados electorales del año 2023 en la que, por cuatro diputados, no fue posible un gobierno del PP con Vox. Toda la actividad, primero del defenestrado Casado y luego de Feijóo, ha estado encaminada a descabalgar a Sánchez antes de que culmine su mandato. Una segunda derivada es también ocultar mediante el ruido las iniciativas del gobierno y los buenos resultados macroeconómicos que han producido sus políticas.

Por su parte, el PSOE no está poniendo los medios para neutralizar esta estrategia. Por ejemplo, cae con frecuencia en el “y tu más”, como si eso fuera a tranquilizar a los ciudadanos cuando lo que consigue es justo lo contrario, inquietarlos más. Pero, lo más relevante son su empeño en asimilar al PP con la ultraderecha y su déficit de institucionalidad. Permitir, sin hacer nada, que el PP pacte con Vox contribuye a que el discurso de Vox se extienda a más personas. Negarse a todo pacto con el PP en las autonomías, o a entrevistarse con su líder e incluso a informarle de los asuntos de estado, no es beneficioso para la democracia. En mi opinión, el PSOE debería comportarse con el PP “como si fuera” un partido democrático, aunque en muchas ocasiones demuestre no serlo. Por un lado, por respeto a la institucionalidad —es decir, a la misma democracia— y, por otro, para evitar que los votantes de derechas sean víctimas de las consignas de la ultraderecha.

Cuando tantos peligros acechan a las democracias y cuando la Unión Europea está siendo objeto de tantas amenazas y chantajes, el PSOE y el PP deberían dejar de lado sus pequeñas disputas domésticas por el poder y tratar de hacer frente juntos a esos ataques. Lo que vemos es justo lo contrario, por lo que el futuro que nos espera a todos será bastante negro.

 Ricardo Peña

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