miércoles 10 junio, 2026

Juan Goytisolo “El eco del Ándalus que regresa desde Marrakech”

En Marrakech, Goytisolo no buscó el exotismo sino la continuidad histórica. La plaza, el zoco, la palabra dicha en voz alta le devolvieron algo que España había reprimido. Desde allí, escuchó el eco de Al-Ándalus no como nostalgia, sino como tarea pendiente. La ciudad marroquí fue para él una escuela de oralidad y comunidad; un espacio donde la cultura no se museifica, se vive.

Ese latido atraviesa las novelas de Juan, como Señas de identidad, donde la identidad española aparece como un campo de ruinas y espejos rotos; o en Juan sin Tierra,  donde el exilio se vuelve lenguaje, y el lenguaje, un territorio sin aduanas.

Goytisolo fue implacable con una España que expulsó a sus hijos moriscos y luego fingió no saber qué había perdido. Esa expulsión – política, cultural y simbólica – dejó una herida que aún supura, el miedo a lo mestizo y la obsesión por la pureza. Para Juan, la modernidad española no podía construirse sin asumir esa violencia originaria ni sin reconciliarse con el sur.

Pensaba todo esto sentado en la plaza de Jamaa el Fna, con el rumor de la tarde volviéndose noche. No era la primera vez que lo veía allí. A Juan lo había visitado en su casa de Marrakech. Ahora, en la plaza, siento como regresa su presencia, igual como regresan las voces, sin pedir permiso.

Al caer la tarde, Jamaa el Fna se vuelve un cuerpo común, voces que se rozan, pasos que recuerdan, palabras que no piden permiso para existir. Yo estaba allí – con el té aún caliente y la noche empezando a escribir – cuando Juan apareció como quien no llega, sino regresa.

Se sentó a mi lado sin romper el ritmo de la plaza. Antes de decir nada, escuchó. Como si hubiera llegado mucho antes y yo no me hubiera dado cuenta.

Así comenzó nuestro diálogo – no sé si recordado o inventado – entre su oído atento y el mío, entre su España herida y este sur que no olvida. Hablamos mientras la plaza seguía contando otras historias, mientras el té perdía calor y la noche avanzaba sin pedir permiso.

Aquí las historias no se leen – le dije -, se dicen. Y si no se dicen, se pierden.

Goytisolo miró el círculo de oyentes que crecía y decrecía como una marea.
Por eso me quedé – respondió -. En mis libros intenté romper la página para que entrara la voz. Señas que no cabían en un nombre; una identidad hecha de fragmentos, como esta plaza.

En tu España – le espeté – el nombre pesa.

Pesa porque expulsó lo que lo aligeraba – contestó -. Cuando echaron a los moriscos, no se fueron solos, se llevaron la música del idioma. Desde entonces, España habla, pero cojea.

Un cuentacuentos alzó la mano y el círculo se cerró. La voz cayó sobre nosotros como un manto.
Aquí – dije – nadie pregunta de dónde vienen las palabras.

Eso intenté escribir en Reivindicación… – dijo Juan -, intenté dinamitar la estatua para que vuelva a pasar la gente. Ser don Julián no por traición, sino por fidelidad a lo que fue borrado.

¿Y el exilio?

Juan sonrió, como si el exilio fuera una sílaba conocida.
Juan sin Tierra aprendió a caminar aquí. El destierro se vuelve casa cuando el lenguaje deja de ser propiedad. En esta plaza, la identidad no se defiende, se comparte.

La noche avanzó. Pensé en un poeta asesinado por decir la verdad cantando.
España aún no ha escuchado a Federico García Lorca – dije -. Le teme a su propio duende.

Lorca entendió el sur – respondió Juan -. Supo que la pena canta. España lo mató dos veces, con balas y con el silencio. Aquí, en cambio, el duende se sienta a escuchar.

Un silencio breve y denso. Luego, como si la plaza lo hubiera convocado, el nombre brotó.
Y Ibn Arabi – dije -, quien dijo que el corazón puede tomar todas las formas.

Ese es el futuro que España no se atreve a pronunciar – dijo Juan -. Un corazón sin aduanas. Una relación justa con el sur, no de dominio ni de nostalgia, sino de presente compartido. El Mediterráneo como mesa, no como fosa.

¿Volverá España a escucharse? – pregunté.

Juan no respondió enseguida, la plaza seguía hablando.
Escuchará – dijo al fin – cuando entienda que su eco viene de aquí. Que la palabra que negó regresa. Y que no pide perdón, pide paso.

La noche cerró el círculo. El té se enfrió.
La plaza continuó.
Y España, desde lejos, empezó – tal vez – a afinar el oído.

Hasta que, de pronto, el murmullo cambió de ritmo.
Levanté la vista,  el amigo que esperaba había llegado y me saludaba abriéndose paso entre las mesas de la cafetería. Volví la cabeza. Juan ya no estaba , la plaza seguía y el diálogo quedó allí, suspendido, como quedan las buenas palabras no dichas del todo, esperando a ser retomadas.

Nota

Este texto nace de una inspiración surgida durante una de mis últimas visitas a Marrakech, sentado en la plaza de Jamaa el Fna. Allí, en ese espacio de voces y escucha compartida, regresó a mí el recuerdo del encuentro que mantuve con Juan Goytisolo en esa misma ciudad, algunos años antes de su muerte. El diálogo que aquí se presenta no pretende ser literal ni documental, es una evocación, una conversación imaginada – o quizá recordada –  que intenta dar forma a lo que aquella presencia, aquel lugar y aquella escucha siguen diciendo.

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