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lunes 10 agosto, 2026

Caballito blanco

En torno al 10% de la población activa del País Vasco ha decidido competir por una plaza en Osakidetza en categorías como celadores, personal administrativo o auxiliares de enfermería.100.000 personas. No hablamos solo de una vocación sanitaria. Hablamos de algo más profundo: de una búsqueda masiva de estabilidad, seguridad y calma. Es una señal social.

Una señal social incomoda para las empresas y para la sociedad en general.

Durante años hemos construido un discurso alrededor de la empleabilidad, la flexibilidad, la adaptación, la productividad, la competitividad y la transformación. Hemos pedido a las personas que aprendan rápido, que cambien, que se reciclen, que acepten la incertidumbre, que sean resilientes, que no esperen garantías y que entiendan que el mercado se mueve cada vez más deprisa.

Pero, mientras tanto, una parte muy importante de la sociedad parece estar diciendo otra cosa: “yo no quiero vivir permanentemente en tensión y sin un proyecto de futuro”.

Tenemos un elefante en la habitación, el trabajo en la empresa privada no resulta suficientemente atractivo. Y ahí aparece la pregunta de fondo: ¿qué está ofreciendo hoy la empresa privada?

Y en muchos casos ofrece más incertidumbre que proyecto. Más exigencia que acompañamiento. Más disponibilidad que desarrollo. Más presión que sentido. Y, demasiadas veces, una promesa débil: trabaja mucho, adáptate rápido, acepta el cambio y ya veremos qué podemos ofrecerte después.

Frente a eso, el empleo público representa una estructura de valores muy poderosa: estabilidad, previsibilidad, reglas conocidas, derechos claros, horarios más ordenados, carrera profesional regulada y menor exposición al sobresalto. En definitiva, una promesa de vida.

Y cuando miles de personas eligen esa promesa, el sector privado debería preguntarse menos por qué la gente quiere ser funcionaria y más por qué no quiere trabajar para él. Somos atractivos, capaces de ofrecer retos, crecimiento, innovación, diversidad…

Quizás tenga que ver con como nos vendemos, y esta reflexión se vuelve todavía más relevante si la conectamos con algunos mensajes recientes de la representación empresarial. Cuando la patronal se descuelga de acuerdos sobre el salario mínimo, cuando se opone frontalmente a reducir la jornada laboral, cuando convierte el debate de la productividad en una apelación casi moral al esfuerzo o cuando algunas voces empresariales banalizan las bajas laborales y la salud mental, no solo está defendiendo una posición económica. Está comunicando una determinada idea de trabajo.

Sigue hablando así de tu caballito y verás lo que te va a costar venderlo…

Porque la idea que transmitimos está cada vez más lejos de lo que las personas esperan de su vida profesional.

El mensaje que la sociedad escucha no es “vamos a construir empresas más productivas para vivir mejor”. El mensaje que recibe es otro: hay que producir más, trabajar más, protestar menos, enfermar menos, cobrar con moderación y aceptar que la competitividad pasa, casi siempre, por el lado de la persona trabajadora. Ahí está la desintonía.

Las empresas hablan de productividad. Las personas hablan de vida.

Las empresas hablan de costes. Las personas hablan de seguridad.

Las empresas hablan de absentismo. Las personas hablan de cansancio, salud mental, conciliación, jefes difíciles, presión sostenida y falta de sentido.

Las empresas hablan de flexibilidad. Las personas se preguntan por qué la flexibilidad casi siempre se les exige a ellas.

Esto no significa negar los problemas reales que existen en las organizaciones. El absentismo tiene impacto. La productividad importa. Los costes laborales condicionan la competitividad. Las pymes tienen márgenes limitados. La industria compite en mercados duros. Todo eso es verdad.

La cuestión no es menor. ¿Es sostenible una sociedad en la que una parte creciente de la aspiración profesional se concentra en el empleo protegido? ¿Genera suficiente riqueza un modelo en el que la seguridad se convierte en el principal criterio de elección laboral? ¿Podemos financiar nuestro bienestar si demasiadas personas prefieren refugiarse de la incertidumbre antes que participar en la creación de valor, innovación, industria, empresa y riesgo?

No hay bienestar sin servicios públicos. Pero tampoco hay servicios públicos sostenibles sin una economía productiva que los financie.

La empresa no puede competir con la plaza fija copiando al funcionariado. No debe hacerlo. Su naturaleza es otra: crear, transformar, vender, crecer, equivocarse, corregir, abrir mercados, asumir riesgos. Pero sí puede construir una propuesta de trabajo más adulta y más humana.

Puede ofrecer claridad. Puede ofrecer carrera. Puede ofrecer liderazgo. Puede ofrecer horarios razonables. Puede ofrecer aprendizaje. Puede ofrecer participación en el proyecto. Puede ofrecer reconocimiento. Puede ofrecer entornos donde la exigencia no se confunda con el desgaste y donde la flexibilidad no sea siempre una obligación de la persona, sino también una responsabilidad de la organización.

El sector privado no necesita renunciar a la productividad. Necesita redefinirla. Debe ser organizar mejor, digitalizar con inteligencia, formar a los mandos, reducir burocracia, cuidar la salud, evitar rotación, mejorar procesos, repartir mejor las cargas y construir culturas donde la gente quiera quedarse.

Ha llegado el momento de que la empresa privada haga una reflexión profunda. No basta con decir que falta talento. Hay que preguntarse qué tipo de vida estamos ofreciendo al talento.

Una sociedad no puede desarrollarse solo desde la calma del empleo protegido. Pero tampoco puede pedir riesgo, compromiso y productividad a personas a las que no ofrece un proyecto laboral digno, confiable y sostenible.

El reto no es convencer a la gente de que no oposite.

El reto es construir empresas a las que merezca la pena querer pertenecer.

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