martes 6 octubre, 2026

La OMISIÓN DE LA FAMILIA COLEMAN

Un espeluznante vacío

Por Alberto Morate

Me detiene la memoria de lo pasado en la familia. Cada uno de los miembros de ella aprecian las cosas de distinta manera. Algunos se descabalgan de ella y otros son incapaces de abandonar ese seno de recuerdos de la infancia que ha ido tejiéndose a lo largo de los años y hace del núcleo familiar algo único y peculiar.

En definitiva, que en todas las familias cuecen habas, en todas hay situaciones que se pueden calificar de raritas, en todas nos creemos que la nuestra se diferencia de las demás porque hay hechos que las distinguen sobre las otras mediocres, vulgares y anodinas.

En la familia Coleman, gestada en todos los participantes por la mente de Claudio Tocalchir, los diálogos son surrealistas, en cierta medida absurdos, y ausentes, y de ahí, lo de La omisión de la familia Coleman.

La abuela, la madre, los hijos recorren su propio mundo, tienen sus propios códigos de pensamiento y, por tanto, de actuación, parecieran disfuncionales, pero, en verdad, están cohesionados, con sus roles fracturados en pliegues que ocultan la dependencia unos de otras.

Y, como en la mayoría de las familias, una figura mantiene esa unidad frágil de atención y calentura, de perdones y rencillas, de comprensión y naturalidad por muy descabellados que sean los comportamientos. En este caso, la abuela será la que mantenga en pie esa casa sin gas, sin comida, sin calefacción, sin ventanas. Cuando ella no esté todo ese mundo se desmoronará y ensombrecerá la unidad y contundencia de estar todos con todos y cada una a lo suyo.

Por pequeño que sea el cariño, puede acrecentarse con el trato, con la permisividad, con el conocimiento de la forma de ser.

En épocas anteriores, en el siglo pasado, textos de Miguel Mihura, de Jardiel Poncela, de Antonio Lara ‘Tono’, posteriormente de Fernando Arrabal, con reminiscencias de Beckett o de Ionesco, también producían hilaridad y divertimento, sin dejar de lado la crítica social, el cuestionamiento de la institución familiar, el caos de una sociedad que sufre precariedades y que solo puede combatirlas con la unidad estructural, mal que les pese.

En La omisión de la familia Coleman, con una inmensa interpretación por parte de todo el elenco, dentro de esa aparente incoherencia, se denota un espeluznante vacío, dentro de la irracionalidad cada uno de los personajes tiene su sentido y su razón de hacer y decir lo que hace y lo que dice. Cada uno de ellos comunica, a su manera, su desazón, su propósito en la vida, sus miedos, sus obsesiones, se muestran como personajes alienados y solitarios.

Y me parecen memorables tanto las escenas de la casa, como las del hospital, sobre todo estas, que nos evocan a muchas situaciones que hemos pasado cuando un pariente nuestro, y más si es allegado, ha tenido que ser ingresado y hemos tenido que disimular a la llegada del médico o las enfermeras, donde, a veces, la habitación del hospital más se parecía al camarote de los hermanos Marx en la famosa escena de Una noche en la ópera. Como divertidísima la escena de los apellidos, que siendo de la misma familia nadie se apellida igual.

Acierto en esta original propuesta, humor patético social, donde ya nada colapsa porque ya nada asombra.

INFORMACIÓN

LA OMISIÓN DE LA FAMILIA COLEMAN

De Claudio Tolcachir
Dirección: Claudio Tolcachir
Reparto: Cristina Maresca, Miriam Odorico, Inda Lavalle, Fernando Sala, Tamara Kiper, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño.

Espacio: Teatro Infanta Isabel

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