Idealistas al poder, reclama el novelista Javier Cercas, tan bien dotado para la narrativa como disparatado, inhábil en política. «Palos de ciego», titula con fundamento su columna en El País, convertido ahora en un diario bien pensante. Piensa bien, de acuerdo con las convenciones aceptadas, y te equivocarás.
Cree Cercas que los males de la izquierda, porque él es un hombre de izquierdas, residen en el cinismo de sus representantes. Cinismo, no en el sentido de la doctrina clásica griega, que viene de Kinos, perro: una mezcla de apología, de la vida sencilla, conforme a la naturaleza, y de impudor, rozando casi la obscenidad. Diógenes de Sínope era el representante más señalado de esta doctrina. Dícese de él que dormía al sereno y que se atrevía a tener relaciones sexuales y hacer sus necesidades en público. Se parecía, quizás, a los modernos hippies. Quieres algo, le preguntó el gran Alejandro; a lo que le respondió Diógenes: «Apártate, que me tapas el sol».
No; Cercas entiende el cinismo a la corriente manera, como «desvergüenza en el mentir o en la defensa de doctrinas vituperables», según la RAE. ¿Son cínicos los políticos de izquierda, a los que el novelista toma por interlocutores? ¿Defienden doctrinas vituperables? Tengo para mí que no es así. Sus doctrinas son magníficas. Suelen definirse a sí mismos -pongamos el caso de Elvira Lindo, otra colaboradora asidua de El País- como feminista, ecologista, igualitaria, sin prejuicios y, naturalmente, de izquierdas. Muchos ideales, pero escasas ideas, hubiera dicho Nietzsche. La corrección política personificada. Como la que ejerce Javier Cercas semana tras semana. No digo más. Acaba de condenar rotundamente el dicho del ayuntamiento de Jumilla y sostiene que Salvador Illa ha realizado una revolución en Cataluña. ¿Será la revolución de la financiación singular pero solidaria? La cuadratura del círculo.
Creo que la izquierda no es cínica; acaso lo sea la derecha. Exagerando podríamos decir que el terreno político se reparte -derechas e izquierdas- entre cínicos e hipócritas. La izquierda es más bien hipócrita. Acción de fingir creencias o sentimientos que no se tienen en realidad, nuevamente según la RAE. El gran hipócrita clásico es el Tartufo de Molière. El falso devoto que pretende atesorar riquezas con su fingimiento. Tartufos, los aduladores que rodean al gobernante para sacar partido, como todos los actuales hombres y mujeres del presidente. Los Tartufos modernos, en España, proclaman grandes principios universales, la autodeterminación personal, los derechos humanos, para practicar lo contrario de lo que sostienen en público: la preferencia por las identidades colectivas, la corruptela de baja índole y la realpolitik en materia internacional. Actitudes que acreditan con su avenencia a los nacionalismos cerriles -tan racistas como los de VOX- o las posturas gratuitas en favor de Marruecos. Los manejos de Zapatero, cada vez más turbios, en Venezuela y China descubren a una izquierda hispana tuerta y ciega, que exalta y compadece a los defraudadores de títulos académicos y trata de suprimir la prostitución de las mujeres, como si no la hubiera de hombres (se ha intentado en diferentes países con escaso éxito), como si ello fuera el colmo del feminismo.
Pero el novelista Cercas dice más en su artículo del diario gubernamental. Dice que la izquierda no disfruta de superioridad moral alguna, y ello ya es algo, sino que debe ganársela. Y nos receta una dosis de idealismo. Los políticos tienen que ser idealistas, no cínicos. La moral debe correr parejas con la política. Una vieja tesis que, en su día, defendió José L. López Aranguren. El intelectual, Cercas por poner un ejemplo, debería ejercer como conciencia crítica de la sociedad desmoralizada. El intelectual, que tiene una relación de privilegio con la verdad, con el ser o con la trascendencia, es el encargado de recordarnos los ideales que han caído en olvido.
El caso es que idealistas, defensores de la pureza, fanáticos del ideal, ha habido muchos en la historia. La iglesia católica ha proporcionado muchos ejemplos de inquisidores intachables, que no vacilaban en torturar a sus víctimas. Precisamente, la teoría política moderna, por medio de Maquiavelo, de Jean Bodin, nació con el fin de separar la esfera de la moral, el cielo de los puros ideales, del mundo terrenal e impuro de la política; entre otras cosas para evitar que los hombres se acuchillaran en defensa de sus creencias con exclusión de todas las demás. Los grandes dictadores del siglo XX eran idealistas, a su modo. Mussolini perseguía la grandeza de Italia, emular a la antigua Roma. Lenin pretendía, nada menos, que la redención de la humanidad oprimida. ¿Que usaron medios perversos, cínicos? Naturalmente. El fin celestial puede justificar medios atroces.
Palos de ciego de Javier Cercas, apuntando a un blanco equivocado. ¿No será mejor, menos ambicioso si se quiere, pero más hacedero, dejar los ideales a un lado? Olvidarnos de las superioridades morales, poniendo en su lugar a la eficacia. Conformarnos, simplemente, con la publicidad de las acciones políticas, con la periódica rendición de cuentas. Al fin y al cabo, eso es una manera de designar a la democracia. Publicidad y eficacia. Es decir, todo lo contrario de lo que representa el actual gobierno de España, temeroso de las urnas, intrigante, lleno de maniobras opacas, entre Lanzarote y China. Dejar los ideales al arbitrio de cada individuo. Ser libres para decir a Alejandro, apártate de una vez, que no dejas de hacernos sombra, mala sombra. Democracia y eficacia, a secas. Muchos nos conformaríamos con esto.
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