martes 17 marzo, 2026

Ese impacto silencioso, o no tanto, en nuestra salud mental: cinco años después dela COVID-19,

Parece increíble, pero han pasado ya cinco años desde que la pandemia del COVID-19 irrumpió en nuestras vidas, alterando nuestra cotidianidad y dejando cicatrices profundas en nuestra salud mental. Durante los momentos más duros de la crisis, se pensó que los adultos mayores serían los más afectados. Sin embargo, la realidad nos mostró algo muy distinto; muchos de ellos, pese al aislamiento y las pérdidas, demostraron una resiliencia admirable. En cambio, a los jóvenes, en plena etapa de desarrollo emocional y social, la CoVID les sorprendió desprovistos de herramientas para afrontar una crisis de semejante magnitud. Hoy, son ellos quienes siguen pagando el mayor precio emocional.

El impacto de la pandemia sobre la salud mental fue brutal. Un estudio publicado en The Lancet estimó que, solo en 2020, hubo 53 millones de casos adicionales de depresión y 76 millones de ansiedad en todo el mundo. UNICEF, por su parte, reveló que el 27% de los jóvenes de entre 13 y 29 años experimentaron ansiedad o depresión. Según la OMS, el suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años, una tendencia que la pandemia solo agravó. Y estas cifras, lejos de decaer se están manteniendo, los servicios de salud mental acumulan listas de espera interminables y las consultas de psiquiatría y psicología no dan abasto. 

La pandemia evidenció que estamos criando generaciones «hiperpreparadas» en lo académico, pero frágiles en lo emocional. Preparadas para todo, menos para la vida real. En un mundo que puede ser hostil, aprender a levantarse cuando nos caemos, es una lección esencial. Sin embargo, en muchos casos, esta capacidad de afrontamiento se ha visto mermada, privando a los jóvenes de la resiliencia que sí caracterizó a generaciones anteriores.

A esto se suma otro problema, hemos delegado el cuidado de nuestra salud mental en terceros, en lugar de fomentar la responsabilidad individual en el cuidado global de nuestra salud; la física y la mental. La pandemia dejó claro que este modelo es insostenible. La salud mental no puede seguir siendo una asignatura pendiente.

Uno de los mayores obstáculos para una gestión efectiva de la salud en general y la salud mental en particular es la desinformación, tan común en estos días y por otro lado la banalización, tan presente en redes sociales, confundiendo el malestar emocional con los trastornos mentales. Otro error, no menos significativo, ha sido el trato infantilizadopara con la población, muy utilizada en pandemia, y esa tendencia a minimizar los problemas, algo que no nos permitirá prepararnos para afrontarlos de manera eficiente. Podríamos decir que, de aquellas lluvias, ahora tenemos estos lodos. Una información clara y honesta es clave para construir resiliencia. No pasa nada por enseñar que la vida a veces duele, y que está bien, no estar bien en esas situaciones. 

Además, la politización de la pandemia dificultó aún más la gestión emocional. Se tomaron decisiones erráticas, pocos pueden dudar hoy si el confinamiento era imprescindible para tratar de frenar la pandemia, la pregunta es ¿por qué no se activó antes o por que se prolongó más allá de lo realmente necesario? La consecuencia, se amplificó el impacto psicológico en la población, pero eso ¿a quién le importa? Aún hoy, seguimos viendo cómo se manipula el relato de aquellos meses, manteniendo abiertas heridas con fines espurios. Más que revanchas o caza de brujas, lo que necesitamos es una auditoría tranquila sobre lo que se hizo bien y lo que falló, pero no para señalar responsables, sino para aprender de los errores. 

¿Hemos aprendido algo?

Cinco años después, seguimos sin haber implementado mejoras sustanciales en la educación emocional. No, no salimos más fuertes, con lo que parece que estaríamos condenados a repetir la historia. Podríamos fijarnos en nuestro entorno, donde países como Finlandia han integrado la educación emocional en sus programas escolares con resultados positivos. La educación emocional no se puede impartir en una asignatura sin más, y debe involucrar también a las familias. Mientras eso no cambie, lamentablemente seguiremos viendo las consultas de salud mental llenas de jóvenes.

Sin duda son interesantes las iniciativas lanzadas desde otros ámbitos, como el empresarial. En este sentido algunas empresas, como Acciona o Agroseguro, han puesto en marcha iniciativas de empoderamiento emocional, como el programa Emociones 360, que está ayudando a mejorar el bienestar de sus equipos. Sin embargo, estas son excepciones. 

Estamos dejando pasar una oportunidad magnifica. La salud mental no puede ser solo un tema de conversación en redes sociales o una promesa política en campaña, sino que debería tener una estrategia clara, incorporando la gestión emocional en la educación y los ambientes laborales, fomentando una cultura del autocuidado, como se hace con otros aspectos de la salud, y promover acciones de prevención.  Necesitamos estrategias que nos enseñen a cuidar nuestra salud mental y darnos cuenta de que no hay salud sin salud mental

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