Por; @DrJQuintero
No me parece sencillo definir qué es el amor. Y tal vez esa sea la cualidad que nos enamora; escapa a las palabras, se escurre como el agua entre los dedos del lenguaje y solo se ancla en el alma. Cada uno lo siente a su manera, como si el amor fuera una música distinta para cada corazón. Hay quienes lo pretender buscar en forma de mariposas en el estómago, otros en una compañía serena. Hay quien lo encuentra en una caricia, en un abrazo sincero, otros solo lo descubren ante una despedida. Pero hay una forma de amor, quizás en su forma más pura, que no depende del tiempo, ni de las circunstancias. Ese amor que se entrega sin pedir nada a cambio, que no calcula, que no se desvanece cuando cambian los intereses, se marchitan las flores al llegar el otoño de la vida o cuando llegan las tormentas. A ese y solo a ese, lo podríamos llamar amor incondicional.
Y aún así, ¿cómo se le puede llegar a reconocer, si no es por contraste con todo lo demás? El amor incondicional no es solo una emoción, es la certeza de que hay red en la caída. No necesita justificarse, ni encontrar razones para seguir existiendo, simplemente está. Como la raíz profunda que no se ve, pero que está sosteniendo al árbol.
Para comprender de verdad lo que significa amar sin condiciones, sin cláusulas ni garantías, ni peros ni porqués, deben cumplirse, en mi humilde criterio, una de estas dos condiciones, haber sido madre o padre, o tener un perro. Y antes de seguir, pongamos el foco en lo incondicional, pero no en lo universal, ya que no creo que todo el mundo tenga o haya tenido la dicha de sentirlo como aquí lo quiero describir, a pesar de cumplir una de las dos condiciones.
Ser padre, o madre, te coloca en un lugar de entrega infinita, de generosidad extrema, de poder darlo todo por el otro, incluso la vida si fuera necesario. Desde el primer instante, aunque no comprendas el por qué, tampoco dudas en el cómo, algo en ti cambia. No se trata solo de la responsabilidad o del miedo, que también, es otra cosa. Es observar a tu hijo y observar como el universo se condensa en una mirada.
Ese es el comienzo del amor incondicional, cuando no se trata de merecerlo, sino simplemente de amarlo. Y sin embargo, con el tiempo, descubres que esa incondicionalidad no siempre es bidireccional. Tus hijos crecen, se vuelven adolescentes, luego adultos. Empiezan a tomar sus decisiones, a construir sus mundos. Ya no corren a abrazarte cuando llegas a casa, ya no te buscan con la misma intensidad. Te quieren, sí, pero ahora es de otro modo, con otras reglas, con sus propios espacios. Digamos que esa incondicionalidad parece desdibujarse. Entonces comprendes que les debes amar más, porque eso es querer a alguien, dar sin esperar. Y no está mal, es parte del ciclo de la vida, no te acuerdas, pero eso mismo lo hiciste tu con tus padres. Es lo que tiene que ser.
Pero en ese momento, cuando el silencio de la casa se hace más evidente y tus pasos ya no provocan alboroto, aparece otra figura, o tal vez siempre estuvo allí. Y un buen día, es solo ella la que sale a recibirte al llegar a casa. Si estoy hablando de tu perro. Ese cuadrúpedo que no entiende de etapas, ni de rebeldías, que no sabe que es el rencor. Ese que, sin importar cuánto tiempo pases fuera, cuán distraído estés o cuántas veces le digas que no, te recibe siempre con la misma demostración de emoción sincera. Saltando, moviendo la cola, con los ojos encendidos de alegría, como si hubieras vuelto de pasar meses en la guerra y no solo unas horas en el supermercado.
Con el perro, aprendes algo distinto. Aprendes lo que es recibir amor incondicional. Porque si, ser padre te enseña a amar sin esperar nada a cambio, y tener un perro te muestra lo que se siente ser amado así, sin condiciones, sin reproches, sin filtros.
Pasan los años y los hijos se van haciendo mayores y tú también. En casa cambian los sonidos y las dinámicas, pero tu perra sigue ahí. Ya no corre igual, quizás ya no salte tanto, incluso puede que sus achaques de senectud la impidan correr hacia la puerta cuando llegas a casa tras un largo día de trabajo, pero su mirada no cambia. En ella sigues viendo esa chispa que te dice “aquí estoy, siempre estuve y siempre estaré”, una lección de amor incondicional.
Tal vez por eso los perros viven menos que nosotros. Tal vez su breve paso por nuestras vidas no sea una injusticia, sino una lección. Ellos no necesitan más tiempo para aprender lo esencial de la vida, que se puede amar sin reservas, perdonar sin rencores, estar presentes, en definitiva, el arte de querer bien.
Y cuando se van, porque siempre se van antes que nosotros, dejan un vacío inmenso, sí, pero también una huella profunda. Una ausencia que no pesa por lo que falta, sino por todo lo que fue.
Quizás por eso los perros vivan menos, porque a lo mejor y solo a lo mejor, necesitan irse para que en la despedida, en el análisis de su ausencia, nosotros aprendamos una importante lección de vida, que amar de verdad es la única forma en la que merece la pena vivir. Y entonces, sin necesidad de ladrar, nos enseñan a valorar más, a estar más presentes, a querer mejor. Nos enseñan que es eso de sentirse amado incondicionalmente, para que podamos responder de la misma forma.
Y entonces, es cuando entiendes que en realidad las dos únicas formas de conocer el amor incondicional de verdad, en carne y hueso, son ser padre o madre, o tener un perro. Uno te enseña lo que es darlo, el otro, lo que es recibirlo.
Hay una belleza silenciosa en ese descubrimiento. Una melancolía dulce que se instala en el alma, que te conecta con todo lo que amas, estén o no presentes. Porque sabes que ese tipo de amor es raro, casi podríamos decir que milagroso y más en los tiempos que corren, pero eso da para otra reflexión. Y que, si alguna vez lo viviste, de un lado o del otro, eres, sin ningún género de duda, un afortunado.
El amor incondicional no pregunta, no exige, no se ofende. Acompaña. Permanece. Se transforma sin dejar de ser. Y en ese permanecer está su mayor lección, nos enseña a amar sin miedo, sin medida, sin calendario.
Y tal vez, solo tal vez, si pudiéramos amar un poco más como padres o madres, un poco más como perros, el mundo sería distinto. Permitidme cerrar está reflexión agradeciendo a “Nusky” por haber compartido tu vida con nosotros.
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