La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela, con la detención de Nicolás Maduro y su esposa, ha vuelto a revelar una constante inquietante, la diplomacia de los egos, en los tiempos de la superficialidad, con la que la comunidad internacional y en particular Europa, y más aún España, contempla las tensiones internacionales en América Latina. Desde las irregularidades electorales en las elecciones del 28 de julio de 2024, la respuesta internacional ha sido poco más que un murmullo en “X”, mensajes tibios, declaraciones ambiguas, cuando no abiertamente complacientes con el régimen chavista. Diplomacia de salón, palabrería y gestos vacíos, Nobel incluido, pero ningún compromiso real, ni mucho menos consistente.
España, que durante más de quinientos años ha latido al compás de la lengua de Cervantes con el continente hermano, parece haberse exiliado de sí misma. La voz que un día resonó con auctoritas en el otro lado del Atlántico, hoy apenas susurra entre bastidores, cual Maquiavelo de segunda. Un eco lejano de lo que fuimos. Y lo más doloroso es que nunca como ahora tuvimos tanto que decir. Pero hemos malgastado el prestigio, el crédito y una posición privilegiada que un día supimos merecer.
Nuestra relación con América no es una herida abierta, como parecen trata de hacernos creer algunos revisionistas de salón. Es una herencia compleja, sí, pero profundamente mestiza, fecunda y enriquecedora. Una historia compartida que no exige penitencia, sino orgullo de pertenencia. Orgullo de sangre mezclada, de caminos cruzados, de influencias que fluyen en ambos sentidos desde hace siglos. Pero en lugar de abrazarla, hemos caído en una especie de complejo edípico, que nos pretende empujar a pedir perdón por pecados ajenos, errores y traiciones que no fueron obra de los conquistadores, sino de aquellos que tras la independencia fundaron repúblicas a las que tantas veces traicionaron en sus propios ideales.
Y con el paso del tiempo, lejos de madurar y evolucionar como el buen vino, la relación se ha avinagrado. Quizás fue aquel “¿por qué no te callas?”, la última vez que España se hizo oír con claridad en América Latina. Hemos ido cediendo terreno, autoridad y presencia. Lo más grave no es el silencio, sino la sustitución de nuestra influencia histórica por intereses ideológicos, sino netamente personales. Desde Puebla a São Paulo, nos hemos dejado arrastrar por el lodazal de la polarización, convirtiéndonos en parte del problema, hipotecando siglos de influencia.
En esa tendencia de deslegitimación del self, merecedora de muchas horas de psicoanálisis de urgencia, hemos llegado al punto de cuestionar, incluso desde nuestras propias instituciones, un lustro después, una transición política que el mundo entero admiró.
España podría hoy hablar con legitimidad y con un conocimiento íntimo de lo que significa democratizar un país, un país hermano. Pero quien en su sano juicio se podría fiar de los interlocutores actuales. Habría que cambiar de voces y recuperar un discurso sereno, culto, firme y libre de complejos. Porque lo insoportable no es solo la levedad de nuestra posición actual en América Latina. Lo realmente insoportable es esa renuncia voluntaria a nuestra esencia, a nuestra historia, por lo que fuimos, un puente entre dos mundos y también un faro en la tormenta y precisamente ahora que está tronando.
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