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viernes 5 diciembre, 2025

Ante un cambio de era

Hay que asumir que la subida de Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo no ha inaugurado una era de cambios, sino más bien un cambio de era y no precisamente dorada. Las cosas en los próximos años no van a ser iguales a como lo han sido en los últimos ochenta, los consensos han sido rotos y, los que hasta ahora compartían valores con Europa, han dejado de hacerlo. Se impone adaptarse a los nuevos tiempos y redefinir nuestras alianzas económicas y estratégicas.

En el mes que lleva al frente de la Casa Blanca, Trump ha dejado muy claras sus prioridades. En el plano interno, y con la entusiasta ayuda del cienmilmillonario Elon Musk, ha iniciado un desmantelamiento de la Administración, con especial saña contra todo lo que signifique ayudas a colectivos vulnerables o a paliar la desigualdad. Así, la paralización de los programas de la agencia federal USAID —con 10.000 funcionarios, 44.000 millones dólares de presupuesto y actuaciones en 130 países— va a privar a cientos de ONGs de poder suministrar vacunas, asistencia médica, educación, comida y agua potable a millones de personas en África, Asia y América del Sur. Musk —el padre en X de todos los bulos— explicó los recortes mediante otro bulo: la agencia es “un nido de víboras marxistas”. Trump también ha iniciado purgas en el ejercito, y en otros colectivos públicos, de personas que apoyen planes de igualdad y diversidad. Asimismo, ha prohibido a la Administración contratar con empresas que apoyen ese tipo de planes. Y ha extendido su guerra cultural a los más vulnerables, los inmigrantes, ordenando deportaciones masivas y encarcelamientos.

En el plano exterior, se comporta como un emperador de nuevo cuño. Ha amenazado el comercio mundial con anuncios de aranceles a todos los productos de importación, violando así las regulaciones de la Organización Mundial del Comercio de la que EE.UU. forma parte. En realidad, se trata de una estrategia de chantaje: amenazar primero con lo peor para luego obtener ventajas en una posible negociación. Y sus enfoques sobre la invasión de Gaza por Israel y la de Ucrania por Rusia son realmente repugnantes: apoyo al más fuerte, ignorando cualquier principio de legalidad internacional o de derechos humanos. Así, plantea una deportación masiva de palestinos de su tierra natal y admite que Rusia se quede con los territorios conquistados ilegalmente. Al mismo tiempo, intenta sacar provecho de la vulnerabilidad de Ucrania, exigiendo apropiarse de sus recursos minerales bajo la amenaza de suprimir toda ayuda militar.

Con respecto a Europa, sus intenciones no pueden ser más claras: su Vicepresidente Vance empleó su discurso de la Conferencia de Munich en tratar de convencernos de que estamos en decadencia económica y moral y que no respetamos la libertad de expresión por perseguir los bulos de la ultraderecha y hacerles, en algunos países, un cordón sanitario. Al tiempo que nos amenazan con aranceles, apoyan sin rubor a todos los partidos contrarios al proyecto europeo, a los que invitan a sus aquelarres ultra en EE.UU. En ese sentido, debemos anotar la apuesta incondicional de Santiago Abascal por las decisiones de Trump, a pesar de que muchas de ellas vayan directamente contra Europa. Este “patriota” reniega de sus patrias española y europea para apuntarse a la nueva Internacional Ultra.

¿Cuál debería ser la reacción europea ante este cúmulo de decisiones que están cambiando radicalmente el panorama internacional? En primer lugar, no asustarse ni dejarse impresionar. Al igual que, en la película “Gladiator”, el general Máximo ordena a sus tropas emplear “furia y fuego” para noquear al enemigo, Trump emplea la táctica recomendada por la internacional ultra de Steve Bannon de “conmoción y pavor”. Esta consiste en tomar muchas decisiones en muy poco tiempo y en copar la agenda mediática de cada día con afirmaciones y bulos brutales —la verdad no es relevante— que dejen al enemigo aterrorizado y sin respuesta. Muchas de ellas son cortinas de humo para ocultar el desmontaje institucional que están llevando a cabo en su propio país. Europa no puede entrar en ese juego de amenazas. Cuando estas se vayan concretando en hechos reales, deberá responder con firmeza y con el derecho en la mano, denunciando cualquier violación de las leyes internacionales ante los organismos oportunos.

Europa es mucho más fuerte de lo que creemos los europeos. Para empezar, no hay ninguna parte del mundo donde se viva mejor que aquí. A nuestra riqueza económica, se une el disponer de potentes estados del bienestar que nos dan educación pública y protección pública ante la enfermedad y la vejez, y el respeto en las leyes a los derechos humanos y a las mujeres, gays, trans, inmigrantes y otros colectivos vulnerables. Además, estamos en la vanguardia de la defensa del medio ambiente y de la lucha contra el cambio climático. Con un PIB inferior al de EE.UU., la población europea vive con mucha menor violencia en sus calles y menor desigualdad que la estadounidense. El discurso de Trump de que los europeos vivimos con falta de libertades y en la decadencia social y económica es falso. Como afirmaba recientemente Héctor Faciolince (El País, 20/02/25), “los Trump y los Vance no desprecian a Europa, la temen. Temen que siga siendo estupendamente seductora: un ejemplo de paz, belleza y democracia para el mundo entero”. También nos temen las autocracias como Rusia, China e Irán. Representamos un polo de atracción para sus sometidas poblaciones que resulta insoportable para sus dirigentes.

En segundo lugar, somos la tercera potencia económica mundial, el mayor mercado único del mundo con 450 millones de consumidores y el segundo mayor exportador e importador de bienes y servicios, después de China. El comercio exterior representa el 30% de nuestro PIB conjunto. Con esos datos, podemos jugar un papel geopolítico muy relevante en la escena internacional y poner en aprietos a cualquier país que pretenda perjudicarnos económicamente.

En el mundo que se nos viene encima se está dibujando una clara línea de separación. A un lado, los defensores de la democracia, de los derechos humanos y de un mundo con reglas y respeto medioambiental. En ese lado estamos Europa, Canadá, Australia, el resto de las 24 democracias plenas y la mayoría de las 53 democracias imperfectas del mundo. Al otro, los enemigos de todos esos valores. Ahí, no solo están las autocracias como Rusia, China, Irán, Arabia Saudí, etc, a los que ahora se han sumado los EE.UU. de Trump, sino también los caballos de Troya que pretenden minar la Unión Europea desde dentro, es decir, los Abascal, Orbán, Meloni, Wilders, Salvini y el resto de dirigentes ultraderechistas que hoy se han colocado al lado de Trump y Musk contra Europa. 

No podemos dar nada por ganado, pero tampoco por perdido. Los excesos de Trump están provocando ya reacciones contrarias tanto fuera como dentro de su país. Europa debe jugar sus cartas con inteligencia, unidad y firmeza y elegir adecuadamente sus aliados. El mundo se ha vuelto más hostil, pero no estamos solos en la defensa de los valores civilizatorios.

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