Juan Jesús González
En los años noventa, tuve la suerte de coordinar la versión española del proyecto internacional “Estructura y conciencia de clase”, bajo la dirección de Julio Carabaña, que previamente había convencido a Joaquín Leguina, entonces presidente de la Comunidad de Madrid, de que financiara la encuesta. Por su parte, Joaquín Leguina, que era demógrafo y facultativo estadístico, se encargó a su vez de que el INE patrocinara también el estudio, junto con el Instituto de la Mujer. No hace falta recordar que por aquellas fechas el neomarxismo estaba de moda y que, más concretamente, el llamado marxismo analítico hacía furor en el medio académico. De acuerdo con los parámetros del proyecto, no se trataba solo de precisar la definición y el alcance de la estructura de clases en las sociedades de capitalismo avanzado, sino también de observar el papel que jugaba la conciencia de clase, con el fin de discutir las teorías sobre el aburguesamiento de la clase obrera con el debido apoyo empírico y no solo con citas de los textos sagrados.
Huelga decir que ahora las cosas ya no son tan sencillas, como consecuencia de que los alineamientos electorales tanto de burgueses como de proletarios han ido variando con el tiempo, hasta el punto de que en ocasiones parecería que los papeles están cambiados. Más concretamente, la clásica oposición entre clase media y clase obrera ha llegado en algunos momentos y lugares a invertirse, como consecuencia de que mientras los profesionales se volcaban en apoyo de la “nueva izquierda”, los proletarios caían en brazos de la “nueva derecha”. En el primer caso, el movimiento respondía al surgimiento del ecologismo, el feminismo, etc., en tanto que la “nueva derecha” surgía como respuesta a una globalización desbocada y a la preocupación por la inmigración y la consiguiente pérdida de soberanía e identidad nacional.
En el caso español, Vox surgió en primera instancia como doble reacción a la intentona separatista de 2017 y al avance de la ideología de género, para convertirse después en una derecha nativista que quiere dar respuesta a la preocupación por la inmigración de sectores populares que demandan un mayor control de los flujos de entrada y una mayor atención a los servicios públicos que comparten con los recién llegados. Esta transición desde una agenda inicial anclada en la defensa de la familia tradicional y la unidad nacional a una agenda identitaria y populista le ha permitido penetrar en amplios sectores populares marcados por el bajo nivel de estudios y la proletarización, al tiempo que ha debilitado la conexión entre catolicismo y voto a Vox, razón por la cual las controversias y tensiones con la jerarquía eclesiástica (señaladamente, las relacionadas con la inmigración) tienen cada vez menos coste para este partido.
Hay que tener en cuenta, por otra parte, que, aunque la economía española sigue creciendo, la renta per cápita está más bien estancada, si la comparamos con otros países de la UE de tamaño parecido que muestran mejor desempeño económico, situación que se complica como consecuencia de que la izquierda ha postergado los objetivos tradicionales de reducción de la desigualdad y la pobreza en beneficio del culto de las identidades, con resultados decepcionantes en materia de precarización laboral y pobreza infantil. No es de extrañar, por tanto, que la proporción de ciudadanos que se consideran de clase baja o pobre haya aumentado en los últimos años, tal como recogen los barómetros del CIS.
A continuación, voy a presentar el perfil sociodemográfico de los partidos, tal como he hecho en anteriores ocasiones, pero incorporando en este caso la influencia de la auto percepción de clase, según que los entrevistados se consideren de clase media, clase trabajadora/obrera o de clase baja/pobre. Concretamente, la siguiente tabla informa de la influencia que la edad, el nivel educativo, la religiosidad, la preocupación por la inmigración y la clase subjetiva tienen sobre el voto a cada uno de los partidos. Empezando por Vox, este partido tiene, como ya hemos señalado en anteriores entregas, un electorado muy joven y de bajo nivel de estudios, lo que rebaja el componente religioso de este partido y debilita, por tanto, el carácter moral que su agenda tenía al principio. Al mismo tiempo, el voto a Vox tiene un fuerte componente de trabajadores que se auto consideran de “clase baja/pobre”. Todo esto contrasta con el perfil del PP, que viene marcado por el alto nivel de estudios y la religiosidad, en correspondencia con la auto consideración de “clase media” o “media-alta” que declaran sus votantes.
En el otro lado del espectro ideológico, encontramos un contraste simétrico con el anterior, pero con el signo cambiado, debido a que en este caso son los partidos minoritarios del bloque (Sumar y Podemos) los que presentan un nivel relativamente alto de estudios que contrasta con el nivel más bien bajo del PSOE, cuyo perfil viene marcado por el gran peso de los jubilados entre los votantes de este partido. Ahora bien, este nivel relativamente alto de estudios de los votantes de Sumar y Podemos (debido a una alta proporción de profesionales), va acompañado de una acusada auto consideración de “clase trabajadora/obrera”, lo que se puede interpretar como que estos profesionales expresan un cierto sentimiento de proletarización que no se corresponde, en principio, con su nivel de estudios. Por lo demás, estos votantes a la izquierda del PSOE son los más alejados del sentimiento religioso y los más receptivos a la inmigración.
Perfil sociodemográfico de los partidos
| Edad | Nivel educativo | Religiosidad | Inmigración | Trabajador | Jubilado | Clase Media | Clase Obrera | Clase Baja | |
| Vox | – – | – | + | ++ | + | ++ | |||
| PP | + | ++ | ++ | ++ | |||||
| PSOE | + | – | + | + | + | ||||
| Sum-Pod | + | – – | – | ++ | |||||
Efectos de la edad, el nivel educativo, la religiosidad, la preocupación por la inmigración, la situación laboral y la clase subjetiva
Fuente: barómetros del CIS (julio 25 a febrero 26). 28000 entrevistas
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