Dos líderes logran una política avanzada de narcisismo público
Hay dirigentes que entran en la historia. Otros, más modestos, se limitan a estudiarla. Y después existe una categoría muy contemporánea: aquellos que la utilizan como un espejo de camerino donde admirar, con visible complacencia, su propio perfil. En ese selecto club figuran hoy Pedro Sánchez y Donald Trump.
A primera vista podrían parecer antípodas: uno envuelto en retórica progresista de manual europeo; el otro, en un nacionalismo de megáfono y gorra roja. Pero la política moderna tiene una curiosa ley de gravedad: cuanto más se tensan los extremos del discurso, más terminan pareciéndose en los métodos. Y ahí es donde Sánchez y Trump empiezan a hablar el mismo idioma, aunque lo hagan con acentos distintos.
Ambos han conseguido algo notable: que sus respectivos países —España y Estados Unidos— empiecen a entenderse peor consigo mismos y con los demás. No es una hazaña menor. Requiere talento para el ruido, habilidad para la polarización y una notable indiferencia hacia la coherencia.
Sus cambios de posición suelen describirse como “giros copernicanos”. La expresión es injusta con Nicolás Copérnico, que al menos tenía un sistema. En el caso de estos dos dirigentes, los giros no obedecen a una revolución intelectual, sino a algo más sencillo: la necesidad inmediata del momento.
Quienes se escandalizan hablando de cambios de principios parten de una premisa demasiado optimista. Para cambiar de principios, conviene haberlos tenido previamente. Lo que sí poseen, con admirable constancia, es un objetivo inquebrantable: permanecer en el poder. El resto —argumentos, discursos, convicciones y hasta aliados— pertenece al decorado móvil de la función. Y como en todo buen teatro político, el escenario puede cambiar cada noche sin que el protagonista pierda jamás el centro del foco.
Quienes salen en su defensa —armados con esa lengua de madera que tanto abunda en la política contemporánea— repiten que ambos dicen la verdad. Su verdad. La de cada cual. Y, naturalmente, sostienen que además son coherentes con ella. Es una explicación muy útil, porque permite justificar cualquier cosa. Cuando un político cambia de opinión, no ha cambiado de opinión: ha cambiado de “contexto”. Cuando se contradice, no se contradice: “evoluciona”. Y cuando miente, simplemente está ofreciendo una versión alternativa de los hechos.
Pero esa indulgencia semántica tropieza con una vieja observación de Max Weber: el político no busca la verdad; esa tarea pertenece al filósofo. El político, en cambio, busca el poder, y en ese trayecto la verdad suele convertirse en un equipaje prescindible. A la luz de esa máxima, tanto Pedro Sánchez como Donald Trump parecen confirmar la teoría con un entusiasmo casi experimental: mienten con mayor frecuencia de la que hablan, aunque sus seguidores más sofisticados —o más cínicos— prefieran afirmar que las palabras son “significantes abiertos” y que, por tanto, una promesa puede significar exactamente lo contrario de lo que parece.
Ambos comparten, además, una característica psicológica de considerable interés clínico: un ego de dimensiones geológicas. No hablamos de la habitual autoestima hipertrofiada que acompaña a muchos líderes políticos, sino de algo más ambicioso: una cordillera completa de autoadmiración, cuya altitud rivaliza tranquilamente con el Monte Everest.
Si la vanidad produjera electricidad, Washington y Madrid podrían prescindir del suministro energético durante décadas. En ese paisaje mental, el mundo no es un lugar complejo que requiere prudencia y matices; es simplemente un escenario diseñado para confirmar la grandeza del protagonista.
En Estados Unidos, los fieles de Trump justifican lo injustificable con una fe que recuerda a los apologistas medievales discutiendo cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler. Con cada pirueta retórica del líder, ellos descubren una nueva interpretación providencial. El resultado no es una escuela de pensamiento político, sino una gimnasia intelectual destinada a demostrar que el líder nunca se equivoca, incluso cuando se equivoca con entusiasmo. Y así, poco a poco, se erosiona la calidad de la democracia estadounidense.
En España, entretanto, los devotos de Sánchez responden con una devoción distinta pero igualmente fervorosa. Cuando el presidente agita el eslogan del “No a la guerra”, lo celebran con una emoción casi adolescente, como si se tratara de una consigna descubierta esa misma mañana y no de una fórmula retórica tan antigua como la propia política europea. El problema, naturalmente, es que la política exterior no se gobierna con eslóganes, del mismo modo que la estrategia internacional no se improvisa con pancartas.
De modo que el fenómeno es simétrico y casi cómico: en Washington y en Madrid, dos líderes muy distintos han logrado algo extraordinario: transformar la política en una forma avanzada de narcisismo público, donde la coherencia es opcional, la verdad es negociable y el aplauso de los fieles funciona como la única brújula moral disponible.
El gobierno de España concebido como espectáculo
Y, como diría un viejo parlamentario británico, cuando la política se convierte en un espejo donde el líder solo contempla su propio reflejo, el país deja de tener un gobierno y pasa a tener un espectáculo.
El problema —si es que puede llamarse problema y no simple obstinación de la realidad— es que el mundo rara vez coopera con la retórica. Tiene la desagradable costumbre de recordarnos que la historia no avanza siguiendo nuestros deseos, ni mucho menos los discursos cuidadosamente redactados para las ruedas de prensa.
La guerra entre Israel e Irán —con todas sus ramificaciones regionales y sus inevitables ondas expansivas geopolíticas— ha devuelto a la política internacional una palabra que durante años muchos gobiernos europeos habían tratado como si fuese un mueble incómodo del que conviene deshacerse: seguridad.
Y cuando la seguridad vuelve a la mesa, sucede algo casi ofensivo para la sensibilidad de ciertos gabinetes ministeriales: las consignas pesan menos que los misiles, los manifiestos menos que las alianzas y la moral retórica menos que la geografía estratégica. Historia, presente y devenir tienen un sentido del humor bastante oscuro.
En España, algunos comentaristas celebran con entusiasmo patriótico que los líderes europeos “defiendan a Sánchez” frente a las amenazas económicas de Trump. La escena se presenta casi como una película edificante: Europa rodeando al presidente español con una solidaridad conmovedora, como si Bruselas fuese una especie de caballería moral cabalgando en defensa de la dignidad ibérica. Lamentablemente —o afortunadamente, según se mire— la política internacional no funciona como un guion de Netflix. La Unión Europea no sale al rescate de Sánchez. Sale al rescate de sí misma.
Bruselas no se moviliza por romanticismo político ni por afinidades personales. Se moviliza por una razón mucho más prosaica y mucho más antigua: la autopreservación institucional.
España forma parte del bloque, y cuando se amenaza a un miembro, las instituciones europeas reaccionan cómo reaccionan siempre las burocracias geopolíticas: defendiendo el edificio entero, aunque Sánchez el inquilino díscolo del piso tercero haya decidido colgar banderas extravagantes en el balcón.
Confundir esa reacción automática con una ovación entusiasta a la política exterior del Gobierno español es un error de interpretación digno de estudio antropológico. Porque si uno se aleja de la retórica oficial y escucha con cierta atención lo que se comenta —no en los atriles, sino en los pasillos— la imagen es bastante menos heroica y bastante más incómoda.
Sánchez divergente y Europa perpleja, cansada e incrédula
Desde hace años, numerosas capitales europeas observan con una mezcla de perplejidad, cansancio y discreta incredulidad la divergencia constante de Pedro Sánchez en cuestiones centrales de seguridad y defensa del continente.
Durante mucho tiempo esa divergencia podía interpretarse como lo que en Bruselas llaman con diplomacia exquisita “un matiz político”. En otras palabras: una rareza ideológica tolerable en tiempos de calma.
Pero la calma tiene la mala costumbre de terminar.
Hoy Europa se encuentra rodeada por una guerra en Ucrania, tensiones crecientes en Oriente Medio, presiones estratégicas en el Mediterráneo y una competencia global cada vez más áspera entre potencias.
En ese contexto, lo que antes parecía una peculiaridad doctrinal se percibe como algo bastante menos pintoresco: un problema estratégico. No porque España sea irrelevante aunque Pedro se empeñe —más bien al contrario— sino porque en materia de seguridad las ambigüedades prolongadas terminan generando desconfianza. Y la desconfianza, en política internacional, defensa y seguridad, es un lujo que ningún aliado desea cultivar.
Ahora bien, tampoco conviene dramatizar demasiado. La historia de las relaciones internacionales posee una virtud extraordinaria: sobrevive a los políticos que la complican.
Los líderes van y vienen con la solemnidad de los actores de teatro que creen protagonizar una tragedia griega. Pero las naciones, los intereses y las alianzas tienen una paciencia mucho mayor que los egos que las administran temporalmente. Existe un viejo adagio monástico que resume esta realidad con admirable serenidad: “El abad pasa, pero la abadía queda.”
Podría añadirse una versión moderna: el dirigente tuitea, el dirigente pontifica, el dirigente se contempla fascinado en los espejos de la historia… y finalmente el dirigente desaparece. Mientras tanto, los países siguen allí, firmando tratados, comerciando, cooperando y tratando de reparar discretamente los desperfectos causados por sus gobernantes más imaginativos.
Estados Unidos y España —para fortuna de ambos— pertenecen a esa categoría de relaciones que sobreviven incluso a sus propios episodios de dramatismo político.
Con el tiempo, regresarán a lo que han sido durante décadas: aliados dentro del marco atlántico, socios en cuestiones estratégicas y países condenados —en el mejor sentido del término— a entenderse.
Donald Trump y Pedro Sánchez enamorados de sí mismos
Cuando ese momento llegue, es muy posible que Donald Trump y Pedro Sánchez ocupen el lugar que la historia suele reservar a los líderes excesivamente enamorados de sí mismos. Un lugar pintoresco, ligeramente polvoriento y no del todo glorioso. Allí donde terminan muchos gobernantes que confundieron el escenario con la obra, la retórica con la realidad y el aplauso momentáneo con la permanencia histórica. Unas pocas páginas en los libros del futuro. Leídas, probablemente, con una mezcla de ironía, desconcierto… y esa sensación ligeramente incómoda que producen las tragicomedias políticas cuando se contemplan desde la distancia.
El problema es que, hasta que llegue ese momento redentor en el que la historia decide absolver a los audaces o enterrar a los imprudentes, los daños no desaparecen por arte de magia. Las relaciones internacionales no funcionan como los discursos parlamentarios, que se pronuncian por la mañana y se olvidan por la tarde. Funcionan más bien como la porcelana fina: romperla requiere un segundo de torpeza; reconstruirla exige años de paciencia, diplomacia, memoria y —lo que resulta más escaso en la política contemporánea— credibilidad.
Sánchez divergente y el coste para España
Y es precisamente ahí, en ese terreno menos visible pero infinitamente más decisivo, donde comienza este análisis: en el coste político, estratégico y diplomático que la llamada “divergencia Sánchez” está generando simultáneamente en varios frentes esenciales para la posición internacional de España. No solo en la relación hispano-atlántica con Estados Unidos, ni únicamente en la cada vez más incómoda interlocución con varios socios de la Unión Europea, sino también en la relación con Israel y con los países del Golfo y de Oriente Medio que contemplan con creciente inquietud la estrategia regional de Irán y la arquitectura de seguridad que se está redibujando a marchas forzadas en esa región volátil del planeta.
La historia y la dinámica de los acontecimientos actuales, conviene recordarlo, conceden pocas prórrogas. Tienen un carácter severo y una paciencia limitada. Cuando suenan los cañones —y hoy suenan desde el Donbás hasta el mar Rojo— las naciones no eligen entre ideologías cómodas, sino entre dos actitudes mucho más elementales: altura o excusa.
Hace más de ochenta años, Winston Churchill comprendió algo que hoy parecería una revelación incómoda para buena parte de la política europea: que la ambigüedad es un lujo que las democracias no pueden permitirse cuando los regímenes autoritarios empiezan a coordinarse.
Hoy, mientras Ucrania resiste la invasión rusa, mientras Oriente Medio vuelve a arder con la regularidad trágica de un volcán geopolítico y mientras el eje autoritario ensaya nuevas formas de cooperación estratégica, España comparece en el escenario internacional bajo la batuta de Sánchez (me refiero al presidente no a su hermano sin domicilio conocido) una partitura desconcertante: la del matiz permanente, la del gesto moral selectivo, la de la divergencia como tendencia y la del cálculo electoral doméstico proyectado —con sorprendente ligereza— al tablero global.
Bajo el liderazgo de Pedro Sánchez, España no ha roto formalmente con la Unión Europea ni con la OTAN. No ha vetado sanciones, no ha bloqueado presupuestos, no ha desafiado sentencias. Todo sigue funcionando, en apariencia, dentro de la normalidad institucional.
Pero la política exterior rara vez se mide por lo que se veta. Se mide, sobre todo, por la dirección en la que se empuja en la contingencias que exigen compromiso y fiabilidad. Y ahí es donde la divergencia se vuelve nítida.
No estamos ante un desafío frontal al estilo de Viktor Orbán en Hungría, ni ante una ruptura explícita con los consensos occidentales. Estamos ante algo más sutil y, por ello, más inquietante: una erosión silenciosa de los consensos estratégicos, una acumulación de matices que, considerados en conjunto, transmiten una señal desconcertante a aliados y adversarios por igual: la divergencia estratégica de Sánchez es una tendencia verificable, peligrosa para España y la Unión Europea y crónica. España no dinamita la casa común europea. Simplemente Sánchez aparta a España discretamente cada vez que llega el momento de reforzar los cimientos europeos
En materia de defensa, la escena es particularmente elocuente. Mientras la mayoría de los aliados acelera hacia el umbral estratégico del 4,5 % del PIB —una cifra que hace apenas una década habría parecido propia de la Guerra Fría—, el Gobierno español ha convertido cada incremento presupuestario en una pequeña guerra civil ideológica dentro de su propia coalición gobierno.
La retórica antimilitar de una parte sustancial del bloque gubernamental no es una anécdota retórica: es una posición estructural con dimensiones antisemitas, antiamericanas y aperturistas con los adversarios de occidente.
España envía ayuda a Ucrania, sí. Pero lo hace con la actitud de quien se disculpa por hacerlo. Y en tiempos de guerra en suelo europeo, la ambivalencia no se interpreta como prudencia; se interpreta como debilidad.
Indignación selectiva y mensajes asimétricos de condena
En Oriente Medio, la divergencia adquiere un tono todavía más áspero. Tras la masacre del 7 de octubre perpetrada por Hamás —con más de mil israelíes asesinados y centenares de rehenes secuestrados— la condena del Gobierno fue formal y correcta. Pero el énfasis político se desplazó con rapidez hacia la censura casi exclusiva de Israel.
La tragedia humanitaria en Gaza es indiscutible y exige una respuesta moral firme por parte de cualquier democracia que aspire a tomarse en serio el derecho internacional. Lo llamativo no es la crítica —perfectamente legítima— sino la asimetría con la que se administra: tanta indignación selectiva termina desviando la mirada de la raíz del problema. Porque el conflicto no empezó con los bombardeos, sino con un proyecto político sostenido por Hamás, Hezbolá, los Hutíes y su patrocinador, la República Islámica de Irán, cuyo objetivo declarado no es convivir con Israel, sino borrar su existencia. Y cuando el punto de partida es la eliminación del otro, la paz deja de ser un desacuerdo diplomático y se convierte en un problema de supervivencia.
Porque la estrategia regional de Irán —financiando y armando a Hamás, a Hezbolá y a milicias aliadas desde el Líbano hasta Yemen— no es una teoría conspirativa ni un delirio editorialista. Es un hecho documentado por servicios de inteligencia occidentales, respaldado por múltiples sanciones internacionales y ampliamente reconocido en la arquitectura de seguridad regional.
La tragedia humanitaria en Gaza y los ataques israelíes y de Washington provocan declaraciones de Sánchez, sus ministros y sus socios casi a diario. La represión del régimen iraní contra sus propios ciudadanos —manifestantes ejecutados, opositores encarcelados, jóvenes abatidos en las calles— apenas roza el expediente en el discurso diplomático. No es solo una cuestión de juicio moral; es una cuestión de frecuencia, de volumen, de insistencia. En diplomacia, como en música, lo que se repite sin cesar termina marcando la melodía política. Y en este caso, la música suena dolorosamente desigual.
La contundencia verbal dirigida a Teherán ha ocupado un espacio político sorprendentemente modesto si se compara con la energía desplegada contra Jerusalén. En diplomacia, la aritmética de las palabras importa: la frecuencia con la que se reprende a unos y se silencia a otros termina siendo, en sí misma, una forma de mensaje. Y a veces ese mensaje es más elocuente que cualquier discurso solemne.
Los países del Golfo Pérsico observan con creciente desconcierto la política exterior española bajo Pedro Sánchez. Mientras Teherán lanza ataques a sus intereses estratégicos en la región —ya sean misiles, maniobras de influencia o presiones económicas—, Madrid mantiene un tono diplomático tibio, fluctuante y, sobre todo, asimétrico. La contundencia hacia Israel se multiplica, las palabras hacia Irán se diluyen: no es solo lo que se dice, sino con qué frecuencia y con qué intensidad. La diplomacia no es teatro; cada silencio o vacilación comunica, y nuestros aliados lo leen con alarma.
El “sanchismo” —con su mezcla de retórica moral selectiva y pragmatismo doméstico— genera un efecto perverso: nuestros aliados se sienten abandonados en el terreno estratégico mientras la teocracia iraní evalúa el grado de permisividad internacional. En el ajedrez regional, cada gesto cuenta, y España corre el riesgo de aparecer no como un aliado fiable, sino como un actor errático, más preocupado por la percepción que por la seguridad compartida.
Si algo enseña la política internacional es que la credibilidad no se improvisa. Para nuestros socios del Golfo, cada declaración, cada gesto de Sánchez y su equipo es medido con lupa. Y hasta ahora, la lectura es clara: desconcierto.
Severidad asimétrica ante Estados Unidos, Israel e Irán
Se dirá —y no faltará quien lo haga con gravedad doctoral— que España actúa en nombre del derecho internacional. El argumento suena impecable en el papel, pero tropieza con un detalle incómodo: ese mismo derecho también lo invocan Alemania, Francia, Polonia, Bélgica o Italia, y ninguno de ellos considera que aplicarlo exija practicar una especie de contorsionismo moral que debilite la disuasión frente a regímenes que han hecho de la desestabilización regional una política de Estado.
La diferencia, por tanto, no es jurídica: es política. Es cuestión de tono, de prioridades y —sobre todo— de percepción. Porque en política internacional, la percepción no es un adorno retórico: es poder en acción. Y cuando Sánchez parece más inclinado a mostrar severidad hacia las democracias imperfectas de Israel y Estados Unidos, como si España se encontrara libre de toda mancha bajo su protección, mientras que la frecuencia periférica de sus mensajes relativizan a la Teocracia Iraní que financian milicias, amenazan con borrar a un Estado de Israel del mapa y celebran la violencia como herramienta estratégica, lo que transmite no es sofisticación diplomática, sino una confusión moral peligrosa y costosa.
En el tablero internacional esa confusión rara vez se interpreta como virtud. Más bien suele traducirse en algo mucho más prosaico: pérdida de credibilidad. Y en política exterior la credibilidad es como el cristal fino: una vez resquebrajado, no basta con discursos para volver a hacerlo transparente.
Divergencia como bostezo estratégico, indecisión y confusión
En el debate sobre el paraguas nuclear europeo propuesto por Emmanuel Macron, España guarda un silencio que en diplomacia equivale a un bostezo estratégico: ni lidera, ni propone, ni articula alternativa alguna, mientras París impulsa una doctrina de “disuasión avanzada” que redibuja la seguridad continental.
Donde otros Estados endurecen sus posiciones frente al complejo tablero global —desde la autonomía estratégica ante China hasta el diseño de un futuro Ejército Europeo— Madrid modula, duda y espera. En un momento en que la política de seguridad exige decisiones claras, España adopta un perfil bajo que deja un eco de equidistancia.
Y sin embargo, la geografía estratégica no espera a las palabras. La Base Naval de Rota y la Base Aérea de Morón, pilares logísticos de la defensa atlántica, siguen operando como engranajes esenciales del dispositivo occidental. Pero precisamente ahora, cuando la Unión Europea debate su papel en una crisis que amenaza con extenderse más allá de sus fronteras, España prefiere no ponerlos en la mesa de negociación, negándose incluso a autorizar su uso en operaciones bélicas sin mandato internacional.
La realidad contradice la retórica. Porque la España de los hechos —de fragatas desplegadas, de compromisos operativos con aliados, de cooperación con misiones europeas— está ahí. Pero la narrativa que emana desde Moncloa a menudo suena cauta, casi administrativa, lejos del tono inequívoco que reclaman hoy aliados y adversarios.
Este patrón se repite: adhesión formal, intensidad selectiva; cumplimiento jurídico, divergencia estratégica. En un escenario global donde la confianza entre aliados es tan valiosa como un sistema de misiles, esa cautela prolongada puede percibirse como indecisión. Y las potencias buscan certezas, no dudas ornamentadas con diplomacia.
Si la incomodidad estratégica persiste, la historia enseña una regla impasible: las potencias buscan alternativas. Y en ese mapa alternativo, actores como Marruecos emergen como posibles parejas de baile estratégicas para Washington y otras capitales, conscientes de que un socio fiable es mejor que uno ambiguo.
España también proyecta cautela en su política hacia Venezuela. Ante uno de los mayores éxodos contemporáneos del hemisferio occidental y un régimen cuya deriva autoritaria ha sido ampliamente documentada, Madrid se adhiere formalmente a la posición europea, pero elige un lenguaje medido donde otros emplean términos rotundos. Esto no pasa inadvertido en cancillerías ajenas, donde se vigila con lupa la consistencia entre lo que se firma y lo que se defiende.
La política exterior de una potencia media no se mide solo por tratados, sino por la claridad con la que ocupa su lugar en el tablero. Cuando una nación habla con demasiados matices en una época de definiciones, corre el riesgo de descubrir —demasiado tarde— que el resto del mundo ya ha empezado a tomar decisiones sin contar con ella.
Porque la historia, que tiene un sentido del humor bastante oscuro, suele castigar con especial severidad a los países que confunden prudencia con indecisión, diplomacia con equidistancia y estrategia con cálculo electoral. Cuando el ruido de la historia aumenta de volumen, solo quedan dos tipos de naciones: las que afinan la orquesta… y las que descubren, con sorpresa tardía, que la música ya ha empezado sin ellas.
Sánchez divergente, UE y OTAN en la incredulidad y la irritación
¿Es España un problema institucional para Europa? No. ¿Es un factor de incertidumbre estratégica? Cada vez más, sí. Sánchez ha convertido a España en un miembro de la UE y de la OTAN tan previsible como un gato en patines: aparentemente dócil, pero capaz de saltar donde menos lo esperas.
La realidad no juzga intenciones; juzga efectos. Y el efecto acumulado de la política exterior de Sánchez es una España divergente que se mueve en los márgenes del consenso emergente, que prioriza equilibrios internos sobre definiciones externas, y que confunde autonomía con aislamiento elegante, como quien se construye un bunker con vistas a un jardín vacío.
Churchill comprendió que la firmeza no era belicismo, sino supervivencia. La pregunta es si el Gobierno español ha entendido que la ambigüedad persistente no es sofisticación diplomática, sino riesgo estratégico.
Conviene recordar —porque la hemeroteca es menos maleable que los discursos— que el hoy presidente, en una entrevista como candidato, llegó a plantear la supresión del Ministerio de Defensa. No era una sátira ni un desliz irónico: era la expresión de una cultura política para la cual la defensa nacional era poco más que un vestigio incómodo de otro tiempo. El problema no es la ocurrencia juvenil; el problema es que, décadas después, esa filosofía sigue filtrando decisiones que dejan a Europa entre la incredulidad y la irritación.
En pocas palabras: España, bajo Sánchez, no es solo un socio dudoso; es el compañero de viaje que llega tarde, se sienta en la esquina y, cuando todos avanzan, todavía está buscando el mapa.


