domingo 12 julio, 2026

Sin maíz no hay país: el movimiento social que convirtió un alimento en símbolo de soberanía, identidad y resistencia

En un mundo atravesado por crisis alimentarias, disputas comerciales, conflictos geopolíticos y debates sobre el modelo agrícola del futuro, el maíz se ha convertido en mucho más que un cultivo. Es territorio, memoria, economía, cultura y poder. El estudio “La defensa del maíz en México: un movimiento social como identidad colectiva”, elaborado en la Universidad Complutense de Madrid, ofrece una mirada profunda a uno de los procesos sociales más significativos de América Latina en las últimas décadas: la lucha por proteger el maíz como símbolo de soberanía alimentaria, identidad cultural y resistencia frente a las dinámicas de la globalización neoliberal. Sin maíz no hay país Final

La investigación analiza más de treinta años de movilización social en México, desde las primeras protestas campesinas contra los efectos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en los años noventa hasta la reciente institucionalización del programa “Sin maíz no hay país” en 2025. En ese largo recorrido histórico, el maíz ha pasado de ser un producto agrícola a convertirse en un símbolo político capaz de articular a campesinos, científicos, organizaciones sociales, movimientos indígenas y amplios sectores de la sociedad mexicana. Sin maíz no hay país Final

Pero este estudio no es solo una investigación sobre México. Es también una ventana para comprender algunos de los grandes debates de nuestro tiempo.

Hoy el sistema alimentario mundial está marcado por tensiones profundas: la concentración de la producción agrícola en manos de grandes corporaciones, el desarrollo de organismos genéticamente modificados, la dependencia de importaciones en muchos países y la creciente preocupación por la sostenibilidad ambiental. En ese contexto, la defensa del maíz en México revela algo fundamental: que la alimentación no es únicamente una cuestión económica o tecnológica, sino también cultural, política y civilizatoria.

El trabajo muestra cómo el movimiento social por el maíz surge de múltiples factores históricos. Sus raíces se remontan a las luchas campesinas de la Revolución Mexicana y a las reformas agrarias impulsadas por el presidente Lázaro Cárdenas en los años treinta, cuando la redistribución de la tierra buscaba garantizar la autosuficiencia alimentaria del país. Sin embargo, el punto de inflexión llegó con la apertura económica de los años noventa y la entrada en vigor del TLCAN en 1994. La liberalización del comercio agrícola expuso a los productores mexicanos a la competencia del maíz estadounidense altamente subsidiado, provocando una caída de precios, el abandono de explotaciones y una creciente dependencia alimentaria. Sin maíz no hay país Final

A partir de ese momento, el maíz se convirtió en el centro de una movilización social amplia y heterogénea. Movimientos como El Barzón, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la plataforma El campo no aguanta más o la campaña Sin maíz no hay país fueron articulando una resistencia que combinó protestas, litigios judiciales, campañas públicas y alianzas internacionales. Lo notable es que este movimiento logró algo que pocos consiguen: transformar una reivindicación social en una política pública de Estado.

La clave de este proceso, según explica el estudio, reside en la construcción de una identidad colectiva alrededor del maíz. El grano no solo representa la base de la dieta mexicana, sino también un elemento central de su cosmovisión histórica. En muchas culturas mesoamericanas el maíz era considerado una divinidad y símbolo de vida. En palabras de diversos estudios citados en la investigación, el maíz constituye un dispositivo simbólico que conecta territorio, cultura, memoria y comunidad. Sin maíz no hay país Final

Esa dimensión simbólica permitió que un movimiento inicialmente sectorial —ligado al campo— se transformara en una causa nacional. La consigna “Sin maíz no hay país” sintetiza esa idea de manera poderosa: defender el maíz significa defender una forma de vida, una relación con la tierra y una concepción de la soberanía.

El estudio también revela algo especialmente relevante para comprender los movimientos sociales contemporáneos: su carácter plural y diverso. La defensa del maíz ha sido impulsada por campesinos, comunidades indígenas, organizaciones ambientalistas, científicos, académicos y activistas internacionales. Esta heterogeneidad, lejos de debilitar el movimiento, ha sido uno de sus principales factores de éxito, al permitir que distintas demandas —económicas, culturales, ecológicas y políticas— converjan en una causa común. Sin maíz no hay país Final

Otro aspecto crucial del análisis es el papel del antagonismo político. Como ocurre en muchos movimientos sociales, la identidad colectiva se construye también frente a un adversario. En este caso, las corporaciones agrobiotecnológicas, la expansión del maíz transgénico y el modelo agrícola neoliberal se convirtieron en el enemigo común que permitió articular la movilización.

En los últimos años, esa lucha ha producido resultados tangibles. México ha aprobado leyes para proteger el maíz nativo, limitar el uso de glifosato y restringir el cultivo de transgénicos. Incluso se ha planteado una reforma constitucional para garantizar la preservación de las variedades tradicionales. La defensa del maíz, por tanto, no ha sido solo un símbolo: ha tenido consecuencias políticas reales.

Pero quizá lo más interesante de este caso es lo que nos enseña sobre el presente global. En una época en la que muchas sociedades parecen fragmentadas, la experiencia mexicana muestra cómo los símbolos culturales pueden convertirse en herramientas de movilización política capaces de articular identidades colectivas y proyectos de país.

El maíz, en este sentido, funciona como una metáfora poderosa. Representa la conexión entre pasado y futuro, entre tradición y modernidad, entre cultura y política. Y nos recuerda que, incluso en un mundo dominado por la tecnología y los mercados globales, los alimentos siguen siendo uno de los pilares fundamentales de la identidad de los pueblos.

Por todo ello, el estudio que hoy presentamos en La Discrepancia no es solo una investigación académica. Es también una reflexión sobre el poder de los movimientos sociales, sobre la relación entre cultura y política y sobre el significado profundo de la soberanía en el siglo XXI.

Leerlo es, en definitiva, comprender cómo un grano —aparentemente humilde— puede explicar la historia, la resistencia y el futuro de toda una nación.

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