Si seguimos y proyectamos las actuales tendencias sociales, políticas y tecnológicas, no hace falta ser un visionario para comprobar que los principios fundamentales que gobernaron los últimos 150 años en occidente han iniciado un imparable proceso de cambio. Siguiendo la famosa frase que aseguraba la posibilidad de cambiar los principios, la actualidad nos dice que, efectivamente, los principios han cambiado y han optado por crear una “realidad alternativa” basada mucho más en las emociones que en los datos: la realidad ya no manda, manda la versión que cada cual da de la realidad siempre a favor de sus propios intereses.
Esto no es, ni mucho menos, algo nuevo y han sido muchos los líderes que crearon realidades ficticias según les convenía. Augusto convirtió a Marco Antonio en un monstruo y lo colocó fuera de la sociedad romana para poder destruirlo una vez aceptado como enemigo extranjero. Más cerca, el nazismo alemán hizo de los judíos algo que jamás fueron y los masacró como necesidad derivada de esa realidad inventada. Hoy, Trump asegura que él vive y maneja una “realidad alternativa” que le acerca más a la psiquiatría que a la política tradicional, pero le funciona.
Todo este cambio viene apoyado por varios factores que, a mi juicio, construyen un ecosistema imbatible. La migración, las tecnologías de la información, la desafección de muchos por unas democracias que no han sabido dar respuesta a problemas básicos de las sociedades occidentales y una imparable sensación de decadencia en muchos países cuyos jóvenes ven que jamás podrán vivir como sus padres vivieron, suponen un almacenamiento de emotividad negativa listo para explotar con la primera chispa. Y la explosión ofrece “otros principios” que ya no priorizan la democracia sino los sueños de un futuro soñado que, a pesar de ser ficticios e imposibles, llenan los eslóganes del populismo.
Queremos catalogar a esos populismos -seguimos siendo hijos de la ilustración y su deseo de clasificación para colocar a cada cual en su justo emplazamiento – pero lo que hoy se prepara para derruir el edificio de la democracia y sus principios, es nuevo, no es de derechas o de izquierdas: vuelve a colocar a una oligarquía dominante al cuidado de sus intereses manipulando y mintiendo para que los modernos esclavos aplaudan al amo. Son los pobres que necesitan creer; los negros de Vox que se creen que su partido los acepta; los antiguos judíos alemanes queriendo ser parte de las filas que los borrarán de la tierra. No son de derechas según los antiguos modelos económicos, no: su liberalismo lo destruye todo y solo crea una sociedad domesticada que aplaude su destrucción.
Lo que nos ofrece el futuro es el dominio de nuevos principios cuya cabeza ocupa China y su incalificable modelo de comunismo capitalista que está demostrando su eficacia. La democracia occidental no va a poder luchar contra la ola que ahora se ha puesto en marcha porque ya ha incubado los huevos del dragón que acabará con ella, como lo ha intentado siempre. Ya sabes, si tus principios no gustan, busca otros.
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