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martes 22 septiembre, 2026

              Pensar al revés. El ejemplo de Manuel Castells

En uno de sus Carnets, Albert Camus apuntaba una verdad que hemos comprobado en múltiples ocasiones:” Un hombre inteligente en cierto plano puede ser un imbécil en otro”. Uno ejemplo lo proporciona el sociólogo y ex ministro Manuel Castells, con su último artículo publicado en La Vanguardia. Conocí a Castells siendo estudiante de sociología. Un día acudió a mi facultad para hablarnos de la sociología urbana, que era el tema al que entonces se dedicaba. Vestía de negro. Venía de París, adornado ya de varios prestigios, el que entonces proporcionaba la sociología -disciplina de moda-, el aura parisina, el de haber estudiado con Alain Touraine y el de su militancia en el grupo maoísta Bandera Roja. La biografía oficial del sociólogo dice que fue a París en el 62 obligado por su militancia antifranquista. Quién sabe. La emigración económica, conforme pasaban los años, ha llegado a convertirse en exilio político, mucho más vistoso. Bandera Roja se fundó en 1970 y, a pesar de su nombre sonoro y su vitola pro-china, nunca fue un grupo de acción atrevido. A sus militantes se les llamaba los banderas blancas, por su moderación, porque solían argüir que no había “condiciones objetivas” para tal o cual movilización. Acabaron en el PSUC y el PCE.

El caso es que Manuel Castells ha seguido una brillantísima carrera académica, no obstaculizada por su militancia izquierdista: profesor muchos años en la École de Hautes Études de París y en la Universidad de Berkeley, California, visitante en varias universidades de países tan lejanos como Japón, autor de varios libros, beneficiario de múltiples distinciones, miembro de variadas academias. En la actualidad figura como profesor senior del Internet Interdiciplinary Institute de la Universitat Oberta de Catalunya, UOC, universidad en la que también ha trabajado su esposa, Emma Kyseliova como responsable de relaciones internacionales.  De la sociología urbana paso a dedicarse a lo que suele llamarse sociedad de la información; uno de sus libros, en tres volúmenes, La era de la información, es realmente bueno o, al menos, así me lo pareció cuando lo leí en torno al año 2000. No tanto la bibliografía que le siguió, como Comunicación y poder que, lo confieso, es tan voluminoso, acaso tan tedioso, que se me cayó de las manos. Castells, reconozcámoslo, adolece de cierta grafomanía. Su último libro, Redes de indignación y esperanza, panfleto apocalíptico que condena “un mundo presa de la crisis económica, el cinismo político, la vaciedad cultural y la desesperanza” fue presentado en España al alimón con Pablo Iglesias, corría el año 2015. El líder de Podemos sería contratado en la UOC -será una casualidad- en el año 2021, el año del ministerio Castells. Nuestro sociólogo más internacional se decía entonces próximo al partido de Pablo Iglesias.

Aunque natural de Hellín, provincia de Albacete, Castells se ha identificado siempre con Cataluña, donde pasó su juventud. Ha llegado a reconocerse como “nacionalista catalán”, nacionalista blando o blanco, como eran los banderas de antaño, partidario del federalismo, no de la independencia. Esa condición, que ha tenido siempre, de ser sin estar, o la de estar sin ser, la que podía reivindicar el maoísmo, la reforma, el nacionalismo light y un grupo antisistema, consecutivamente o a la vez, le condujo hasta La Vanguardia, periódico ducho en bruscas metamorfosis, y arribar hasta las cercanías de los Comunes. En Comú Podem, lo hizo ministro de cuota en representación de Ada Colau.

Fue el de Castells un ministerio breve y poco glorioso. Le adjudicaron las universidades y él, aunque buen conocedor de las ajenas, diose cuenta de que no sabía nada de las de casa, y se puso a recorrerlas. Entonces estalló la pandemia y cesó en las visitas, recluyéndose en su domicilio, dícese que amedrentado por sus achaques y dolencias varias. Hizo una sonada aparición en el senado, despeinado, regordete, vestido con una camiseta que llevaba mensaje; un atuendo que logró suscitar el jolgorio de los senadores. Siguió con sus artículos en La Vanguardia, el diario especializado en el arte de aderezar los restos, el que comentaba el reciente fallo del Tribunal Constitucional sobre la amnistía como un “triunfo de Cataluña”. La última de sus contribuciones diarísticas, un tanto a contracorriente se titula “Elogio de Pedro Sánchez”. Comienza diciendo que pocas veces ha habido en España una campaña tan encarnizada como la desencadenada contra Sánchez. Se han utilizado todos los medios, comenta, hasta el de atacar a su familia. Se conoce que Castells estaba ausente de España durante la campaña contra Adolfo Suárez -la manzana agusanada-, la que precedió a la caída de Felipe González – ¡váyase, señor González! -, o las que jalonaron, fueron varias, los gobiernos del PP, del hundimiento del Prestige al atentado de Atocha. La política en España tiene un aire bronco, tosco, poco amable. Alaba Castells los logros de los gobiernos de Sánchez, entre los que no se encuentran, ¡ay!, la necesaria reforma universitaria, y señala a la derecha “política, mediática y judicial”. Y aquí aparece el gran disparate. Dice nuestro sociólogo más internacional que la derecha no se resigna a perder el gobierno. ¿Cómo puede ser eso? ¿No será al revés? Desde 1977 la izquierda ha gobernado más años que la derecha, casi el doble. Añade Castells que la derecha no termina de reconocer las “nacionalidades históricas” consagradas en la Constitución y que, subraya, “500 años de control absoluto en lo social y lo institucional “le ha convencido de su gobierno es lo natural; derecha maligna que fomenta el odio y la división.

500 años son muchos años. Toda la historia española contemporánea parece ser un extravío derechista. Incluyendo, al parecer, el liberalismo constitucional decimonónico. Se apunta Castells a una visión pesimista que solo veía en ella la historia de un fracaso. Hasta que aparecieron Zapatero y Sánchez e Iglesias y se hizo la luz.  Desde ahora en adelante esa derecha silvestre tendrá que leer con más atención a Manuel Castells para saber más sobre sus orígenes. Nuestro sociólogo defiende ahora al PSC, el nacionalismo que no se atreve a decir su nombre. En sus artículos habla de la iglesia en nombre de los “católicos sinceros”, los que abundaban entre los miembros de Bandera Roja (Alfonso Carlos Comín era uno de ellos), diciendo que la religión es ahora “más necesaria que nunca”. ¿Será capaz de renovar ese mundo desesperanzado y cínico? Y escribe apologías de un gobernante que, desde luego, podrían ser más inteligentes. Ser un afamado académico y pensar políticamente al revés. Acabemos con otra frase de Camus: “La estupidez insiste siempre”

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