miércoles 29 abril, 2026

¡Oh, capitán, mi capitán!

No voy a hacer un panegírico sobre este poema de Walt Whitman, que glosaba ni más ni menos que a don Abrahan Lincoln; ni tan siquiera lo haré a la recordada película “El Club de los Poetas Muertos” que recuperó este poema decimonónico y que sirvió al profesor John Keating (Robin Williams) para que sus alumnos descubrieran la grandeza de la poesía, recitándolo. Ambas cosas lo merecerían. Pero hoy no toca.

No. No toca. Me vengo a referir a la frase pronunciada por Pedro Sánchez en el Comité Federal del Partido Socialista Obrero Español del pasado día 5, cuando solemnemente afirma que «El capitán de este barco no se desentiende cuando hay mala mar». «Vosotros y vosotras me elegisteis como capitán de este barco. Y el capitán no se desentiende cuando viene mala mar, se queda a capear el temporal, a salvar el mundo y a ganar».

Empero, quisiera recordar, que ese poema de Whitman, empieza así… “¡Oh, capitán, mi capitán!  Nuestro azaroso viaje ha terminado”. No lo digo yo, lo dice Whitman aunque bien es cierto que referido a otro viaje, otro barco y otro capitán.

Pero sí me viene al pelo magníficamente, la frase inicial completa del primer verso del poema.

No sé si el capitán Sánchez sabe lo que es “capear el temporal” a diferencia de lo que es “correr el temporal”. Este humilde opinador no es capitán de tamaño buque insignia de la política española como es (¿fue?) el PSOE. Ahí soy grumete. Soy, eso sí, en lo personal, un modesto patrón y armador de una embarcación de 5.52 metros de eslora. Pero tengo el título oficial, previo examen, de Patrón expedido por la Subsecretaría de la Marina Mercante en 1977, antes de que el actual Ministro del ramo, Don Óscar, llegase al culmen de su carrera. Que nadie sospeche de trato de favor. Era entonces Ministro, no recuerdo si José Lladó Fernández-Urrutia o Salvador Sánchez Terán. Por ahí sería.

Ante un temporal, el capitán tiene que decidir si se “capea” o se “corre” ese temporal. Si decide capearlo es que considera que puede con él. Pone proa al temporal y con su pericia y templanza espera que amaine y pueda gobernar la nave, recuperando el rumbo, que normalmente lo pierde durante el temporal, como es obvio. Pero, ojo, si el temporal al que se enfrenta la embarcación es tan fuerte que el capitán no considera pueda aguantarlo, tendrá que optar por correr, que no capear, ese temporal, es decir navegando con popa a las olas.

¿Ha sopesado el capitán Sánchez estas opciones? Incluso hay más.

Damos por sentado que sí lo ha hecho y que ha decidido capear el temporal, con él al mando.

Para ello imagino ha contado con información suficiente. Es lo que debe hacer un capitán. ¿Ha evaluado el clima (no sólo el meteorológico), ha chequeado el estado de la nave, la cualificación y estado de ánimo de la tripulación; de toda ella, desde su segundo al último marinero, o grumete, con los que deberá contar al completo?

Los elementos de seguridad del barco imagino se revisaron y estarán en perfecto estado: balsas, chalecos, bengalas, etc. Ha debido fijar la posición del barco y estudiar los posibles puertos de abrigo en la zona, por si es preciso navegar hacia ellos.

Y lo que es también importante, saber qué buques hay en su zona de navegación, para tener noticia cierta de quiénes pueden acudir en su ayuda si menester fuere. Que no se confíe sólo en sus posibilidades, por favor.

Además, hay que saber qué tipo de barcos hay próximos, si son capaces, por sus características, de prestar ayuda; y quién los manda, pues a lo peor viene alguno a ayudar, aparentemente, y en verdad vienen a expoliar los restos del eventual naufragio.

En suma, el capitán, para evitar el naufragio, en este proceloso mar, ha debido evaluar y evaluar bien, sesuda y concienzudamente, con todo el rigor exigible, sin fruslerías, todo lo preciso para recuperar el rumbo y salvar la nave, la tripulación y su carga.

El objetivo es llegar a buen puerto, cuanto antes y con los menores daños, si es que alguno se produce en la tormenta. Y si hubo daños, y da tiempo, con los daños reparados. Queda mejor entrar a puerto con el barco indemne, y con la tripulación, toda ella, a salvo. Y la mercancía, de muy alto valor, también a salvo, cómo no, libre de moho, humedades y otros daños, por unas eventuales vías de agua sufridas.

Sepa el Capitán Sánchez que se juega mucho él, (eso lo sabe, pues seguir siendo capitán le gusta por encima de todo); pero sepa que se juega también el que no haya mermas en el pabellón patrio que enarbola a popa, el de España, ni más ni menos; recuerde que también debe preservar el gallardete de la ideología socialista que ya ondeaba en el palo mayor, antes de que él llegase al puente de mando. Y ese gallardete debe ser identificable siempre, pues no debe confundir a nadie.

Todos ésos son los elementos a preservar, cueste lo que cueste, en este capeo de temporal que anuncia hará el capitán Sánchez. Sepa también que ninguna importancia tiene en todo esto el gallardete que también enarbola el barco y que lo identifica a él como capitán, comandante o almirante al mando, me da igual el rango. Ése, el gallardete propio de quien ejerce la jerarquía del mando es accidental, temporal. Todos los marineros se jubilan o pasan a la reserva. Pero el barco, el pabellón nacional que lo identifica y su gallardete de pertenencia, son permanentes, no accidentales. Nunca se pueden perder, ni deteriorar.

Llegados aquí, retomo el poema de Whitman. Al final de la estrofa primera… “…Nuestro azaroso viaje ha terminado”. Sea consciente, capitán Sánchez de que nunca debe terminar este viaje, azaroso, dificultoso, complicado, duro, que emprendió el PSOE hace ya muchos, muchos años. Y sobre todo este su viaje desde esta España democrática nacida bajo el cobijo de la que han declarado deconstruíble Constitución; lo que por acción y omisión unos intentan y otros consienten.

No haga de este indispensable partido el PSOE, un PASOK, un PSI o un PSF. Su tripulación, mucha parte de ella, aunque no lo quiera creer, porque los más próximos, lo jalean, ha empezado a dudar de su capacidad para el mando para este capeo del temporal. Y de la misma forma, o peor aún, quienes le confiaron pertenencias para llevar en la bodega de su poderoso navío en esta travesía, en forma de votos que debía llevar a buen puerto, empiezan a manifestar que le darán la espalda para otros próximos viajes, sean de lejana navegación (europeas o nacionales) o de cabotaje (autonómicas y municipales), donde otros patrones, con inferior rango territorial siguen afrontando el día a día en sus también procelosos mares, pero que al ser de la misma naviera, sufren la pérdida de confianza que se palpa respecto al buque insignia.

No hace falta que nos haga, al final, un Schettino* cuando se vea superado por el temporal y el naufragio consiguiente pudiera estar en ciernes. No estamos tampoco en tiempos de la Bounty. Además, parece ser que en esos menesteres algunos contramaestres de a bordo, presuntamente se manejan bien.

No. No es eso. Ceda honrosamente el mando. No se aferre a la caña, ni se quede en heroica (presuntamente) dignidad esperando que la nave zozobre. La nave es la que hay que salvar con todo lo que lleva. Dígalo a la naviera. Se lo agradecerá ella misma; también respirará aliviada la tripulación, incluso la que menos pueda usted sospechar de ella. Ya se lo hicieron a otros capitanes.

Se lo reconocerán también los accionistas de la naviera, los que le dan los pertrechos y, sobre todo, quienes le confían sus pertenencias para que las lleve a buen puerto, en forma de voto.

Le vendrá bien al pabellón patrio español que ondea en popa. Le vendrá bien al gallardete de la naviera socialista que ondea en el palo mayor, y que sabrá salir, como tantas veces ha hecho, de este temporal, que es lo que técnicamente llaman de “mar enorme”, el más alto de altura del oleaje. La naviera es fuerte. Ésa sí puede con el temporal. Sea valiente. Abandone el puente.

*Francesco Schettino. Excapitán mercante italiano que abandonó su buque tras una colisión contra una roca

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