viernes 5 diciembre, 2025

«Verano: Tiempo de Lectura, Tiempo de Pensar (del Quijote al Código Penal)»

Si el verano es para algunos la estación de la playa, el chiringuito y la caña helada, desde estas páginas os invitamos a otro tipo de chapuzón: el de la lectura. Sí, amigos discrepantes, leer. Una de esas actividades que no engordan, no provocan insolación, no arruinan la tarjeta de crédito y, sin embargo, puede cambiar una vida entera o, al menos, evitar que uno diga barbaridades en la sobremesa.

En España, sin embargo, el hábito de lectura sigue siendo una asignatura pendiente. Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros (FGEE 2023), sólo un 68,4% de los españoles lee al menos un libro al año, y sólo un 52% lo hace de forma habitual. ¿Comparación? En países como Suecia o Noruega, el porcentaje se eleva por encima del 85%. En Francia ronda el 70%. En Marruecos, la situación es aún más alarmante: el promedio es de apenas dos libros leídos al año por persona, aunque allí la cultura oral sigue teniendo gran peso. La media de la Unión Europea nos deja a la cola, como tantas veces.

Y no se trata solo de leer más, sino de leer mejor. Como decía Virginia Woolf, «no se puede leer un libro sin reflexionar». Leer no es una carrera de velocidad sino una conversación lenta, un acto de resistencia frente a la tiranía de la inmediatez. En estos tiempos convulsos —donde la política se ha vuelto un torneo de memes y donde cada semana parece la última— quizá lo que más nos urge no es un escaño más o menos, sino la capacidad de pensar despacio.

¿Por qué no aprovechar, pues, este verano para redescubrir ese viejo arte? Leer desde el Quijote al Código Penal, pasando por Cicerón o por Benedetti, por el Cantar de Mío Cid o por Kafka. Porque quien no conoce a don Quijote, no entiende España. Y quien no conoce el Código Penal, tal vez no entienda lo que le espera si confunde disponer del mando con disponer de todo a beneficio de inventario.

Como decía Jorge Luis Borges, «siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca». No se equivocaba. La lectura abre ventanas en la cabeza, ensancha las ideas y relativiza los dogmatismos. Frente al sectarismo político —ese que no admite matices ni fisuras—, la literatura ofrece la bendita contradicción, la duda metódica, la ironía. ¿No decía Unamuno que «sólo el que duda puede crecer»?

Y si de ironía hablamos, ¡qué mejor remedio para las tensiones patrias que volver a Quevedo! Lean: «Poderoso caballero es don Dinero». Parece escrito ayer. O a Larra: «Escribir en España es llorar». ¿Acaso no describe también a tantos diputados, ministros y opinadores que hoy van de plató en plató, de crisis en crisis, sin tiempo para leer ni para escuchar?

Este verano podría ser distinto. Podría ser el verano en que cada español lea algo más que el ticket del supermercado o el hilo viral de turno. Podría ser el verano en que el pensamiento se desperece, en que los ciudadanos recuperen la costumbre de la reflexión tranquila, de la discrepancia argumentada, de la conversación sosegada.

Incluso para los que creen que los libros «no son lo suyo», siempre hay un comienzo posible. Leer El Principito, que nos recuerda que «lo esencial es invisible a los ojos». Leer a Ray Bradbury, que advirtió que «no hace falta quemar libros para destruir una cultura: basta con que la gente deje de leerlos». Leer poesía, aunque sea por accidente.

Y sí, también se puede (y se debe) leer la Constitución o el Código Penal. Porque no hay mejor defensa de la democracia que conocer sus reglas. «Ignorantia legis non excusat» —la ignorancia de la ley no excusa su incumplimiento—. En tiempos de amnistías, indultos, imputaciones, comparecencias y comisiones, no vendría mal que los ciudadanos supieran qué es delito y qué es simplemente una metedura de pata.

Las estadísticas dicen que quienes leen habitualmente son menos proclives a aceptar discursos simplistas, a caer en el populismo fácil o en la polarización extrema. No es magia: es la lectura trabajando en silencio.

Queremos ser irónicos pero no cínicos. Queremos bromear, pero no resignarnos. Por eso os invitamos, discrepantes, a abrir un libro este verano. Cualquier libro. Porque como decía Cervantes, «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho».

Y porque, tal vez, después de leer, uno vuelva en septiembre menos crispado, menos manipulable y, quién sabe, un poco más feliz.

Animo a la lectura.

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