El viernes asistimos a la voladura incontrolada de los más antiguos fundamentos de la diplomacia internacional, sin matices. La camarilla que hoy ocupa la Casa Blanca puso en marcha una escenificación bochornosa para presionar a Zelensky y que firmara, de rodillas, todo aquello que le pusieran por delante y además, agradecer el trato degradante. Aquello parecía una escena sacada del S XIV en la que se escenificara un vasallaje medieval, que era una forma de dejar claro quien mandaba sobre quien.
Zelensky se negó a acudir descalzo y con un dogal al cuello mientras descubría su espalda para recibir el simbólico zurriago con el que el nuevo rey del mundo podría demostrar quien era el verdadero amo. Lo del otro fue un akelarre de mal gusto, de desmedida presión mafiosa para quedarse con un negocio, la explotación de los recursos naturales de Ucrania, a costa de la más mínima noción de ética o moral.
Días atrás escribía acerca de la posibilidad de que las acciones de Trump acabaran por empujar definitivamente a la UE a aceptar su inevitable destino de Estado Unificado y, me parece, que ha habido suerte: Los grandes de Europa han cerrado filas con Ucrania y en contra de quien ha cometido el abuso. ¿Será verdad que ese desplante, esa escenificación barroca y desmedida, sea el acto iniciático de una Europa fuerte y consciente de su destino y de sus peligros de hundimiento?
En los próximos días se van a producir reuniones importantes en Europa y sería bueno que los gobernantes acudieran con la cabeza dispuesta a diseñar una hoja de ruta rápida, eficaz y coherente que uniera voluntades al ritmo que se necesita y no al habitual en la UE. Una de esas reuniones, la de hoy, se celebra en Londres va a tratar de la defensa europea y el próximo jueves, Costa mantendrá una videoconferencia con los 27 presidentes de la Unión: mucho ruido que necesita que haya muchas nueces o la decepción será, como casi siempre, enorme.
Imagino que algunos presidentes todavía piensan en que hay tiempo, que hay que preservar los espacios individuales, pero esa posibilidad ya no existe: el destino de la UE ha llamado a nuestra puerta y sólo hay dos opciones, abrir la puerta al futuro o encerrarse a la espera de la destrucción. Cualquier intento de componenda, de medias tintas o de mantener ritmos, plazos y procesos propios de la actual inoperancia de la UE será la demostración palpable de que sólo se puede producir el más sonoro fracaso.
Nos han empujado y nos han subido, sin que lo queramos, en un tren que nos puede llevar al futuro o descarrilar y dejarnos a todos los europeos a la espera de la vendetta del mafioso. Cuestión nuestra, no cosa nostra.


