domingo 12 julio, 2026

Leer la realidad sin fanatismos

Recientemente he asistido a una conferencia muy reveladora de un catedrático de Geografía Económica titulada “La venganza de los lugares que no importan”. Con abundancia de datos recogidos a lo largo de varios años y mapas electorales de diferentes países, mostraba que las regiones que sufren un prolongado declive económico acaban vengándose del sistema votando a las opciones más extremistas posibles. Este fenómeno explicaba el triunfo de Trump en Estados Unidos, de Meloni en Italia, la desaparición de los partidos conservadores y socialistas en Francia e Italia, la del partido conservador en el Reino Unido y el ascenso de las ultraderechas en toda Europa. Aunque esa actitud de castigo a los partidos tradicionales sea comprensible, la reacción de los que creemos en la democracia como el mejor de los sistemas posibles no puede ser observar impertérritos su degradación o desaparición a manos de estas fuerzas. Una forma de resistirse a su avance es contribuir a una lectura desapasionada de la realidad, sin sesgos a priori, sobre todo basándonos en los datos disponibles.

Lo primero es desmontar la idea de que la solución a los problemas de las sociedades avanzadas puede venir de la mano de los populismos de derechas o de izquierdas. Italia puede ser un buen ejemplo: primero votaron a Silvio Berlusconi, que no solo no solucionó nada sino que su gobierno acabó en medio de una enorme corrupción; después fue el movimiento de izquierdas 5 Estrellas, que sucumbió a partir de 2018; y ahora es el partido de los Hermanos de Italia, de inspiración fascista, dirigido por Giorgia Meloni. Los italianos siguen hoy teniendo los mismos problemas que antes.

El caso de Donald Trump debería ser evidente para todos. No solo no ha solucionado ninguno de los problemas de los que acusó a la administración demócrata —inflación, seguridad pública, instrumentalización de la justicia, corrupción, conflictos de Ucrania y Gaza, etc.—, sino que ha creado muchos otros, tanto en el orden nacional como internacional.

Los populismos son muy diestros en señalar los problemas de nuestras sociedades, pero completamente inútiles para abordarlos. En realidad, tampoco lo pretenden. Su objetivo es utilizar el descontento para captar votos y hacerse con el poder y, una vez en él, implementar su agenda ultra.

Lo siguiente es poner en valor lo conseguido por las democracias a pesar de todas las insuficiencias de las que se les acusa. Centrándonos en España, la sociedad de este siglo XXI no tiene nada que ver con la de los años 70 del siglo XX en los que vivíamos bajo la dictadura de Franco. Desde luego, en el aspecto de las libertades no debería haber ninguna duda: bajo Franco, la prensa estaba amordazada, la televisión era un monopolio estatal, no se podía votar ni hacer reuniones, manifestaciones o mítines políticos, los partidos eran clandestinos y sus dirigentes estaban encarcelados, no existía el divorcio ni el aborto y los homosexuales eran considerados delincuentes.

En el aspecto económico la mejora ha sido enorme: la renta per cápita de 1977, actualizada con la inflación, equivaldría en capacidad adquisitiva a unos 9.000 o 10.000 euros actuales. En cambio, la renta per cápita es hoy de 32.000 euros y estamos muy cerca de la media europea en paridad de poder adquisitivo. O sea, somos un país tres veces más desarrollado que hace 50 años. La inflación estaba en el 26% anual y el salario mínimo equivalía a 90 euros al mes. Hoy, la inflación se sitúa entre el 2% y el 3% y el salario mínimo está en 1.221 euros. La población activa era de 13 millones para una población total de 36, es decir, trabajaba el 36% de los españoles y solo un 30% de ellos eran mujeres. Hoy es de 24,3 millones para una población total de 48,6. O sea, hoy trabaja la mitad de los españoles y las mujeres representan el 48% de la fuerza laboral.

Pero hay datos aún más reveladores: la esperanza de vida ha pasado de 74,8 a 84,1 años, y España es el hoy país más longevo de la Unión Europea y el tercero del mundo, tras Japón y Corea del Sur. Se atribuyen como posibles causas, el sistema de salud, los hábitos alimentarios y la sociabilidad de los españoles. Tenemos una sanidad y una educación públicas que eran envidiables hasta la crisis de 2008. Hoy no son tan envidiables, pero a nadie se le niega la asistencia médica o una plaza escolar sea cual sea su poder adquisitivo. Y, al menos con los gobiernos de izquierda, las pensiones se actualizan cada año con el IPC.

En el curso 1977-78, iban a la universidad 580.000 alumnos —que representaban el 1,6% de la población— y hoy lo hacen 1.750.000 —el 3,6% de la población, más del doble en términos relativos. La tasa de abandono escolar tras la enseñanza obligatoria era del 70%. En 2008, era todavía del 31,7%. Hoy es del 12,1%, mejora debida sobre todo al despegue en los últimos años de la formación profesional, en la que hoy se forman 1.200.000 alumnos.

Quedan, no obstante, muchos problemas que resolver. El más acuciante, y el que señalan todas las encuestas como crucial, el de la vivienda, la cual se ha convertido en un bien inaccesible para más de la mitad de la población y está impidiendo a la mayoría de los jóvenes desarrollar su proyecto vital. Otros más, los bajos salarios, la desigualdad, las bolsas de pobreza y la despoblación rural. Existen además muchas incertidumbres debidas a la globalización —con sus implicaciones de deslocalización y desaparición de empresas—, al cambio climático, a la inteligencia artificial, a la escasez de recursos y a los numerosos conflictos bélicos, alguno de ellos desarrollándose en la frontera europea. Todo lo cual genera miedos: a perder el empleo, a no poder desarrollar un proyecto de vida, a vivir peor que los padres, a una guerra, etc.

La democracia es lenta en resolver los problemas y los partidos están a menudo absortos en sus luchas partidistas y parecen desentenderse de ellos. Pero no se ha inventado un sistema mejor ni más estable a largo plazo. Cualquier forma de dictadura será siempre peor y, sobre todo, más inestable, porque a la larga generará oposición y conflictos sociales.

Los ciudadanos desencantados o que se sienten olvidados deben exigir más a los partidos, manifestarse si es necesario y utilizar los medios de comunicación o la justicia cuando sus problemas no sean atendidos. Pero dejarse embaucar por los populismos es siempre un mal negocio y después resulta muy difícil desembarazarse de ellos cuando llegan al poder —véanse como muestra los casos de Polonia y Hungría y todavía está por ver si los estadounidenses podrán librarse de Trump.

Los problemas de la democracia se curan siempre con más democracia, nunca con menos.

Ricardo Peña

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