La psicología política ha dejado de ser una disciplina académica marginal para convertirse en una lente imprescindible desde la que analizar la Europa fragmentada, la España polarizada y los Estados Unidos atrapados en su guerra cultural permanente desde hace años. Lo que antes era estudio de actitudes, hoy es campo de batalla por la percepción. Y lo que parecía competencia entre programas, se ha transformado en pugna entre identidades.
La American Psychological Association dedicó recientemente un número especial del Journal of Experimental Psychology: General a la comprensión del pensamiento político y los sesgos cognitivos asociados (APA, 2024). En él se recogen investigaciones que confirman algo inquietante: el partidismo no solo orienta el voto, sino que altera la memoria, el razonamiento y la percepción de los hechos. No es que discutamos datos; es que recordamos datos distintos.
Identidad partidista y percepción selectiva
La literatura académica es clara. La identidad partidista funciona como identidad social. Desde la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner (Tajfel, H. & Turner, J. (1979). An integrative theory of intergroup conflict 1979), sabemos que los individuos tienden a favorecer a su grupo (ingroup) y a evaluar negativamente al grupo rival (outgroup). Aplicado a la política, esto significa que el “nosotros” partidario se convierte en filtro cognitivo.
Investigaciones recientes recogidas en el estudio de APA citado muestran que las personas procesan información política de manera motivada (motivated reasoning), aceptando sin apenas escrutinio los datos favorables a su grupo y rechazando los contrarios (Kunda, 1990; Druckman & McGrath, 2019).
En España, estudios de psicología política publicados en Escritos de Psicología y otros foros académicos señalan que la creciente polarización afectiva ha superado la ideológica: no es tanto desacuerdo programático como rechazo emocional del adversario. Algo que en Estados Unidos lleva más de una década documentándose (Iyengar, Sood & Lelkes, 2012).
La consecuencia es un fenómeno observable en campañas recientes en España, Francia, Italia o EE. UU.: la construcción de universos paralelos de hechos. Las cifras de empleo, inflación o criminalidad se reinterpretan mediante eslóganes que reordenan la percepción colectiva. El dato bruto pierde fuerza frente al marco narrativo del relato.
El hiperliderazgo y el mito del salvador
En este contexto emerge el hiperliderazgo. El liderazgo carismático es una tendencia de sociedades en crisis que tienden a proyectar expectativas extraordinarias en figuras individuales. Hoy esa dinámica se amplifica mediante redes sociales y estrategias de comunicación emocional.
En Europa, el ascenso de liderazgos personalistas —desde la derecha identitaria hasta nuevas izquierdas plebiscitarias— se explica en parte por la necesidad psicológica de simplificación. La complejidad global (guerra en Ucrania, transición energética, inflación postpandemia) genera incertidumbre. Y la incertidumbre activa la búsqueda de autoridad fuerte.
En Estados Unidos, el fenómeno del liderazgo polarizador ha encontrado una simpleza definitoria: “pueblo puro” contra “élite corrupta”.
En España, el uso de categorías como “libertad”, “fascismo”, “ultraizquierda” o “extrema derecha” responde a la lógica de activación emocional más que a la precisión conceptual. La política se convierte en relato épico en una sociedad carente de épicas personales y colectivas. Cada bloque idealiza a su líder como defensor último de la democracia frente al apocalipsis. El riesgo es evidente: cuando el líder sustituye al programa y la emoción sustituye al análisis, la deliberación democrática se empobrece.
La psicología política estudia también la construcción simbólica del miedo. El Laboratorio de Periodismo citaba un estudio reciente según el cual el partidismo es uno de los principales predictores de la creencia y difusión de desinformación. La desinformación no prospera solo por ignorancia, sino por afinidad identitaria.
En Europa, la percepción de inseguridad vinculada a inmigración está superando con frecuencia los datos objetivos de criminalidad (Eurostat). Sin negar problemas reales, múltiples estudios muestran que la percepción de amenaza cultural puede ser mayor que la amenaza empírica
No conviene equivocarse, el fenómeno no es exclusivo de la derecha. La izquierda también puede sobredimensionar riesgos autoritarios o amenazas sistémicas para movilizar a su electorado. En ambos casos, la crispación funciona como mecanismo de cohesión grupal. Cuando los hechos contradicen nuestras creencias, tendemos a reinterpretarlos. En el entorno digital actual, los algoritmos refuerzan esta tendencia creando cámaras de eco.
Uno de los terrenos más fértiles para la manipulación es la economía. Conceptos complejos como “déficit estructural”, “deuda pública” o “productividad” se simplifican en consignas: “España se rompe”, “la economía va como un cohete”, “expolio fiscal”, “ruina nacional”.
La economía conductual ha demostrado que la percepción económica influye más en el voto que los indicadores objetivos. Las creencias sobre redistribución o desigualdad están fuertemente mediadas por identidad política.
En EE. UU. republicanos y demócratas evalúan la situación económica de manera diametralmente opuesta según quién ocupe la Casa Blanca. En España ocurre algo similar con los barómetros del CIS: la valoración de la situación económica mejora o empeora en función de la proximidad ideológica al Gobierno.
Juventud, redes sociales y formación democrática
Los jóvenes son especialmente sensibles a estas dinámicas. La identidad política se construye en etapas tempranas y hoy se ve intensamente influida por redes sociales. Es una evidencia que los contenidos emocionales se difunden más rápido que los analíticos.
La consecuencia puede ser doble: mayor activación política, pero también mayor polarización. En España, el voto joven ha mostrado volatilidad creciente, con desplazamientos rápidos hacia opciones que proyectan autenticidad y ruptura.
Si la política se percibe como guerra moral permanente, la democracia pierde su carácter de espacio deliberativo y se convierte en competición existencial. Y cuando el adversario es visto como enemigo ilegítimo, el compromiso democrático se debilita.
Erosión de la confianza democrática
La confianza en la democracia depende de la percepción de equidad y de la legitimidad del adversario.
En Estados Unidos, la erosión democrática no se produce solo por golpes institucionales, sino por la degradación de normas informales de tolerancia mutua, como Trump nos está haciendo ver. Cuando cada decisión se presenta como la última oportunidad para salvar la nación, el resultado adverso se percibe como fraude moral. Y así se debilita la aceptación de la alternancia.
¿Qué hacer?
La solución no es censura, sino fortalecimiento institucional y educativo.
- Transparencia algorítmica: regulación europea como el Digital Services Act ya avanza en la supervisión de plataformas. Es necesario reforzar la auditoría independiente de algoritmos que amplifican desinformación.
- Educación en pensamiento crítico: integrar formación en alfabetización mediática y sesgos cognitivos en secundaria y universidad.
- Regulación de publicidad política digital no veraz.
- Ética partidaria: códigos internos que sancionen la manipulación deliberada de datos. Tal vez eso es casi pedir un imposible.
- Instituciones estadísticas e institutos de opinión independientes:
- Fomento de debates deliberativos: espacios públicos donde el desacuerdo no implique demonización. En este momento se esta recuperando ese pulso critico en diversos círculos de debate.
Comprender cómo pensamos políticamente puede mejorar la comunicación democrática. El problema surge cuando se utiliza para explotar miedos, exacerbar identidades y fabricar realidades paralelas.
La sociedad europea, española, con reflejo en la estadounidense, viven una etapa de intensa activación emocional. La democracia no puede reducirse a una batalla psicológica. Si el adversario deja de ser legítimo, si el dato deja de ser creíble y si el líder sustituye a los procedimientos de crítica y responsabilidad, el sistema pierde su esencia.
La tarea no es eliminar la emoción de la política sino equilibrarla con deliberación, datos verificables y respeto institucional. Cuando la percepción sustituye a la realidad y el relato reemplaza al análisis, no solo afecta al voto. Cambia la calidad de nuestra convivencia democrática, pero eso a muchos parece ya no importarles.
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