Ricardo Peña
España es un país de fuertes contrastes y, a veces, cuesta entender por qué formamos un solo país y no media docena de ellos. En mi opinión, lo más interesante del discurso de Nochebuena del rey Felipe VI no fue tanto lo que dijo, que estuvo dentro de los parámetros esperables, sino las exóticas reacciones que, como cada año, mostraron los diferentes partidos. En unos casos, estas evidencian su descarado cinismo y, en otros, la imperiosa necesidad de hacer notar sus diferencias con el sistema.
Lo que dijo entraba dentro de la más estricta defensa de la democracia y la convivencia, que es lo que se espera de una institución apartidista cuyo papel es precisamente llamar a la moderación e institucionalidad para dirimir los conflictos. Alertó de una “inquietante crisis de confianza en la democracia” por parte de los ciudadanos, de “las funestas consecuencias del avance de los extremismos” y de que “la tensión en el debate político provoca hastío, desencanto y desafección”. Pidió “respeto en el lenguaje” y “la escucha de las opiniones ajenas”. Tampoco se olvidó de los más vulnerables: solicitó empatía con ellos y se refirió brevemente a la inflación, el coste de la vivienda, la revolución tecnológica y los fenómenos climáticos extremos. No se puede pedir más en nueve minutos.
Empezando por el PP, no salgo de mi asombro del cinismo que exhiben sus dirigentes sin apenas despeinarse. Un jabalí experto en el arte de embestir al adversario, como es Miguel Tellado, declaró que se sentía “plenamente identificado” con el discurso. ¿Con qué parte?, ¿tal vez con la que decía “buenas noches”? Quien más se empeña en que la convivencia perezca, Díaz Ayuso, estuvo de acuerdo con el rey en que “la convivencia no es un regalo imperecedero”. Por su parte, Núñez Feijóo, otro gran envenenador, suscribió “el llamado del rey a cuidar la convivencia entre españoles”. ¿Igual que la cuida él? Y, el gran descalificador de las izquierdas, Martínez Almeida, valoró “el mensaje de responsabilidad y unidad para seguir caminando juntos, desde el respeto a las diferencias”. ¿Cuándo ha respetado él las diferencias?
La presidenta del PSOE, Cristina Narbona, destacó “los riesgos que amenazan la convivencia democrática” y “la necesidad de hacerles frente desde el diálogo y la defensa de los valores del proyecto europeo”. Nos recordó que, “para superar aquella página oscura de nuestra historia, fue determinante la voluntad compartida por fuerzas políticas diferentes”. Nada que objetar, salvo que el PSOE no se distingue precisamente por practicar el diálogo con el PP, a quien siempre trata de arrinconar junto a la extrema derecha de Vox.
La portavoz de Sumar, Verónica Martínez, calificó de “decepcionante” el discurso e indicó que “frente a la desigualdad, la precariedad y la crisis de la vivienda, no vale con exaltar el pasado”. En mi opinión, el Rey prefirió acertadamente priorizar la crisis de convivencia, pero también mencionó esos otros problemas. Entiendo que la crítica pretende simplemente desmarcarse de la institución, tal vez como un gesto dirigido a su electorado.
El secretario general del PCE, Enrique Santiago, fue más crítico, destacando que “lo más grave del año 2025 ha sido el genocidio palestino y el ataque de Trump al derecho internacional” y que no ha habido “ni una palabra del rey sobre ello”. Aparenta ignorar que el rey no puede condicionar la política exterior de España ni ninguna otra política. Si lo hiciera, invadiría el espacio de los partidos que, además, en este ámbito, no opinan lo mismo.
En Podemos, Ione Belarra, criticó que Felipe VI se refiriese a la dictadura de Franco como una “etapa”, y que “el nieto político de Franco” se resistiera a mencionar la dictadura y hablara de ella como si fuera un fenómeno meteorológico. La última afirmación no es exacta porque, en su lenguaje, el rey habló de los extremismos y populismos como doctrinas “cuyas nefastas consecuencias conocimos en España hace mucho tiempo”. En cuanto a lo de “nieto político de Franco”, Belarra escamotea que la forma monárquica de España se fijó en la Constitución de 1978, aprobada por el parlamento y ratificada posteriormente en referendum.
Las reacciones más exóticas las tenemos, sin embargo, en los partidos nacionalistas periféricos. En el PNV, echaron en falta referencias a Euskadi y que no hubo “ningún reconocimiento a la nación vasca ni a la catalana”. Sin comentarios. En EH Bildu, recordaron que “los vascos y las vascas no tenemos rey” y que “la institución ha sido impuesta por un dictador”. Aunque les moleste, los vascos, las vascas y todos los demás tenemos un rey, según dice nuestra constitución.
Jordi Turull, de Junts, consideró “surrealista” que Felipe VI apelase “a acabar con los extremismos y con la crispación, cuando justamente él fue el más extremista … cuando el pueblo de Cataluña quiso expresar en las urnas su voluntad popular”. Oriol Junqueras, de ERC, abundó en esa idea afirmando que “en 2017 el rey hizo apología de la violencia” y animó a “apalizar a los demócratas”. El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, remató la faena criticando que el monarca “hablase de vivienda desde un palacio”. ¿Preferiría ver al Jefe del Estado viviendo en una chabola?
Recordemos que, en su mensaje de octubre de 2017, Felipe VI calificó la actuación de las autoridades catalanas de “deslealtad inadmisible”, acusándolas de incumplir la Constitución y el Estatuto de Autonomía, y de situarse al margen del derecho en un intento de “quebrar la unidad de España” y prometió apoyo a los catalanes que se sentían desamparados, afirmando que no estaban solos y que superarían la crisis “con serenidad y determinación”. ¿Es eso apología de la violencia? ¿Esperaban Junts y ERC que el rey aplaudiera su amago de secesión?
Finalmente, Vox no valoró el discurso. Casi dos días después de este, el partido de Santiago Abascal justificó su silencio diciendo que “nosotros no nos apropiamos de los discursos del rey ni de sus palabras”. Este silencio choca con el respaldo que Vox mostró al rey en años anteriores, cuando defendían “con orgullo” que el rey estuviera presente “en momentos críticos para España”.
Respeto la libertad de expresión de todos, pero los hechos referidos ponen en evidencia que una buena parte de la izquierda no acepta la monarquía y que el conjunto de las fuerzas nacionalistas, no solo tampoco lo hacen, sino que además no aceptan ser españoles. La extrema derecha estima que el rey es demasiado progresista para su gusto y la otra derecha se declara monárquica, pero se pasa por el forro los mensajes del rey llamando a la moderación. Después de casi 50 años de convivencia en democracia —los mejores 50 años desde 1808—, no es para tirar cohetes, ¿verdad?
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