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viernes 6 marzo, 2026

La razón ética frente a la política sin principios

El adiós a un discrepante Elías Díaz


La muerte de Elías Díaz deja un vacío en el pensamiento político y jurídico español. Esto es, en este momento, un lugar común que no se llena con homenajes ni con obituarios apresurados. Para quienes iniciamos nuestros estudios de Derecho a finales de los setenta, cuando la democracia española daba sus primeros pasos firmes con la aprobación de la Constitución, sus textos fueron una brújula intelectual para muchos. En aquel contexto, marcado por el entusiasmo de la transición y la fragilidad de una democracia que aún no terminaba de asentarse, Díaz ofrecía algo más que teoría: ofrecía una ética del compromiso, que era la verdadera frontera entre la política, sin más, y la que está destinada a transformar las cosas y enriquecer la convivencia.

Su concepción del socialismo no se reducía a una simple ideología de partido, sino que respondía a lo que Julián Besteiro llamó “el socialismo de la honradez” y “de la inteligencia”. Su amplio conocimiento del krausismo aplicado a la realidad cotidiana y su reivindicación del Estado de derecho lo alejaban tanto del marxismo dogmático como del oportunismo político, situándolo en una tradición que entroncaba con una forma de pensar que hoy nos parece tan lejana, no solo en lo temporal, de los institucionistas y los regeneracionistas del siglo XIX.

El Profesor Díaz fue un socialista ético antes que un socialista de partido, un intelectual que nunca buscó el poder, pero que contribuyó como pocos a cimentar la legitimidad de la democracia española y el ejercicio de dicho poder. Rechazó cargos públicos cuando podría haber ocupado cualquiera, manteniéndose siempre en la trinchera de la crítica y de la razón. Como escribía en su memorable artículo El dulce encanto del desencanto (EL PAÍS, 1980), su pesimismo ante ciertas derivas políticas no significaba renuncia: “desencanto no es deserción”, decía, como advirtiéndonos de que la democracia exige una vigilancia constante y en todo momento, en sus albores y en la actualidad, quizás más.

El Estado de derecho como fundamento democrático

Como digo, uno de los ejes centrales de su pensamiento fue la defensa del Estado de derecho frente a cualquier tentación autoritaria, ya viniera está de la dictadura franquista o de la política pragmática sin principios que se instauró en ciertos sectores de la izquierda española con la llegada al poder. En Estado de derecho y sociedad democrática (1966), obra secuestrada por el régimen franquista, Elías Díaz sentó las bases de su concepción del Estado como un marco jurídico que protege la libertad, la igualdad y la justicia. Verdadero baluarte del pensamiento político del socialismo democrático.

Para él, la democracia no era un mero procedimiento formal ni un simple reparto de cuotas de poder, sino la expresión política de un sistema de valores que debía ser defendido contra su degradación. “No todo Estado es un Estado de derecho”, advertía, en referencia a aquellas democracias que traicionaban sus propios principios en nombre del pragmatismo o del interés partidista.

Desde esta perspectiva, su socialismo era profundamente humanista, reformista y democrático. No era un socialismo de consignas, sino de convivencia y respeto a las otras fuerzas democráticas. En sus escritos insistía en que el socialismo debía ser “la razón y la justicia aplicadas a la política”, una forma de compromiso con la historia reciente que no podía olvidar ni la lucha antifranquista ni la responsabilidad de construir una democracia plural y justa y sobre su recuerdo construir el futuro.

La coherencia frente al oportunismo

Si algo caracterizó a Elías Díaz fue su intransigencia con la corrupción moral de la política. A diferencia de tantos intelectuales que se dejaron seducir por el poder, Díaz se mantuvo fiel a una visión ética de la política, denunciando el oportunismo y la falta de principios de ciertos dirigentes. En sus últimos artículos y entrevistas, su crítica a la política del “todo vale” fue más mordaz que nunca: “Para gobernar no vale todo”, insistía, en un reproche implícito, a quienes habían convertido el pragmatismo en una coartada para la deslealtad a los valores democráticos.

En este sentido, Díaz encarnaba una tradición intelectual que se resistía a confundir el ejercicio del poder con el progreso social. Su lección es clara: la democracia no se defiende solo con leyes, sino con ciudadanos críticos y con dirigentes que entiendan la política como un servicio y no como una carrera personal.

Un intelectual sin amo

Elías Díaz perteneció a esa rara estirpe de pensadores que nunca tuvieron amo. Un eterno discrepante, entendiendo la discrepancia como una fórmula para fortalecer la democracia. No dejó de militar intelectualmente en el PSOE, aunque dejó de pagar sus cuotas como forma de manifestar su discrepancia a una deriva que no tenía que ver con el socialismo democrático que él preconizaba y defendía, pero nunca quiso asumir el papel de intelectual de partido; fue, como él mismo decía, un “militante aunque no simpatizante”.

Su pensamiento, anclado en la tradición ilustrada y en la ética krausista, nos recuerda que la democracia no es un destino alcanzado, sino un proceso en construcción que requiere vigilancia, crítica y, sobre todo, honestidad intelectual. En tiempos de discursos vacíos y de política sin principios, la obra de Elías Díaz sigue siendo un recordatorio de que sin ética no hay política digna de ese nombre.

Su muerte es una pérdida, pero su pensamiento sigue siendo un arma contra el desencanto. Ya lo decía él, “el desencanto no es deserción”. Es, más bien, el primer paso hacia una democracia que no se conforme con ser una mera fórmula de ocupación de poder, sino que aspire a ser un verdadero pacto de convivencia y justicia.

Gracias, Profesor, por tu luz.

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