viernes 6 marzo, 2026

La arenga de un general

El discurso de Donald Trump

He escuchado íntegro y en directo el discurso de Donald Trump en la ceremonia de toma de posesión en la que juró su cargo de Presidente de los Estados Unidos. Me ha parecido cualquier cosa menos algo institucional. Por momentos, se me antojaba la bravata de un vaquero del lejano Oeste o el discurso de un general arengando a sus tropas antes de entrar en combate.

Un breve comentario sobre la parafernalia que ese país prevé para este tipo de actos, ajena por completo a los usos europeos: en ningún evento similar que yo haya presenciado hablan los representantes de las diferentes iglesias —hasta cinco predicadores, algunos haciendo aspavientos más propios de una iglesia de gospel—, ni cantan tenores y coros entonando diferentes himnos. Pero, en fin, si a ellos les gusta, no tengo nada que decir.

Mi admirado Javier Cercas ha explicado en numerosas ocasiones que él reserva la épica para las novelas, donde le parece muy adecuada, pero que, en política, prefiere mil veces un aburrimiento escandinavo. Desconfía, como desconfío yo, de los discursos épicos. Su objetivo siempre es enardecer los sentimientos de la gente y enmascarar la realidad, en definitiva, “vendernos una moto”. Lo hemos vivido muy de cerca con la inflamación independentista en Cataluña y sabemos que esos globos épicos terminan pinchándose y acaban en frustración, eso sí, después de producir unos cuantos destrozos en la convivencia.

Pues, exactamente eso, ha sido el discurso de Trump: épica por todos los lados, épica en cada una de sus frases. Ha pintado unos E.UU. en declive debido a la nefasta administración precedente —con Joe Biden sentado a un metro de distancia—, humillado por otras potencias, e invadido por hordas de inmigrantes delincuentes. Ha prometido que, con él, todo eso se va a terminar. Que, con él, empieza una nueva era dorada. Ha vuelto a reivindicar el canal de Panamá donde, según él, EE.UU. ha sido humillado a pesar de haber financiado su construcción. Ha prometido que volverá a florecer la industria del automóvil gracias a los aranceles que aprobará. Que los americanos tendrán coches nacionales baratos. Que la energía también será barata gracias a las reservas petrolíferas que EE.UU, atesora —repitiendo su famoso eslogan “drill, baby drill”— y que venderán energía fósil al resto del mundo.

Ha apelado al orgullo de los estadounidenses, exaltando sus cualidades como exploradores, deportistas e innovadores y ha afirmado sin rubor que EE.UU. es la mejor nación del mundo y que así debe seguir siendo. Las palabras que más ha repetido han sido esas: orgullo, inteligencia, tesón y valentía. Él —ha insistido— ha llegado para hacer a América grande de nuevo. Incluso se ha permitido afirmar que Dios le salvó la vida en aquel atentado, justamente para cumplir ese destino.

Creo que un general no habría hablado mejor a sus tropas enardeciéndolas para el combate. El problema es que muchos, especialmente los que ya peinamos canas, estamos de vuelta de ese discurso. Es muy evidente el cartón piedra del decorado, se ven muy claras las costuras, la impostura, que ese es el teatro que necesita para mantener prietas sus filas. Tiene que contentar a la vez a los millonarios que le apoyan y a las masas de trabajadores en paro, agricultores arruinados e inmigrantes de segunda generación que le han dado su voto. Gracias a las cámaras, se pudo apreciar  el contraste entre los tipos humanos que seguían la ceremonia en el interior del Capitolio —excelentemente vestidos y respirando dólares por todos sus poros— y los que le seguían fuera a doce grados bajo cero, con aspecto mucho más modesto. Mantener unida a gentes con intereses tan diferentes solo es posible con un relato épico. Exactamente igual que lo que sucedió en Cataluña: solo con la épica de un nacionalismo exaltado se podía unir a los seguidores de un partido de la alta burguesía catalana, como Junts, con los de otro esencialmente de trabajadores como ERC.

Mi conjetura es que esa épica va a comenzar a hacer agua muy pronto. Los primeros decretos que ha firmado han sacado a EE.UU. de los acuerdos de París contra el cambio climático y de la Organización Mundial de la Salud y ha readmitido en el ejército a los militares que se negaron a vacunarse contra la Covid. Los siguientes que firmará impondrán aranceles a Canadá, a México, a China y a la Unión Europea. Eso desatará una guerra comercial que hará que los precios suban en todos los países, EE.UU. Incluido. Todo un desbarajuste que le enfrentará al resto de países civilizados. Como no se puede ir a la vez contra todo el mundo, estimo que, por mucha desinformación que difundan Musk y Zuckerberg a través de sus redes privadas, no podrá impedir que la burbuja se pinche y que muchos de los que hoy le apoyan se movilicen mañana contra sus medidas. La duda es cuánto destrozo habrá provocado para entonces.

Tal vez es cierto que empieza una nueva era, pero no precisamente dorada. Empieza un periodo muy difícil en el que, dentro y fuera de su país, habrá que ir poniendo límites al autócrata que hoy, por voluntad popular, ocupa el sillón presidencial de la nación más poderosa de la Tierra.

Ricardo Peña

Ricardo Peña es Catedrático Emérito de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Complutense de Madrid. Se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense en 1972  y se doctoró en Informática por la Universidad Politécnica de Cataluña en 1984. Entre esos años, dirigió proyectos informáticos en Alcatel Standard Eléctrica e Industrias y Confecciones S.A. Ha investigado en lenguajes de programación, concurrencia, compilación y métodos formales y es coautor de numerosas publicaciones internacionales. Ha publicado varios libros de texto y de divulgación.

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