Ahora, también una parte de la juventud se rebela contra el status quo, pero este resulta ser el estado democrático, con sus aciertos y sus numerosas imperfecciones.
La democracia es cosa de viejos. Es la conclusión a la que uno llega cuando se consultan las respuestas por edades que dan las encuestas a preguntas sobre la democracia y las preferencias políticas. Algo estamos haciendo rematadamente mal las generaciones de más edad, o algo están haciendo endiabladamente bien —para sus intereses— las fuerzas de extrema derecha.
En el barómetro del CIS de enero de 2025, Vox fue el partido preferido —con un 22,9% de los votos— en la franja de edad entre 18 y 24 años. En las siguientes franjas, es tercera fuerza, con porcentajes decrecientes siempre por debajo del 10%. A partir de 55 años, todos los porcentajes bajan del 6%.
La reciente formación ultra Se Acabó la Fiesta (SALF), obtiene porcentajes en torno al 1% o 2% en todas las franjas, excepto en la de 25 a 34 años, que llega al 5,2%.
Correspondientemente, los porcentajes de voto al PSOE y al PP van creciendo con la edad. El PP solo alcanza resultados por encima del 20% a partir de 45 años y, el PSOE, a partir de 55.
Esta tendencia aumenta con el tiempo. Si se consulta el barómetro de julio de 2024, Vox fue tercera fuerza entre 18 y 24 años —con un 17,4% de partidarios— y siempre estuvo por detrás del PP y el PSOE excepto en la franja de 25 a 34, en que aventajó al PP por unas décimas.
Un estudio de la empresa 40dB de septiembre de 2024 determinó que siete de cada diez españoles apoyaban el sistema democrático, a pesar de que la mayoría admitía que no funcionaba bien y que se estaba deteriorando. Sin embargo, un 25% de los varones entre 18 y 42 años admitió que “en algunas circunstancias” el autoritarismo podía ser mejor sistema. Solo el 60% en esas edades afirmó que la democracia era el mejor sistema. Que la democracia se esta deteriorando lo respondió en promedio el 68,5% de los encuestados pero, si se segmenta la respuesta por partidos, entre los votantes del PP fueron el 80% y, entre los de Vox y SALF, el 84,9% y 88,4% respectivamente. Los votantes de partidos conservadores, especialmente los de Vox y SALF, eran quienes más identificaban la democracia con ideas negativas como “fraude”, “ineficacia” o “inseguridad».
A través de las redes sociales, donde se informan una gran mayoría de jóvenes, la ultraderecha ha conseguido convencer a un buen número de ellos de que la democracia es un fraude y de que un sistema autoritario sería más eficaz a la hora de resolver sus problemas. Nuestros jóvenes, que han vivido desde que nacieron en democracia, no tienen referencias para comparar con otro sistema y con seguridad idealizan lo que se entiende por un “sistema autoritario”. Tampoco sus padres ni el sistema educativo, por dejadez nuestra y por la persistente actitud de equidistancia de la derecha, les han explicado con objetividad lo que fue la dictadura de Franco y si realmente solucionó o no los problemas de los españoles.
La España que yo viví en mi juventud fue la de un país gris en el que todo lo que no estaba prohibido era obligatorio. Era obligatoria la religión en todos los colegios, religiosos o no, con muchas horas por semana de dicha asignatura. Era obligatorio ir los primeros viernes de cada mes a confesar con toda la clase ¡con el propio cura que impartía la asignatura! El cura de religión sabía más de nosotros que nuestros propios padres. Los portales de los bloques de viviendas los abría de noche un “sereno” que solía ser un guardia civil jubilado. Esos señores eran informantes de la policía y sabían muchísimo de las entradas y salidas de todos los vecinos del barrio. Las mujeres no podían ser titulares de una cuenta corriente. A los homosexuales se les aplicaba la ley de “vagos y maleantes” y eran considerados delincuentes. Coincidí con muchísimos de ellos en la cárcel de Carabanchel, donde estuve por participar en una huelga de mi empresa de la cual, por cierto y por esa misma razón, fui despedido. También podían detenerte por dar un beso en los labios a tu novia en un parque. Toda mi carrera universitaria la hice con la policía —los famosos “grises”— dentro de la facultad y con numerosos agentes de paisano de la brigada político-social —la KGB de Franco— pululando por las clases, los pasillos y el bar. Presencié cómo muchos de mis compañeros eran detenidos y deportados fuera de Madrid por hablar en las asambleas. Algunos tuvieron que renunciar a su carrera o perdieron varios cursos.
Eso, queridos jóvenes, es un régimen autoritario y no el blanqueamiento del franquismo que hace Vox. Pero, si esta referencia no os vale, tenéis otras más actuales: la Hungría de Viktor Orbán, donde los homosexuales son perseguidos o la Italia de Giorgia Meloni, donde es casi imposible abortar y los activistas antiaborto pueden por ley entrar en las clínicas para “convencer” a las mujeres de que no aborten.
Tampoco los ultras se desenvuelven muy bien en economía. El primer año de la Argentina de Javier Milei ha cosechado un crecimiento negativo del PIB de un -2%, una inflación del 118% y una tasa de pobreza por encima del 50%. Los ultras, queridos jóvenes, no solo no solucionan ningún problema sino que crean muchos otros adicionales. Lo vamos a comprobar enseguida con Donald Trump, que presagia crear un desbarajuste mundial con sus políticas proteccionistas contra China y Europa. En su toma de posesión se ha rodeado de sus amigos ultras de todo el mundo. Ha invitado al ídolo de esa parte de la juventud, al señor Abascal, a los señores Milei, Orbán, Farage y Bukele, a otros líderes de las ultraderechas francesa, alemana y portuguesa y a la señora Meloni.
La juventud es rebelde por naturaleza. En mi juventud, muchos nos rebelamos contra lo establecido, pero resultó que lo establecido y lo indigno —la dictadura de Franco— eran la misma cosa. Ahora, también una parte de la juventud se rebela contra el status quo, pero este resulta ser el estado democrático, con sus aciertos y sus numerosas imperfecciones. Habría muchas formas de mejorarlo, pero la supuesta alternativa que a ellos les seduce es mil veces peor que lo que tenemos. Alguien debería explicárselo antes de que este cáncer nos corroa a todos.
Ricardo Peña
Ricardo Peña
Ricardo Peña es Catedrático Emérito de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Complutense de Madrid. Se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense en 1972 y se doctoró en Informática por la Universidad Politécnica de Cataluña en 1984. Entre esos años, dirigió proyectos informáticos en Alcatel Standard Eléctrica e Industrias y Confecciones S.A. Ha investigado en lenguajes de programación, concurrencia, compilación y métodos formales y es coautor de numerosas publicaciones internacionales. Ha publicado varios libros de texto y de divulgación.


