El anuncio del presidente del Gobierno sobre un ambicioso plan de industrialización de la Defensa ha generado un intenso debate, lleno de luces y sombras, como casi todo en la política española.
La luz: una inversión inicial de 10.417 millones de euros.
La sombra: su presentación sin someterse a la deliberación parlamentaria.
El plan parece tener un doble objetivo: fortalecer la capacidad militar española y convertir el sector de Defensa en motor de desarrollo industrial.
¿Una estrategia de futuro o una medida de urgencia?
Estamos, al parecer, ante una inversión de largo recorrido, empujada por las prisas europeas para incrementar el gasto militar. Pero sin duda, no tendrá una ejecución inmediata ni puede improvisarse.
No podemos equivocarnos: invertir en Defensa no es un ejercicio de gasto coyuntural. Los presupuestos de Defensa requieren planificación a medio y largo plazo, coordinación con socios europeos y el desarrollo de capacidades industriales que no se construyen de la noche a la mañana.
Según informes del European Council on Foreign Relations (ECFR), los programas europeos de defensa tardan entre 5 y 15 años en completarse, desde la fase de diseño hasta su plena operatividad. La premura en la presentación del plan, sin hoja de ruta técnica ni calendario de ejecución, parece responder más a una necesidad política inmediata que a un proyecto estratégico realista.
¿Dónde está el tejido productivo real?
La verdadera capacidad de desarrollo no está solo en las grandes empresas del sector (las llamadas «campeonas nacionales»), sino en las pymes, que representan más del 80 % del tejido industrial español.
Sin un ecosistema tecnológico e innovador alrededor del sector Defensa, el efecto arrastre será limitado.
Existe además una confusión interesada: asociar el crecimiento de la industria armamentística con el progreso económico. Esta visión es fuertemente cuestionada por múltiples estudios académicos.
En Military Spending and Economic Growth (Dunne et al., Cambridge Journal of Economics), se demuestra que el gasto militar tiene efectos mixtos o nulos en economías desarrolladas, y que puede generar distorsiones en la asignación de recursos públicos.
Muy interesante resulta en este momento leer el trabajo de Chloé Meulewaeter, Economía de la defensa y conflictos armados. ¿Cómo el gasto militar mundial lastra la paz y dificulta el desarrollo?
¿Progreso… o regresión democrática?
El debate político está servido. Porque no hay progresismo económico en aumentar el gasto en Defensa sin debate ni control, hurtando la posibilidad de participación a la representación democrática de los ciudadanos.
Es muy difícil argumentar a favor de esta forma de proceder.
Como escribió el Nobel de Economía Joseph Stiglitz:
«El coste de las guerras no es solo monetario, sino en pérdida de oportunidades sociales, científicas y humanas».
(Joseph E. Stiglitz y Linda J. Bilmes, The Three Trillion Dollar War: The True Cost of the Iraq Conflict).
En Sistema Digital puede leerse un excelente comentario sobre este libro y la cuestión.
¿Cambio de paradigma industrial?
Hasta ahora, el discurso oficial de la socialdemocracia ha sido que el desarrollo industrial debe orientarse hacia sectores sostenibles y con futuro: transición energética, digitalización, salud pública.
Ni las exigencias de Trump, ni la presión de la UE, ni siquiera la guerra en Ucrania deberían cambiar este paradigma.
Convertir la industria armamentística en motor económico puede ser eficaz a corto plazo, pero es políticamente cuestionable, éticamente frágil y estratégicamente débil a largo plazo.
La Constitución y el deber de deliberación democrática
La Constitución no es un texto instrumental que deba adaptarse a las urgencias políticas. Como afirmaba Hans Kelsen:
«La Constitución es la norma suprema que regula la creación de normas y la legitimidad del poder.»
No se trata de una mera formalidad, sino del marco esencial del contrato social que hoy, tanto desde la izquierda como desde la derecha democrática, no debería pasarse por alto.
Incluso Carl Schmitt, pese a sus conocidas derivas autoritarias, insistía en la centralidad de la soberanía parlamentaria.
La falta de debate parlamentario sobre un plan que implica gasto público, política industrial y soberanía estratégica es una vulneración del espíritu constitucional.
El teórico del socialismo democrático Norberto Bobbio lo advirtió claramente:
«La democracia no es solo sufragio, sino control, deliberación y transparencia.»
El riesgo del atajo y el populismo
Constitucionalistas españoles como Javier García Roca o Tomás de la Quadra-Salcedo han insistido en que la omisión del Congreso en decisiones estructurales mina la legitimidad del sistema y abre la puerta al populismo y la antipolítica.
El crecimiento de la extrema derecha no se explica solo por su discurso, sino también por el vacío pedagógico y democrático dejado por los partidos tradicionales.
El filósofo Daniel Innerarity lo resume así:
«Los partidos se han convertido en plataformas electorales sin proyecto cultural ni visión del mundo.»
No hay progreso sin reglas
El Parlamento es el espacio natural del conflicto legítimo, la crítica razonada y el control institucional. Saltarse esa instancia no solo es una torpeza institucional, sino un mensaje peligroso: que el Gobierno puede actuar sin límites si tiene mayoría aritmética.
El Gobierno justifica la vía ejecutiva por la inestabilidad de sus socios minoritarios (Sumar, IU, Podemos). Pero esta estrategia del atajo refuerza precisamente a quienes denuncian la falta de control institucional: la extrema derecha.
Ni el presidente, ni su Gobierno, ni los partidos que le apoyan deberían incurrir en ese error.
Como escribió Elías Díaz, recientemente fallecido:
«La democracia no es el gobierno, sino los ciudadanos organizados en reglas.»
Y como dejó dicho Tomás y Valiente, presidente del Tribunal Constitucional asesinado por ETA:
«Las reglas del juego democrático son más importantes que las decisiones que se toman dentro del juego.»
Una oportunidad bajo condiciones
Estoy convencido de que una inversión como la anunciada en el plan de industrialización de la Defensa puede ser una oportunidad para potenciar determinados sectores industriales en España.
Durante décadas, el doble uso de la tecnología para la defensa ha tenido efectos positivos (como el surgimiento de Internet desde proyectos militares).
Pero eso solo ocurrirá si se construye con cimientos democráticos:
✅ Deliberación parlamentaria
✅ Planificación técnica realista
✅ Respeto institucional
No hay progreso sin reglas. Y las reglas son aún más importantes cuanto más urgente es la acción.
Los socialistas, como herederos de una cultura política democrática, deberían ser los primeros en respetar la forma tanto como el fondo.
Porque solo así podrán defender con legitimidad aquello que hoy creen necesario.
👉 La democracia no es el camino más rápido, pero es el único legítimo.

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