Abdelhamid Beyuki
En las últimas semanas, varias ciudades marroquíes han sido escenario de manifestaciones y concentraciones lideradas por jóvenes que han bautizado su movimiento como “Generación Z”, en alusión simbólica a la continuidad histórica de las generaciones marroquíes que se niegan a rendirse ante la desesperanza y que insisten en resistir la corrupción y la tutela política con un lenguaje más cercano al espíritu de los nuevos tiempos.
Aunque este movimiento es todavía incipiente, ha suscitado un intenso debate sobre su legitimidad, sus horizontes y sobre la manera –oficial y extraoficial– de enfrentarse a él.
Desde el punto de vista de la legitimidad, es innegable que esta generación se apoya en un derecho constitucional, la libertad de expresión y de manifestación. También bebe de una larga tradición de levantamientos y movimientos populares que han marcado la historia contemporánea de Marruecos.
“Generación Z” refleja el deseo de una juventud amplia de superar el bloqueo de los canales de mediación política y de rechazar a unos partidos tradicionales que han perdido toda credibilidad y capacidad para representar a la ciudadanía. Es, en cierto modo, la continuación simbólica del Movimiento 20 de Febrero, pero con una conciencia más clara de sus límites y de las causas que explicaron su debilitamiento.
A pesar del carácter pacífico de las protestas, reina una gran opacidad en el trato de las autoridades hacia el movimiento. ¿Será considerado como una mera válvula de escape que puede ser absorbida o neutralizada? ¿O como un embrión político que podría alterar el equilibrio del tablero en su conjunto? La confusión se acrecienta con los rumores sobre luchas de poder internas en el seno del propio Estado, donde distintas facciones calculan cómo manipular o sofocar el descontento. Esta ambigüedad, lejos de debilitar el movimiento, le otorga fuerza simbólica, se ha convertido en un espacio aún indomado, que ni el poder ni sus intermediarios han logrado colonizar.
El comunicado del Consejo Nacional de Derechos Humanos subrayando el carácter pacífico de las marchas y la legitimidad de las reivindicaciones se puede interpretar como un gesto de apertura institucional hacia una vía de diálogo, frente al reflejo autoritario de la represión policial. Sin embargo, la experiencia histórica marroquí obliga a la cautela, las promesas de diálogo suelen ser más un recurso táctico para ganar tiempo que una voluntad sincera de cambio.
La dimensión internacional tampoco se ha hecho esperar. Organizaciones de derechos humanos y medios extranjeros siguen de cerca los acontecimientos, mientras el secretario general de la ONU subrayó la necesidad de respetar el derecho de la juventud a expresarse de forma pacífica. Esto no solo otorga al movimiento un respaldo simbólico exterior, sino que también pone al Estado marroquí en una posición incómoda, especialmente en un momento en que el Consejo de Seguridad debate el conflicto del Sáhara Occidental. El descontento interno puede convertirse en un flanco débil que los adversarios de Marruecos aprovechen.
Más allá de estas tensiones, las causas del movimiento son legítimas y saludables, desempleo, desigualdad, corrupción y una democracia tutelada que asfixia la vida política. La importancia de “Generación Z” reside menos en la cantidad de participantes que en su carga simbólica, la simple irrupción de un nuevo sujeto colectivo en las calles, enarbolando consignas que combinan patriotismo con demandas de justicia social y dignidad, es prueba de que la energía contestataria de la sociedad marroquí sigue viva y busca nuevos cauces. La gran incógnita es si permanecerá como una oleada más de protestas o si dará el salto a una organización política propia.
La lección del 20 de Febrero es clara, el rechazo absoluto a la estructuración política condena a la disolución. Por ello, no es descartable que una parte de “Generación Z” tome conciencia de la necesidad de ir más allá, planteándose la creación de un partido independiente de la tutela del Estado y de los partidos domesticados. Sería la única manera de abrir un verdadero espacio de diálogo y disputar el terreno político..
Este escenario no es utópico, la experiencia de Podemos en España, surgido de la protesta del 15-M contra la precariedad y la corrupción, demuestra que un movimiento juvenil y ciudadano puede transformarse en una fuerza política capaz de alterar el mapa institucional, siempre que se dote de una visión clara, una organización sólida y una independencia real respecto a los viejos centros de poder.
“Generación Z” no es, por tanto, un simple grito juvenil pasajero. Es un recordatorio de que el pueblo marroquí, generación tras generación, se resiste a la corrupción y al autoritarismo con nuevas formas y nuevos lenguajes. El éxito o fracaso de este movimiento dependerá de su capacidad para escapar tanto al peligro de la cooptación como a la represión, y de su habilidad para estructurarse sin perder su frescura y autonomía.
Entre la legitimidad de la calle y la tentación del poder, la Generación Z se encuentra ante una encrucijada que podría marcar una nueva etapa política en Marruecos. Y esta vez, el desenlace no dependerá solo de los jóvenes, sino también de la voluntad de los centros del poder – futuros – de tolerar –o no– una verdadera transformación.

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