Se cumple estos días un año de la segunda toma de posesión de Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos. Para entender el agravamiento de la situación internacional que han provocado sus decisiones, no basta por desgracia con un análisis político. También es necesario un análisis psicológico del personaje. Y ello es así porque ni siquiera sus más cercanos colaboradores saben lo que les espera cada día al levantarse. Incluso, ni él mismo lo sabe, porque muchas de sus decisiones las toma en caliente, de forma venal, guiado tan solo por sus impulsos más primarios.
Desde el punto de vista político, Trump es, sin duda, un enemigo de la democracia —es decir, un fascista— como lo atestiguan sus acciones dentro de Estados Unidos contra la prensa y la televisión independientes, los jueces, la ciencia, sus opositores y hasta la Reserva Federal. No soporta ningún contrapoder que le haga frente, como les sucede a los fascistas. Fuera de sus fronteras, se comporta como un matón de colegio, amenazando y chantajeando a otros países con su fuerza militar y económica —de ahí su aprecio por los aranceles. Ha bombardeado ya siete países, secuestrado al presidente de un país y amenazado con usar la fuerza para apoderarse de un territorio —Groenlandia— perteneciente a uno de sus aliados de la OTAN. Por si hubiera duda, arremete contra las democracias —la Unión Europea es su bestia negra— y contemporiza con los dictadores como Putin.
Pero, hay mucho más. Su personalidad es la de un psicópata, es decir, la de alguien que no solo hace el mal, sino que disfruta con ello. Le encanta humillar a los que considera más débiles, como hizo con Zelenski en la Casa Blanca, después con sus socios de la OTAN al exigirles el 5% de inversión en defensa, más tarde con la Unión Europea —a la que impuso un arancel unilateral del 15%— y ahora con Maduro y con los líderes iraníes. Para él, el mundo se divide en ganadores y perdedores. Él se ubica entre los primeros, junto con todos los que ejercen la fuerza para imponerse, que suelen coincidir con los dictadores de las grandes potencias.
No tiene empatía alguna con el dolor ajeno. La cruel y deshumanizada persecución a los inmigrantes de su país y la disolución de USAID, que suministraba vacunas, agua potable y protección contra la malaria a millones de desamparados del tercer mundo, serán recordados entre los hitos de la ignominia, comparables en crueldad a la masacre de palestinos llevada a cabo por Netanyahu o al genocidio armenio perpetrado por el imperio otomano entre 1915 y 1923.
Como todo psicópata, es también un gran narcisista, es decir alguien egoísta y egocéntrico que busca la adulación y no soporta la crítica o el desacuerdo con sus decisiones. Rompió con su mayor financiador —Elon Musk— porque le llevó la contraria. No admite más límites que los suyos, según él mismo ha declarado. Prefiere los tratados bilaterales —donde pueda imponerse por la fuerza— a los multilaterales. De ahí su retirada de todos los organismos internacionales —acuerdos climáticos, OMC, OMS—, su alergia a la ONU y su caso omiso a las leyes internacionales, como se manifestó en los ataques a las supuestas narcolanchas y en la agresión a Venezuela. Perder las elecciones de 2020 fue una herida profunda a su narcisismo y eso explica su insistencia obsesiva en no reconocer aquella derrota.
Una última obsesión es su adanismo: él ha llegado para solucionar todos los problemas que sus predecesores no fueron capaces de resolver. Entre ellos, la supuesta decadencia de los Estados Unidos o su incompleto dominio de todo el continente americano, en el que incluye a América Latina, Canadá y Groenlandia. Su última y patética decisión en ese sentido ha sido colocar en la Casa Blanca una galería de placas conmemorativas, cuyo texto desacredita todo lo hecho por otros presidentes estadounidenses.
Los norteamericanos han encumbrado a un demente a la máxima posición de poder de su país que, a su vez, es la mayor potencia mundial. El peligro que eso supone lo estamos sufriendo todos desde hace un año y, lo peor, es que todavía quedan otros tres en que las cosas pueden empeorar. O tal vez más, porque, si Trump llega con salud a noviembre de 2028, querrá seguir gobernando a pesar de que su constitución lo prohíba o los votos no le alcanzasen.
Esta dramática situación debería servir como aviso para navegantes a todos aquellos fascinados por este tipo de personajes y apoyan a fuerzas de su país afines a Trump. En España, tenemos a los líderes de Vox, o a lideresas como Díaz Ayuso, que no han osado levantar la voz contra ninguno de sus desmanes y que han apoyado todas sus decisiones. Ni siquiera las amenazas contra Groenlandia les han parecido un motivo suficiente para criticarle. Los ataques a la Unión Europea tampoco les incomodan porque ellos son también sus enemigos. Y, en el resto del mundo, tenemos a los Milei, Orbán, Weidel, Fico, Farage y otros, que siguen la misma senda.
La solución a los problemas de las sociedades democráticas no la va a aportar ninguno de estos personajes, que solo buscan aprovecharse de las dificultades para encumbrarse a posiciones de poder e imponer su ideología, como está haciendo Trump. Son simples embaucadores. Cuando escuchamos a Abascal quejarse del problema de la vivienda, ¿alguien confía en que si Vox llegase al poder lo iba solucionar? O cuando, de forma miserable, acusa al Gobierno del accidente de tren de Adamuz, ¿alguien piensa que los trenes no tendrían accidentes con ellos en el poder?
A los narcisistas, psicópatas, embaucadores y fascistas hay que mantenerlos lo más lejos posible del poder, nunca contribuir a encumbrarlos. Los problemas de las democracias se solucionan con más democracia, no con menos, y con los mecanismos que ella misma ofrece: con la crítica de los medios independientes, con manifestaciones ciudadanas, nuevos partidos, jueces independientes, elecciones libres, etc. Es decir, con los mismos mecanismos que esos fascistas suprimirían si llegaran al poder.
Ricardo Peña
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