martes 17 marzo, 2026

En el centenario de Pablo Iglesias Posse.

Por Fernando Mora Rodríguez. Politólogo.

“Más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón”. Miguel de Cervantes

El pasado día 9 de diciembre se cumplieron cien años del fallecimiento de Pablo Iglesias Posse, quién fundara en 1879 el Partido Socialista Obrero Español.  En su contexto histórico, Pablo Iglesias representa, en España, los auténticos valores del socialismo democrático.

Es cierto, que con los años se nos van cayendo los ídolos, y además constatamos como y porque ocurre, en un tiempo de incredulidad, escepticismo e incoherencia como el presente, de perdida de aquellos principios éticos que en otro tiempo nos parecían dogmas y que ahora comprobamos que se venden al mejor postor en esa nueva «bolsa de valores», dentro de un mercado insolente, a veces insoportable, lleno de “intereses creados”.

Figuras como la de Pablo Iglesias, con todo su padecimiento para encontrar camino en la vida, con su lucha en favor de los trabajadores, contra el ominoso trabajo infantil, por los derechos de las mujeres, frente a la injusticia de las guerras, en definitiva, luchando siempre por la igualdad tan necesaria en una sociedad inmensamente desigual como la que le tocó vivir. Con su forma de ser y estar, de buscar siempre la defensa de los derechos de los más débiles y el triunfo de la coherencia, Iglesias nos reconforta frente a esos otros «barbaros», dispuestos a dilapidar nuestro pasado y nuestra historia con tal de oler el perfume del dinero, la especulación, la injusticia, la hipocresía, el machismo y el oprobioso fariseísmo donde nada de lo que parece es real, y donde lo real tampoco es lo que parece.

De él dijo Antonio Machado que al escucharle sentía «el timbre inconfundible de la verdad humana». Por su parte, Ortega y Gasset hablaba de Iglesias como un «santo laico», y decía: “es menester acentuar que Pablo Iglesias tiene derecho a que su vida sea contada –como un ejemplo que solicita imitación- cualesquiera que fuese la aquiescencia que a sus opiniones se preste.»

Pablo Iglesias fue un hombre “hecho a sí mismo”, en un tiempo difícil para la gente humilde, y mucho más si eras niño huérfano y con una madre viuda sin posibles, que trabajó como fregona para poder subsistir, y tuvo que enviar a su hijo a un insalubre orfanato en la ciudad de Madrid, que afectaría a su salud durante toda su vida. Pero allí, al menos, aprendió el oficio de tipógrafo. Cuando aún no tenía trece años huyó del hospicio para buscarse la vida en una España difícil y conflictiva – como casi siempre- y entró a trabajar en el mundo de la imprenta.

En su primera juventud vivió y aprendió de los avatares del sexenio revolucionario, el breve reinado de Amadeo I y la I República. Escuchó, a Giner de los Ríos, Miguel Echegaray, Raimundo Fernández Villaverde o las clases impulsadas por el ministro liberal progresista y laico, Manuel Ruiz Zorrilla, que contribuirían a que Pablo Iglesias fuese fraguando su pensamiento político.

Involucrado con el naciente movimiento obrero, escribe su primer artículo “La Guerra” en el año 1870, un alegato pacifista, crítico con la idea de la guerra y las adversas repercusiones en las clases trabajadoras.

Vinculado desde muy joven a la AIT, Asociación Internacional de Trabajadores, el 2 de mayo de 1879 culmina con la fundación del PSOE en la taberna Casa Labra situada en la calle Tetuán, a la que asistieron veinticinco personas. Fundó El Socialista, órgano de expresión del partido y en 1888 la Unión General de Trabajadores. Ese mismo año acudió al Congreso fundacional de la Segunda Internacional. Fueron tiempos difíciles, donde el Gobierno Conservador dio orden de perseguir a las organizaciones obreras.

En 1890 encabezó la primera manifestación del 1 de mayo en España, exigiendo la jornada laboral de 8 horas y la prohibición de la explotación laboral de los niños.

Se posicionó frente a los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona ocurrida en 1909 consecuencia de la negativa de los jóvenes soldados a embarcar hacia la guerra de Marruecos, mientras los hijos de la gente pudiente lo evadían previo pago. Era una guerra absolutamente inútil, que marcaría la historia de nuestro país en las siguientes décadas. Ello le llevó a ser detenido durante 18 días.

En 1909 se decide, no sin escepticismo y duras discusiones dentro del partido, converger con los republicanos en la llama Conjunción Republicano-Socialista. Así, Pablo Iglesias, Largo Caballero y García Ormaechea salieron elegidos concejales por Madrid en las elecciones municipales de noviembre de 1905. Fue concejal en el Ayuntamiento de Madrid entre 1906-1910 y 1914-1918.

Elegido diputado, por la Convención Republicano Socialista, en 1910, exigirá en el Congreso responsabilidades por lo ocurrido en la Semana Trágica y el fusilamiento de Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la Escuela Moderna, acusado falsamente de instigar la revuelta, hecho que motivó una fuerte contestación internacional. Pablo Iglesias, único diputado socialista, fue muy duro contra Maura, entonces jefe de Gobierno, lo que le valió una fuerte recriminación del Presidente de la Cámara, y el abucheo de los diputados conservadores. Pero, al menos, las Cortes hicieron que el Gobierno se retractase de la incautación de bienes de Ferrer, y estos fueran devueltos a su familia.

Carlos Esplá, periodista republicano y ministro en la II República, quién lo había escuchado de niño, recordaba como Pablo Iglesias “hablaba con la naturalidad, la sencillez, la limpieza y también el vigor con que escribía. Su palabra escrita o hablada era puro cristal. Palabra así sólo podían nacer de una íntima y profunda convicción, de un claro manantial de sinceridad. Limpia y clara la palabra como la conducta”. Su oratoria estuvo siempre marcada por una defensa de los valores cívicos y éticos. En todo momento se erigió en portavoz de los derechos de la clase trabajadora.

De igual manera, Iglesias se pronunciará contra el conflicto europeo en la I Guerra Mundial, entonces en ciernes, y escribe: “Las fórmulas para solucionar el conflicto austroserbio pacíficamente, en armonía, por lo tanto, con los intereses de la civilización, fracasan una tras otra. Todas se estrellan ante la irreductible oposición de los que prefieren sumir a la Humanidad en la inmensa tragedia de la guerra, a renunciar a sus criminales apetitos de mando y a sus despreciables ansias de venganza”, haciendo un llamamiento a los trabajadores para poder evitarla y evitar la masacre. 

Coloca al Partido Socialista en una posición política clara y sensata, oponiéndose con contundencia a la entrada en la III Internacional, frente a la escisión que provoca la salida de quienes, siguiendo a Lenin, fundaran el Partido Comunista de España. La apuesta de Iglesias fue la de “Libertad para ser libres”, frente a la insultante interrogativa de Lenin a Fernando de los Rios “¿libertad para qué?”.

No conviene olvidar en este Centenario que en numerosas ocasiones fue objeto de bulos, calumnias y todo tipo de infundios que la historia se ha encargado de rebatir.

Juan José Morato, contemporáneo de Iglesias, escribió una biografía cuyo título “Pablo Iglesias, educador de muchedumbre” es un fiel reflejo de su personalidad, esa misma que ejerció una enorme influencia en la historia del movimiento obrero, la lucha por los derechos de los trabajadores y su labor para promover la igualdad de género en un contexto social fuertemente patriarcal. Fue un defensor del trabajo femenino y de la emancipación de la mujer, influenciado por los nacientes movimientos feministas europeos que comenzaron a tener cada vez más visibilidad a finales del siglo XIX.

El 16 de noviembre de 1921 casó con Amparo Meliá Monroig, con quien mantenía relación desde hacía años. Murió en Madrid el 9 de diciembre de 1925 en su casa de la Calle Ferraz. Su entierro, por las calles de Madrid, fue multitudinario, con el reconocimiento de la inmensa mayoría de la prensa y las fuerzas políticas. “La vida de nuestro maestro ha tropezado con un leve obstáculo y se ha ladeado” diría Julián Zugazagoitia, que había retratado a Iglesias como un hombre de espíritu insobornable, orgullosos de sus logros, pero también dolido por sus fracasos.

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