domingo 19 julio, 2026

El último atentado de los Gal

 La conspiración (III)

 “El lunes 4 de noviembre de 1.996, el Tribunal Supremo acordó que Felipe González, Narcis Serra y Txiki Benegas no tenían que declarar como imputados en lo que se ha denominado “Caso Gal”.  Los magistrados de este tribunal, un total de diez, necesitaron, según recogió la prensa al día siguiente, más de seis horas para tomar una decisión irrevocable y que se adoptó por tan solo dos votos de diferencia”.

“Y en la cuarta y última parte, de este libro, doy fe de la utilización despiadada de los acontecimientos que viví en mi persona, en la lucha política y como una conjunción de ambiciones políticas, judiciales y periodísticas llevaron al Partido Popular al poder en 1.996”

Estos dos párrafos anteriores están extraídos de un un libro escrito por el subcomisario José Amedo Fouce en el año 2.006, y editado por “Espejo de Tinta”, editorial desaparecida hace años. Reeditado, con un contenido ampliado, en 2.022. Esta vez, con un nuevo título: “Objetivo Felipe González”.   

Una declaración “encarcelada”

Tras resolverse los incidentes procesales, Garzón, ya de nuevo al frente del caso Marey, me convocó en su juzgado. Me interrogó durante cuatro horas y media.

Entré en el juzgado cuando apenas quedaba tarde. El día se había ido sin despedirse, como si supiera que no merecía acompañarme. El edificio me recibió con su solemnidad habitual: piedra, pasillos largos, puertas más por lo que deciden que por lo que aíslan. Caminé despacio. No por duda, sino por respeto a mi mismo. Después de tantos años de prisas, aquel no era un lugar para correr. Mi abogado, Manuel Cobo, caminaba algo retrasado, por la edad y el sobrepeso.

Sabía que no iba a explicar nada nuevo. Todo estaba dicho y decidido antes de sentarme. La comparecencia era solo la forma, el fondo llevaba meses madurando en titulares, filtraciones y silencios interesados. Aún así, me senté con la espalda recta. Miré al frente. Pensé que al menos, me debía dignidad de no parecer vencido antes de tiempo.

Las preguntas comenzaron sin preámbulo. Una tras otra. Precisas, reiterativas, a veces circulares. No buscaban comprender, sino medir resistencia. Respondí a todas. A las que recordaba con claridad y a las que el tiempo había difuminado. No mentí. Tampoco adorné. Hablé como quien sabe que cada palabra será usada no escuchada.

Mientras hablaba, me asaltaron recuerdos que no figuraban en ningún sumario: madrugadas interminables, teléfonos que no dejaban de sonar, decisiones tomadas sin margen, creyendo, entonces, que servir al Estado era servir a algo más grande que uno mismo. Pensé también en lo ingenuo que había sido al creer que esa entrega sería, algún día, comprendida.

Pasaron las horas. Mas de cuatro. El cansancio no era físico; era moral. Cuando terminé, no hubo cierre solemne ni gesto de humanidad. Me indicaron que esperara. Solo. En una sala fría, sin reloj, sin apenas luz. Ahí comprendí que la espera también forma parte del castigo.

No lo supe de golpe, pero ya lo sentía con una certeza incómoda: el resultado ya estaba decidido. No hizo falta leerlo. El silencio lo decía todo. Ese silencio denso que no anuncia dudas, sino resoluciones.

Cuando me trasladaron el auto, la secretaria habló poco. Lenguaje técnico. Frases limpias. Sin condiciones. Sin fianza. Palabras breves para una consecuencia inmensa. Firmé. No discutí. No supliqué. Me levanté despacio, consciente de que acababa de cruzar una frontera invisible.

Al salir, el pasillo parecía más largo que antes. Ya no era un ciudadano compareciendo ante la justicia, sino un cuerpo que debía ser trasladado. El aire de la noche me golpeó con una frialdad desconocida. El coche no era el de siempre. Tampoco el destino.

Durante el trayecto, miré por la ventanilla sin ver nada. Comprendí entonces que no solo me encerraban a mí. Se cerraba una etapa. Una manera de entender el poder, el deber, la lealtad. Todo quedaba reducido a una celda, a un número, a un horario impuesto.

Pisé, por primera vez, una prisión: Alcalá-Meco. Cuando la puerta se cerró tras de mí, no sentí rabia. Tampoco miedo. Sentí una tristeza profunda y serena. La certeza de que, a veces, en este país, la verdad llega tarde, pero la prisión nunca se retrasa.

Mi triángulo de las Bermudas.

Nunca supe exactamente cuando empezó. Si fue una conversación escuchada a medias, un nombre repetido con demasiada frecuencia o una puerta que se cerraba justo antes de que yo llegara. Lo cierto es que, en algún punto del camino, tuve la sensación nítida de haber entrado en un espacio del que ya no se sale siguiendo las reglas habituales. Lo llamé, para entenderme, mi triángulo de las Bermudas. Un triángulo de tres vértices: un juez, un director de periódico y unos políticos de la oposición, deseosos de acabar con la figura de Felipe González. A cualquier precio.

Había tres vértices. No los vi nunca juntos, pero sentí su fuerza combinada. Cada uno tiraba de mí en una dirección distinta y todos, al mismo tiempo, hacia abajo.

El primero era el de las confesiones. No las oí directamente, pero me llegaron como llegan siempre las cosas que no quieren ser oficiales: fragmentadas, deformadas, insistentes. Palabras dichas por otros que, de pronto, parecían demasiado bien orientadas. Confesiones que no nacían del recuerdo, sino de la necesidad. Yo no podía probar nada, pero tuve la convicción íntima de que algunas palabras no eran libres, que habían sido empujadas, guiadas, recompensadas de algún modo que nunca quedará escrito.

El segundo vértice era el de los intermediarios. Personas que no figuraban en los autos, pero sí en los márgenes de la historia. Mensajeros que iban y venían entre mundos que oficialmente no se tocaban: despachos, redacciones, conversaciones en voz baja. Nunca vi el dinero, nunca vi los pactos, pero empecé a notar algo peor: la coherencia. Todo encajaba demasiado bien. Y cuando todo encaja en un proceso humano, suele ser porque alguien ha forzado las piezas.

El tercer vértice era el futuro prometido. No para mí, desde luego. Para otros. Un futuro en el que el sufrimiento tendría recompensa, en el que la lealtad, no a la verdad, sino a un relato, sería compensada con indultos, con protección, con una nueva vida. No sé quién prometía qué a quién. Lo único que sé es que esas promesas flotaban en el ambiente como una moneda lanzada al aire que nunca cae al suelo.

Yo estaba en medio. Sin pertenecer ya a ningún lado. Sin poder defenderme de algo que no se decía del todo, pero que avanzaba con una determinación implacable. Cada vez que apelaba a los hechos, me respondían con convicciones. Y contra una convicción bien alimentada, los hechos suelen perder.

No afirmo que nada de esto ocurriera como lo percibí. Solo digo que así lo viví, pero hay otros protagonistas de esta historia que lo han dejado escrito, editado y publicado. Que así lo sentí. Que, desde dentro, la instrucción no me pareció una búsqueda, sino una travesía dirigida. No un camino abierto, sino un embudo.

Con el tiempo comprendí que mi error fue creer que aún estaba en una investigación. No lo estaba. Yo era ya parte del decorado necesario para que otros relatos cobraran sentido. Mi función no era explicar, sino sostener, con mi caída, una arquitectura mayor.

Ese fue mi triángulo de las Bermudas: palabras que no reconocía, silencios demasiado útiles y promesas hechas a espaldas de la ley visible. En ese triángulo no se hunden barcos, se hunden biografías. Y cuando uno se da cuenta, ya no queda fuerza para nadar: solo para dejar constancia de que, al menos, no fue una ilusión pasajera, sino una convicción que me acompañará siempre.

Si aquellas declaraciones de José Amedo, en el juzgado y ante la prensa, se ajustan a la verdad de los hechos, los datos recogidos en los dos libros de José Amedo deberían ser tratados como “autos de fe”. Si la palabra de aquel hombre bastaba para encender hogueras judiciales, mediáticas y políticas. ¿qué debería de arder, entonces, en las páginas que escribió después? Esa pregunta me acompaña durante años, como una astilla que no termina de salir.

Nunca leí esos libros, como quien busca pruebas. Los leí como quien escucha una confesión tardía en una iglesia vacía, No esperaba documentos ni fechas exactas. Esperaba grietas. Y las encontré. No donde se grita, sino donde la voz vacila.

Mientras pasaba las páginas, no podía evitar pensar que, si su palabra había sido elevada a verdad revelada cuando convenía, esas mismas palabras, ya impresas, debían de contener algo más que literatura, Yo no podía demostrara nada. Pero tuve la convicción, íntima, persistente, de que allí había más denuncias de las que se querían reconocer y más verdades de las que se estaba dispuesto a escuchar.

Leía y pensaba: “si entonces bastó con que hablara para que todo se pusiera en marcha ¿por qué ahora se mira hacia otro lado?”. La respuesta era incómoda. Porque ya no interesaba. Porque la fe no necesita coherencia, solo utilidad. Y aquellas páginas habían dejado de ser útiles.

Yo veía en esos libros un desorden que me resultaba familiar. No el caos del mentiroso, sino el del hombre que sabe demasiado y no encuentra como decirlo sin hacerse añicos. Había reproches mal cerrados, silencios estratégicos, verdades dichas a medias, como si el autor caminara permanentemente al borde de una ´línea que no se atrevía, o no podía, cruzar.

No afirmo que allí estuviera todo. Afirmo que allí no estaba nada de forma inocente. Cada omisión pesaba. Cada énfasis parecía calculado. Cada ataque frontal ocultaba, paradójicamente, una rendija por la que se colaba otra historia, menos cómoda, menos presentable.

Lo que más me inquietaba no era lo que decía, sino lo que ya no producía efecto. Aquel mismo hombre cuya voz había sido tratada como dogma cuando señalaba en una dirección concreta, era ahora ignorado cuando escribía sin guion, sin catecismo, sin inquisidores alrededor. Comprendí entonces que no había sido su verdad lo que importó nunca, sino su función.

Si aquellas declaraciones fueron un auto de fe, aquellos libros eran el residuo de la hoguera. Ceniza tibia, todavía peligrosa. No porque revelara una verdad completa, sino porque recordaba algo imperdonable: que la palabra, una vez usada como arma, ya no pertenece a quien la pronuncia.

Ese fue otro vértice de mi triángulo de las Bermudas: la fe ciega en una voz cuando convenía, y el silencio espeso cuando esa misma voz empezó a contar lo que ya no encajaba en el relato. En ese punto entendí que no hay verdad más peligrosa que la que llega tarde, cuando el castigo ya ha cumplido su función.

La objetividad imposible.

Añado a estas reflexiones, una de última hora. Recién servida. Porque la figura del juez Baltasar Garzón Real, “el Principe” según Amedo, me inquieta, no es una persona conciliadora, que busque el diálogo y el entendimiento, que es lo que España necesita.

Cuando supe del nombramiento de Garzón como presidente de la Comisión de la Verdad, no sentí sorpresa. Sentí cansancio. Un cansancio antiguo, de esos que no se deben al paso del tiempo sino a la repetición de los mismos gestos bajo nombres distintos. Pensé entonces en la palabra que se exige para ciertos cargos como si fuera un dogma: objetividad. Y comprendí que, para algunos, esa palabra no describe una virtud, sino una coartada.

No afirmo que ese hombre no crea en lo que hace. Afirmo que yo dejé de creer que pudiera mirarse al espejo de la historia sin ver reflejada su propia trayectoria. Porque la memoria, cuando se investiga desde una biografía atravesada por combates, deja de ser terreno común y se convierte en prolongación del yo.

Desde mi lugar, ya lejos de los focos, pero no del recuerdo, me pregunté como podía exigirse neutralidad a quien había entendido siempre la justicia como escenario. No lo digo como reproche moral, sino como constatación íntima: quien ha luchado tanto por imponer un relato difícilmente puede suspenderlo cuando se le pide que arbitre.

Esa sensación no ha nacido ayer. Venía de atrás. De conversaciones escuchadas y de comentarios que no figuraban en actas. De una forma de hablar de la política que no la concebía como alternancia, sino como anomalía a corregir. Si mi admirado Antonio Pedreira, magistrado del Tribunal Superior de Justcia de Madrid, estuviese entre nosotros, podría dar fe de esta reflexión. Yo no sé exactamente lo que se dijo, ni en que términos precisos. Sé lo que quedó grabado: la idea de que la justicia podía, y debía, servir para algo más que para juzgar hechos.

Aquella idea me produjo vértigo. No por el adversario político sino por la lógica. Cuando la justicia se carga de misión histórica, deja de medir y empieza a empujar. Y cuando empuja, alguien siempre cae por el lado equivocado.

Por eso, al ver ese nombramiento, no pensé en el pasado lejano, sino en mi propia experiencia. En como la objetividad se invoca sólo cuando conviene y se relativiza cuando estorba. En cómo la memoria puede convertirse en un tribunal sin garantías si quien la dirige no sabe, o no quiere, desprenderse de si mismo.

No afirmo que nada de esto sea así. Afirmo que así lo viví yo. Que así se me reveló el funcionamiento de ciertas decisiones. Que, para mí, la objetividad no es compatible con la pulsión de ajustar cuentas con el presente desde el pasado.

Tal vez me equivoque. Tal vez todo sea limpio, académico, desapasionado. Pero hay cicatrices que enseñan a desconfiar. Y la mía me dice que cuando la justicia y la política se miran demasiado a los ojos, la verdad suele bajar la vista.

Rafael Vera

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