Entonces el bufón empezó a bromear en serio y ahí estaba en su elemento.
DE LA UTOPIA…
El Hombre siempre ha buscado, a través de los tiempos, la sociedad perfecta, ese mundo en que se podía ser y encontrar la felicidad. De tal forma que recordando la última frase del Tomas Moro en su obra Utopía “no negaré la existencia en la república Utópica de muchas cosas que mas deseo que espero ver implantadas en nuestras ciudades”.
Cualquiera que hubiese vivido en los tiempos, y siglos, anteriores al año en que acabó la II Guerra Mundial, y conociese las sociedades europeas que se desarrollaron a partir de entonces las identificaría con la “Arcadia Feliz”, ese lugar utópico y perfecto donde reina la paz, la armonía, la felicidad y la sencillez. Una Arcadia que nunca dejó de tener sus inconvenientes y sus contratiempos, pero que podía considerarse como una especie de “sociedad perfecta”, en la que sus ciudadanos tienen derecho a la sanidad pública, los niños a la educación obligatoria y gratuita, los adolescentes a cursar estudios universitarios, los ancianos a recibir una paga remunerada, los dependientes a la asistencia, los parados a un subsidio… Una sociedad donde el derecho al ocio y la diversión se compagina con un trabajo limitado a un máximo de cuarenta horas semanales, y donde los ciudadanos gozan de beneficios y placeres materiales que ningún ser humano alcanzó en cualquiera de las etapas anteriores de la Historia de la Humanidad.
Una Utopía, increíble pero cierta, mantenida a través de la construcción de un Estado edificado con las aportaciones de todos sus ciudadanos.
Nunca el ser humano estuvo tan cerca de sus semejantes, ni jamás fue tan fácil el viajar y descubrir los continentes lejanos, hasta entonces solo alcanzables por un puñado de privilegiados.
En esa Utopía todos cabíamos. Hombres y mujeres fueron igualados en derechos, acabando con los viejos servilismos, y la ancestral sumisión de la mujer al varón. Las personas de otro color, o religión, encontraron su espacio de convivencia sin que nadie cuestionase como cada cual quería rezar a Dios, o no hacerlo, y donde, incluso, los animales domésticos encontraron sus derechos.
Las ciudades se llenaron de luces, los cielos de aviones, los mares de barcos, las carreteras de coches, las vías de trenes, los hogares de bienestar y esparcimiento.
Todo parecía feliz, o al menos, un mundo de aparente felicidad. Todos los seres de la tierra querían ser europeos o americanos, poseer un trabajo digno y unos derechos políticos, económicos y sociales.
La democracia se había convertido en el sistema político perfecto, donde la separación de poderes diseñado por Montesquieu, hacía que el parlamento fuese un espacio para contrastar ideas y evidenciar las imperfecciones del sistema que había que corregir, que los Gobiernos ejecutasen las leyes que aquellos elaboraban, y los tribunales de justicia hacían posible su cumplimiento, corrigiendo al infractor.
Las ideas fluían en libertad y se entrelazaban unas con otras, propiciando el diálogo y el entendimiento entre las gentes, algo que repercutía en el constante crecimiento del bienestar económico y social, y el perfeccionamiento del conjunto de la sociedad. Las redes sociales y las nuevas tecnologías penetraban con fuerza en la nueva sociedad, incrementando la capacidad de conocimiento y comunicación de hombres y mujeres.
La cultura crecía y se expandía. Teatros, cines, campos de deporte, bibliotecas que contenían buena parte de la sabiduría humana, se llenaban de gentes. Las calles, repletas de ciudadanos, gozando de un indefinible bienestar disfrutaban en bares y restaurantes, viajaban para conocer nuevas tierras y nuevas gentes. El comercio fluía incesante entre todos los países del planeta y el consumo era arrollador con grandes tiendas y enormes centros comerciales…
La armonía y la cohesión social reinaba en todos los países del mundo occidental. La ciudadanía de esos países, llamados “civilizados”, vivía en Utopía sin haberse dado cuenta de ello…, cuando, ¡de pronto¡, todo empezó a transformarse en distopía…
Fernando Mora Rodríguez. Politólogo.
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