La aparición de responsables políticos, miembros de la realeza británica y magnates de las grandes empresas en los papeles del financiero pederasta Epstein, genera cada día historias degradantes que muestran comportamientos indebidos, por los cuales este fue condenado y encarcelado. Murió en la prisión, aparentemente por haberse suicidado.
En algunos casos se trata de la comisión de delitos evidentes, por estar implicadas jóvenes menores de edad, en otros aun con pruebas insuficientes, comportamientos o participación en actividades lúdicas consideradas moralmente reprobables. Los últimos coletazos de los papeles de Epstein, por cierto, muy abundantes, han generado la detención del hermano del rey Carlos de Inglaterra e incomodidad para la imagen pública del filántropo dueño de Microsoft, Bill Gates, que ha debido renunciar a algunas intervenciones públicas, entre ellas su participación en la cumbre sobre inteligencia artificial, en la India.
Precisamente, el asunto de la inteligencia artificial y, en general, el avance espectacular y sin freno de las innovaciones tecnológicas genera una doble posición entre los ciudadanos. De una parte, quienes, al reflexionar sobre las innovaciones continuas y radicales, hasta el punto de ser sorprendentes, nos transmiten su pesar e incluso miedo a la sociedad futura, por la desaparición de empleos, la transformación de la educación o la modificación de los hábitos, en los que los aparatos electrónicos están absolutamente presentes. Por su repercusión en la vida cotidiana, sectores numerosos de la ciudadanía piensan negativamente sobre lo que acontecerá en los próximos años, en todo caso muy mediatizados por esta tecnología. Para algunos autores los análisis de las principales plataformas, en especial X, demuestran que los algoritmos de las redes sociales “moldean de manera significativa las actitudes políticas”.
Recientemente, científicos de Italia, Suiza y Francia destacaron que para numerosas personas las redes sociales se han convertido en la principal fuente de información y ello ha generado preocupación por la desinformación, la polarización y la influencia de los algoritmos, que filtran, seleccionan y ordenan el contenido en muros personalizados para fidelizar a los clientes (Nature. Los efectos políticos del algoritmo en X).
Otro sector de los ciudadanos piensa que los adelantos tecnológicos generarán nuevos avances que harán la vida más fácil, el trabajo menos duro y la sociedad más vivible y cómoda. Son los optimistas de la ciudadanía, que anclan sus deseos en el análisis de la historia, donde las sucesivas revoluciones industriales que se han sucedido han terminado por mejorar la calidad de vida de la mayoría de los habitantes del planeta.
Es probable que esta segunda posición sea la más acertada, pero ello no debe generar desidia y olvido de la atención que los países deben prestar a las plataformas, redes e innovaciones tecnológicas, incluyendo la incisión que sobre la naturaleza ejercen las factorías industriales necesarias para el mantenimiento de las bases de datos, que necesitan agua en cantidades inmensas.
De nuevo, las posiciones de los estados difieren y mientras que en Europa, con matices, la Unión parece deslizarse hacia posiciones intervencionistas, en Estados Unidos y otros países, la norma parece ser la libertad absoluta en cuanto al contenido de los datos y su influencia sobre la ciudadanía.
No obstante, el impacto del mundo tecnológico sobre las actividades de cada ciudadano resulta omnipresente y evidente. En consecuencia, la vigilancia de los poderes públicos es una necesidad, entre otras razones, por su influencia en la comisión de delitos, la difusión de bulos o la generación de adhesiones políticas en detrimento de análisis de preferencias más objetivos.
Estas dos formas de enfocar la realidad, absolutamente mediatizada por la tecnología, generan comportamientos políticos que trascienden a las ideológicas clásicas del siglo XX, rompiendo las tradicionales diferencias entre izquierda y derecha y fomenta la aparición de movimientos ultraconservadores en numerosos países, con el beneplácito de la actual administración norteamericana.
Precisamente, la cercanía cada vez mayor de las elecciones de medio término en Estados Unidos y las encuestas realizadas parecen generar cambios que impedirán o al menos frenarán actuaciones disruptivas con tendencia a su extensión fuera de las fronteras estadounidenses. En el caso europeo, la tensión parece cada vez más evidente y se extiende no solo a la posibilidad de control del ámbito relacionado con la tecnología, sino también al de la defensa, donde las voces autorizadas cada vez más claman por una defensa independiente, aunque aliada con Estados Unidos.
La Unión Europea, en especial Francia y España, buscan aliados en China y la India. El mundo va deslizándose hacia Oriente, que ha conquistado los mercados y que ahora parece tener una actitud muy diligente en el capítulo de la inteligencia artificial.
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