miércoles 22 julio, 2026

Con la cacería del adversario, el precipicio está servido

Ricardo Peña

El asesinato del activista de extrema derecha estadounidense Charlie Kirk a manos de un descerebrado de 22 años ha desatado, en Estados Unidos y en Europa, todos los demonios que llevan dentro los enemigos de la democracia. Lo están utilizando descaradamente para acentuar la cacería de los adversarios políticos y para crear un peligroso clima guerracivilista. Es difícil restaurar la calma cuando desde las propias instituciones se alienta la idea de que esos adversarios son el enemigo a batir.

Desde el primer momento, sin todavía haber identificado al autor, el presidente Trump estaba culpando a la “izquierda radical” —etiqueta en la que cabe el partido demócrata, los medios no afines, los profesores de universidad y todos aquellos que no se alineen incondicionalmente con sus postulados— y llamando a “darles una paliza”. Su antiguo “amigo”, Elon Musk, abundó en la misma idea al declarar que “la izquierda es el partido del asesinato” y el ideólogo del movimiento MAGA, Steve Bannon, lo remató con un “estamos en guerra”.

Luego, ha resultado que el asesino confeso es una persona solitaria, criada en un ambiente republicano en el conservador estado de Utah y sin adscripción política conocida. Un enamorado de las armas como muchos otros jóvenes descerebrados norteamericanos que pretenden hacer “justicia” eliminado a quien les ha causado algún perjuicio o al que simplemente —como en este caso— piensa diferente.

La guerra —que esta sí es real— que ha emprendido Trump contra la democracia norteamericana, y que pretende extender a otras democracias del mundo, debería alertarnos a todos porque sus métodos se parecen mucho a los del Mussolini de los años veinte y a los del Hitler de 1933. Primero se busca un chivo expiatorio al que se presenta como un peligro para la nación. Se le deshumaniza, se le persigue con saña y se alienta a la población a rechazarle. En el caso de Hitler fueron los judíos y, en el de Trump, hoy son los inmigrantes. Luego, se va metiendo en el saco de los enemigos a todos los demás. Los comunistas, socialistas, negros y homosexuales fueron los siguientes en el caso alemán. En Estados unidos, hoy son los miembros del partido demócrata, los intelectuales, los profesores y los periodistas críticos. Los judíos fueron despedidos de sus empresas y les quemaron sus comercios y los influencers que han justificado el asesinato de Kirk también hoy son despedidos y se les queman los suyos.

La democracia no puede sobrevivir a este clima porque, por definición, esta exige reconocer a quien piensa distinto como un adversario legítimo. Si una parte del espectro político se considera la única legítima y presenta al resto de las opciones como peligros existenciales para la nación, la convivencia deja de ser posible y termina por imponerse la violencia. Ya no se aspira a derrotar al adversario en las urnas, sino a eliminarle, política o incluso físicamente. Si la otra parte reaccionase del mismo modo, el precipicio estaría servido. Ese es el camino emprendido por Trump y el que sus aprendices de brujo a este lado del Atlántico aplauden con entusiasmo.

¿Cómo es posible defender un sistema político que se basa en la discrepancia legítima cuando una parte impone el relato de que esa discrepancia es una traición a la patria? Eso es exactamente lo que hizo el nazismo, imponer la idea de que los judíos, los marxistas y los homosexuales eran enemigos acérrimos del pueblo alemán y que, por lo tanto, debían ser neutralizados —es decir, encarcelados— o directamente eliminados.

Conviene tener muy presentes estos precedentes para advertir el peligro que supone adentrarse en este tipo de discursos descalificadores del adversario. Por desgracia, es lo que llevamos escuchando en España por parte de la derecha y la ultraderecha desde 2018, fecha en la que un presidente de izquierdas desalojó al anterior gobierno conservador mediante una moción de censura: gobierno ilegítimo, traidor, secuestrador de la democracia, aliado de los que quieren romper la patria, que pacta con terroristas, que nunca debió haber existido y que, por tanto, hay que enterrar en una fosa, etc.

No son simples calificativos retóricos propios del debate político. Forman un relato que presenta a un adversario legítimo como un usurpador ilegítimo de las instituciones y como un enemigo de la patria. Por lo tanto, no hace falta vencerle con argumentos, sino neutralizarle y “enterrarle”.

El execrable asesinato de Kirk también ha dado pie en estos pagos a que la derecha y la ultraderecha  españolas lo utilicen para demonizar a las izquierdas, acusándolas de alegrarse por ello y apuntándose, por lo tanto, al discurso trumpista.

En España hay muchos problemas políticos interesantes que debatir. En lugar de este cansino relato de traidores y patriotas, tal vez nos gustaría escuchar qué piensan nuestras derechas acerca de subir o bajar los impuestos, o de cómo combatir el calentamiento del planeta y prepararnos para los fenómenos climáticos extremos o de cómo resolver la escasez de vivienda. Eso sería política. La cacería que estamos presenciando es puro fascismo.

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