
La vida me ha puesto en la tesitura de tener que participar en cientos de procesos de selección de los mas diversos perfiles y eso me ha permitido desarrollar una experiencia que quisiera compartir con vosotros.
Porque cuando buscas empleo tiendes a pensar que no hay peor cosa que no te den un empleo para el que vales…
… pero te aseguro que si la hay, que te den uno para el que no vales (o no te gusta).
Si estás buscando trabajo, es muy probable que hayas hecho lo que hoy hace casi todo el mundo: preparar respuestas.
Has pensado qué decir cuando te pregunten “háblame de ti”, cómo explicar tus puntos fuertes, cómo suavizar tus debilidades, cómo responder a “por qué quieres trabajar aquí” sin sonar artificial. Has leído consejos, visto vídeos, tomado notas. Quizá incluso has practicado frente al espejo o grabándote con el móvil.
Y eso está bien. Prepararse no es fingir. Prepararse es tomarse en serio una oportunidad.
Pero hay una verdad que conviene recordar, sobre todo cuando uno empieza su carrera profesional o quiere mejorar el trabajo que ya tiene: una entrevista no busca solo comprobar si sabes responder preguntas previsibles; también intenta descubrir cómo reaccionas ante lo inesperado.
Y eso cambia mucho las cosas.
La entrevista no es para adivinar el futuro, sino para mostrar quién eres cuando no lo controlas todo
Porque cuando buscamos empleo solemos pensar que la clave está en dar la respuesta perfecta. La más correcta. La más profesional. La más pulida. Creemos que el éxito consiste en anticipar cada pregunta y llegar con el discurso cerrado. Pero el mundo laboral real no funciona así. Los trabajos no son una sucesión ordenada de preguntas que ya conocías. Son personas, cambios, problemas a medio definir, instrucciones incompletas, prioridades que se mueven y situaciones para las que nadie te había preparado del todo.
Por eso, en una entrevista, no solo importa lo que dices. Importa cómo piensas, cómo te adaptas, cómo reaccionas cuando no tienes un guion listo.
Y esto es especialmente importante para los jóvenes.
Porque cuando alguien busca su primer empleo, o intenta salir de un trabajo que ya no le permite crecer, suele sentir que compite en desventaja. “No tengo suficiente experiencia.” “No he hecho todavía nada extraordinario.” “Seguro que otros tienen un currículum mejor.” Y a veces es verdad: habrá personas con más años, más cargos, más logros visibles. Pero una entrevista no la hace mejor quien acumula más pasado. A menudo encaja quien demuestra mejor su forma de estar en el presente.
Tu valor no está solo en lo que ya hiciste. También está en cómo aprendes, cómo observas, cómo preguntas, cómo conectas ideas, cómo manejas la incertidumbre.
¿Cuántas pelotas de tenis caben en un ascensor?, ¿Cuántos neumáticos se reparan anualmente en España?
Eso explica por qué algunos entrevistadores hacen preguntas raras o inesperadas. No porque quieran pillarte ni humillarte. No porque busquen una genialidad improvisada. Sino porque, a veces, una pregunta extraña rompe el discurso memorizado y deja ver algo más real: tu curiosidad, tu calma, tu capacidad de razonamiento, tu sentido práctico, incluso tu humor.
Cuando alguien te hace una pregunta que no esperabas, quizá no esté evaluando la exactitud de la respuesta. Quizá esté mirando otra cosa: si te bloqueas o piensas, si inventas o aclaras, si te pones a la defensiva o intentas entender mejor la situación.
Eso también es empleabilidad.
De hecho, en un mercado laboral cada vez más competitivo y, al mismo tiempo, más cambiante, hay una paradoja interesante: las entrevistas se han vuelto cada vez más predecibles, pero los trabajos siguen siendo profundamente imprevisibles.
Sabemos casi de memoria las preguntas que suelen aparecer. Sabemos qué respuestas “funcionan”. Sabemos qué fórmulas quedan bien. Y, sin embargo, ninguna empresa contrata a alguien solo para repetir respuestas correctas. Contrata a alguien para convivir con problemas que aún no existen. Para trabajar con personas distintas. Para responder a contextos nuevos. Para desempeñarse en situaciones diversas que nadie es capaz de prever por completo.
Ese punto es importante: nadie puede anticipar del todo el trabajo que viene.
Ni el candidato ni la empresa.
No sabemos qué herramientas cambiarán dentro de un año, qué tareas nuevas aparecerán, qué crisis surgirán, qué oportunidades inesperadas habrá, qué responsabilidades acabarán siendo más importantes que las que hoy figuran en la descripción del puesto. Y si no podemos preverlo todo, entonces la entrevista no debería medirse solo por la perfección de una respuesta, sino por la calidad de una actitud.
Para quien busca empleo, esto puede ser liberador.
Porque significa que no tienes que llegar siendo una versión impecable de ti mismo. Tienes que llegar siendo una versión consciente, preparada y dispuesta a pensar.
Sí, prepara las preguntas de siempre. Hazlo bien. Ten claro quién eres, qué has hecho, qué te interesa, qué aprendiste de tus errores, qué buscas ahora. Pero no te obsesiones con sonar perfecto. Intenta sonar verdadero. Intenta mostrar criterio. Intenta transmitir que, aunque no tengas todas las respuestas, sabes cómo acercarte a los problemas.
Eso es lo que muchas organizaciones necesitan más de lo que admiten.
No solo gente que sepa hacer tareas, sino personas que sepan situarse ante lo nuevo.
No solo candidatos con experiencia, sino personas con capacidad de crecimiento.
No solo perfiles que encajan hoy, sino profesionales que puedan seguir encajando cuando cambie el contexto.
Y para un joven que quiere entrar al mercado laboral, o para alguien que quiere aspirar a algo mejor, esa idea es poderosa. Porque desplaza el foco desde la carencia hacia el potencial. Desde “todo lo que todavía me falta” hacia “la forma en que puedo aprender, aportar y adaptarme”.
En una entrevista, a veces una pausa vale más que una frase brillante.
A veces una buena repregunta dice más que una respuesta decorada.
A veces reconocer que necesitas pensar unos segundos transmite más madurez que lanzarte a hablar por miedo al silencio.
Eso no te hace menos competente. Te hace más humano. Y, muchas veces, más creíble.
Buscar empleo no consiste en representar el papel del candidato ideal. Consiste en aprender a mostrar, con claridad y con honestidad, cómo podrías contribuir tú. Qué te mueve. Qué sabes hacer ya. Qué estás dispuesto a aprender. Cómo reaccionas cuando algo no sale como esperabas.
Porque ahí, entre lo previsto y lo imprevisto, es donde realmente empieza una carrera profesional.
No en la respuesta perfecta, sino en la capacidad de sostener una conversación, pensar con otros y seguir adelante cuando no lo controlas todo.
Tal vez esa sea la mejor manera de prepararte para una entrevista: no intentando adivinar cada pregunta, sino trabajando en convertirte en alguien capaz de responder con criterio, incluso cuando la vida laboral —como casi siempre ocurre— cambie el guion.
Y una reflexión mas, el tiempo es algo opinable, no tiene las mismas horas para el candidato que para la empresa que busca. Por experiencia.
Suerte y determinación.

#VaDePersonas


