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sábado 10 octubre, 2026

¿Quién escribe hoy la historia de la democracia?

Álvaro Frutos Rosado

Parcas, Óleo de Carmen Cañadas

La democracia, entre Washington y São Paulo

La palabra democracia se pronuncia en todos los foros, pero cada vez con menos cuidado. En los últimos días, las declaraciones que han seguido al asesinato de Kirk en Estados Unidos han mostrado hasta qué punto los propios guardianes del templo han confundido los cimientos con la fachada. Donald Trump habló de “golpear a los radicales”, un lenguaje que revela más pulsión de ajuste de cuentas que voluntad de preservar el marco común, que es lo que le correspondería hacer a un presidente de la república.

 ¿Puede la historia de la democracia seguir reclamándose desde Washington, donde parecía que estaba la capital de la democracia idílica, cuando sus dos grandes partidos, republicano y demócrata, han perdido la institucionalidad que los sostenía? Sin dudas unos más que los otros. Norberto Bobbio advertía que la democracia no es una ideología absoluta, sino un conjunto de reglas del juego compartidas: procedimientos para resolver pacíficamente los conflictos, límites al poder, respeto al adversario como adversario y no como enemigo. El futuro de la democracia (1984).

Cuando Trump o la ultraderecha norteamericana llaman a golpear al otro, cuando convierten la política en una guerra cultural sin árbitros ni reglas, no estamos ante una disputa legítima sino ante la erosión del mínimo democrático. Sin reglas no hay democracia, solo poder sin control.

La sentencia a Jair Bolsonaro en Brasil por su intento de torpedear el sistema electoral ( dar “un golpe de Estado” en lenguaje convencional) ilustra el mismo fenómeno desde el Sur. Una parte significativa de la sociedad, alimentada por la retórica del líder, se resiste a aceptar que la democracia implica perder de vez en cuando. A muchos se les ha olvido, de izquierda y derecha, que la alternancia es el corazón del sistema; quienes pretenden un régimen donde solo gana el suyo, ya no creen en la democracia sino en su caricatura.

Europa no queda indemne. En Francia, la política se está hundiendo en la semántica de trincheras y en espera de que la presión en la calle resuelva los conflictos de la política. En otro prisma, en el cual España está plenamente en el foco, la disputa sobre si en Gaza hay un genocidio o no sigue bailando en el terreno terminológico que en el de la realidad: como si nombrar fuese más importante que impedir los asesinatos diarios. Y sin embargo, son asesinatos, muertes deliberadas de civiles, destrucción planificada. La democracia pierde fuerza cuando se convierte en un diccionario de litigios en lugar de una práctica para salvaguardar vidas y garantizar el bienestar y dignidad de las personas (todas).

Como todos los que se dicen ser demócratas deberían saber: la democracia es ante todo un régimen de límites y de derechos. La batalla por el relato, cuando sustituye a la protección efectiva de los más débiles, es una perversión del concepto.

Todo esto nos devuelve a la pregunta inicial: ¿entienden lo mismo por democracia Trump, Bolsonaro, Macron o incluso los restantes líderes europeos que se escudan en el lenguaje para esquivar responsabilidades? A la vista de los hechos, no. La democracia parece reducirse a una coartada retórica para justificar lo que conviene.

La crisis es global, y sus efectos se empiezan a sentir en España. Según el último barómetro del CIS (septiembre 2025), Vox crece hasta el 17,3% de intención de voto, mientras PP y PSOE caen en confianza y credibilidad. No es casual: cuando la política se convierte en espectáculo de palabras huecas, los extremos que “prometen claridad” y ofrecen simplicidad encuentran terreno fértil.

La democracia es débil por definición, porque se funda en la renuncia a la fuerza bruta. Y mucho más joven de lo que creemos. Esa debilidad solo se compensa con instituciones fuertes y partidos conscientes de que su papel no es alimentar trincheras, sino sostener el edificio. El problema de 2025 es que demasiados dirigentes confunden la democracia con su propio eco. Y el eco, tarde o temprano, se rompe.

España: Resignación ante la Democracia de trincheras.

¿ Han olvidado los partidos su misión?

Si en el plano internacional el problema es la confusión de los guardianes, en España lo que observamos es directamente la banalización del concepto de democracia. La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, reduce el drama palestino a una consigna, mientras el alcalde de la capital se permite declaraciones frívolas sobre un conflicto que desgarra miles de vidas. Tellado habla de las fosas del franquismo con un desdén que insulta la memoria democrática. Pedro Sánchez responde acusando a los jueces de hacer política, como si la solución fuese la deslegitimación general del poder judicial. Y mientras tanto, un ministro como Óscar Puente prefiere la dialéctica provocadora, poniéndose aunque él no lo crea, en redes antes que ocuparse de las autovías deterioradas o de que los trenes lleguen a su hora.

No se trata de un problema de formas, sino de fondo. Estamos en una democracia de trincheras (Lluis Orriols 2022), donde cada palabra es usada como proyectil. Téngalo claro: la democracia no existe sin adversarios que se reconozcan como tales. No vale que sólo lo digan. Cuando el adversario es convertido en enemigo, la política degenera en guerra civil incruenta.

Borja Sémper, tras el asesinato de Kirk en Estados Unidos, ha publicado en redes una reflexión solemne sobre la necesidad de respetar al adversario. La paradoja es que esa llamada convive con un ambiente en el que su propio partido, el PP, alimenta la descalificación constante del Gobierno. Lo mismo sucede en el otro lado: la retórica oficialista, en vez de abrir espacios de reconciliación, convierte a la oposición en amenaza existencial.

Los datos del último CIS, a espera a conocer sus tripas, son elocuentes. El PSOE es, al parecer, primera fuerza con un 32,7% de intención de voto, pero su líder apenas alcanza un 4,23 de valoración sobre 10. El PP se hunde en confianza (solo un 17,4% expresa mucha o bastante), mientras Vox escala hasta el 17,3% y ya capta al 12,9% de los españoles que se identifican ideológicamente con él. La conclusión es clara: los dos grandes partidos están fallando en transmitir y evidenciar una idea positiva y actualizada de lo que significa democracia en 2025. Todo lo demás son palabras y cruces de reproches, aunque muchos no quieran verlo.

Vox crece no porque su proyecto sea sólido, sino porque sus rivales se empeñan en erosionar las bases democráticas en lugar de fortalecerlas. La derecha democrática no ofrece un relato alternativo a la radicalización, y la izquierda socialdemócrata se ha replegado a un discurso defensivo, más preocupado por controlar el relato que por garantizar la calidad institucional.

La democracia, nuevamente en palabras de Bobbio, solo puede sostenerse en un “pacto de reglas compartidas”. Hoy asistimos al deterioro de ese pacto. El ego de los dirigentes les hace olvidar que la palabra política es, en sí misma, un arma: la pistola de los políticos, como la definía Heinrich Heine cuando decía que “la espada ha sido siempre el último argumento de los reyes, la palabra debería serlo de los pueblos”.

No estamos ante una crisis retórica sino ante un riesgo real: la erosión progresiva de la democracia como régimen de convivencia. Si el espacio público se llena de insultos, provocaciones y batallas por el relato, lo que se abre no es un debate democrático sino un hueco para la violencia política. Y ese hueco, por ahora, divierte y entretiene a asesores de campaña, pero amenaza con tragarse el pacto democrático.

Los partidos no son (no deberían serlo) un mero decorado: son instituciones diseñadas para garantizar y hacer posible la democracia. Cuando se convierten en agencias de marketing y colocación, olvidan su misión y pasan de ser barreras contra el extremismo a cultivadores de é.. Vox crece porque PSOE y PP han olvidado que su papel no es ser trending topic, sino sostener, profundizar y solidificar el sistema democrático.

La democracia del 2025 no puede ser solo un relato: debe ser una práctica que garantice derechos, reconozca adversarios y establezca límites. Si los partidos no lo entienden, los ciudadanos lo harán por ellos. Y quizá entonces ya sea demasiado tarde.

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