Comienzo del curso en la escuela y la política
Cada septiembre suenan dos campanas. Una despierta a los niños, convoca a los maestros, abre patios y aulas, llena mochilas de cuadernos en blanco. La otra retumba en los parlamentos, reactiva tertulias, desentierra discursos de confrontación y estridencia. Dos comienzos de curso que parecen discurrir en paralelo, pero que en realidad se cruzan: porque lo que se grita en el hemiciclo, lo que se pontifica en el plató, lo que se vomita en redes, termina llegando al oído del adolescente que aún aprende a usar su voz. Y allí, en el patio del colegio, el eco del insulto se convierte en lenguaje cotidiano.
La comparación es inevitable. En la escuela se pide a los niños que respeten a sus compañeros, que escuchen antes de hablar, que no insulten ni mientan. En la política y en los medios, los modelos adultos que deberían dar ejemplo convierten esas normas en caricatura: el insulto sustituye al argumento, la mentira se blanquea como estrategia, la descalificación se confunde con brillantez dialéctica. Y los jóvenes, que observan más de lo que aparentan, se preguntan en silencio: ¿por qué se me exige lo que mis mayores desprecian?
La fuerza invisible del ambiente. La educación no ocurre solo en el aula. Lo advirtieron los pedagogos clásicos, Piaget y Vygotsky: el niño aprende tanto en la interacción con los otros como en el contacto con el conocimiento formal. Albert Bandura, en su Teoría del aprendizaje social, lo demostró experimentalmente: imitamos las conductas que observamos en quienes consideramos referentes. El pedagogo Paulo Freir, el pedagogo brasileño conocido por su Pedagogía del oprimido (1969), lo expresó de forma ética: “enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su producción o construcción”. Y esas posibilidades dependen del aire que se respira, del clima cultural, del ejemplo social.
Hoy, ese clima es irrespirable. Un adolescente puede escuchar a su maestro explicar la importancia de la empatía en una clase de tutoría y, al volver a casa, encontrarse con una tertulia televisiva donde se aplaude al político que humilla, al contrario. Puede aprender en ética que la convivencia requiere diálogo y, al abrir TikTok, recibir decenas de vídeos en los que triunfa el sarcasmo agresivo, el meme cruel, la burla fácil. Puede ser corregido por insultar a un compañero en clase, y escuchar a la vez cómo en el Congreso se repiten palabras mucho más hirientes.
El entorno se convierte en escuela paralela, pero sin pedagogía: educa sin quererlo y, peor aún, deseduca con eficacia.
La hipocresía que los niños descubren. Los adultos pedimos a los más jóvenes coherencia que nosotros mismos no practicamos. Les decimos: “no insultes, no mientas, respeta al diferente, comparte, escucha, obedece a tus padres, sé honesto, sé responsable”. Pero en su entorno inmediato —las redes, la televisión, la política— encuentran la justificación constante del incumplimiento. El mensaje es devastador: lo que se predica es irrelevante; lo que se practica, aunque sea contrario, es lo que vale.
Esa hipocresía no se queda en lo abstracto. El adolescente aprende rápido: si la mentira funciona, ¿por qué decir la verdad? Si el insulto genera aplausos, ¿por qué esforzarse en argumentar? Si la agresividad se premia con fama y visibilidad, ¿por qué cultivar la cordialidad?
La filósofa María Zambrano escribió: “La infancia es el tiempo de la verdad, de la revelación del mundo”. Pero ese tiempo se está contaminando. En lugar de abrirse al descubrimiento, los niños reciben una lección de cinismo temprano: nada importa más que el reconocimiento social (likes)
Política y tertulias: pedagogía del ruido. El inicio del curso político ha vuelto a instalarse en la crispación. Da igual el tema: desde el hemiciclo a los platós, lo que triunfa es la descalificación, el gesto altivo, la ocurrencia rápida. La endogamia mediática se ha convertido en un simulacro de debate: personajes que opinan de todo sin saber de nada, tertulianos que pontifican desde su ignorancia, periodistas que confunden espectáculo con información.
Se nos dice que es “el juego democrático”, pero el juego se ha convertido en pedagogía del ruido. Los adolescentes lo ven. Y reproducen lo que ven: la broma cruel en el grupo de WhatsApp, el apodo hiriente en clase, el desprecio al profesor cuando no responde a su expectativa.
Los estudios recientes de UNICEF y Save the Children sobre percepciones de la infancia muestran un patrón preocupante: los menores perciben la violencia verbal como parte de la normalidad cotidiana. No la consideran excepción, sino paisaje. Y esa naturalización es la antesala de formas de violencia mayores.
Padres: no basta con criar, hay que educar. Los padres, a menudo, reducen su papel a la logística: comida sana, actividades extraescolares, pantallas reguladas, notas que no bajen demasiado. Pero criar no es coleccionar certificados de salud ni planillas de deberes cumplidos. Criar es educar con coherencia y respeto, es transmitir con la práctica lo que se exige con la palabra.
No se trata de tener hijos famosos, ricos o influencers: se trata de que sean felices, íntegros, capaces de convivir. No se trata de seguir al pie de la letra las nuevas pautas alimentarias, sino de enseñar con el ejemplo a no agredir, a escuchar, a respetar. Los niños no se crían en manuales: se forman en atmósferas.
Y la atmósfera actual es tóxica. Si los padres no toman conciencia de que sus comentarios, sus burlas, su manera de tratar al vecino o de referirse a un político educan tanto como el colegio, seguirán delegando en maestros una responsabilidad que jamás podrán cumplir solos.
Los maestros: tablas de salvación. En este panorama, los maestros son casi héroes discretos. Enfrentados a aulas donde conviven el insulto importado de TikTok, la desconfianza alimentada en casa y la agresividad de las redes, tienen que sostener el frágil hilo de la educación. No solo transmiten conocimientos; protegen la posibilidad de un futuro distinto.
Cada vez que paran un insulto en clase, cada vez que explican la importancia de disculparse, cada vez que hacen ver a un niño que su palabra hiere o construye, los docentes están sembrando contra el vendaval. Y lo hacen muchas veces sin reconocimiento, no suficientemente pagados, sin respaldo institucional, incluso enfrentados a familias que los cuestionan.
Si hay una esperanza de que los jóvenes no reproduzcan el ruido y la violencia verbal que nos rodea, está en esa labor invisible de los maestros. Son la tabla de salvación de un futuro que amenaza con hundirse en la banalidad del insulto.
Elegir qué curso queremos
La pregunta hacernos es: ¿qué curso queremos que sigan nuestros hijos? ¿El de la escuela que enseña a escuchar y convivir, o el de la política emponzoñada en la bronca que premia al más ruidoso?
El eco que se imponga en la vida de nuestros jóvenes no depende solo de los maestros. Depende de padres, de políticos, de periodistas, de tertulianos, de todos. Educar no es pedir a los niños lo que no estamos dispuestos a practicar. Educar es, sobre todo, vivir de modo que lo que decimos y lo que hacemos coincidan.
Si no lo entendemos, seguiremos exigiendo respeto a quienes han aprendido, con razón, que respetar es lo que menos se estila entre los adultos.



