Yemen es un país complejo, cuya comprensión exige observar la interacción entre geografía, historia y sociedad. Sus desiertos, puertos y pueblos son testimonio de un legado milenario, pero también escenario de un presente desgarrado, donde las dinámicas locales se entrelazan con las disputas globales.
Yemen encarna la condición de los desheredados de la geopolítica: un país situado en un enclave estratégico entre el mar Rojo, el golfo de Adén y la península Arábiga, pero privado de soberanía real sobre su destino. Su población, atrapada en una de las mayores crisis humanitarias del planeta, sufre el fuego cruzado entre potencias regionales, actores externos y facciones rivales.
Recuerdos de un viaje
En agosto de 1993 recorrí Yemen, un país que parecía detenido en el tiempo. Desde su capital, Saná, con sus torres de adobe y ventanas de alabastro, emprendimos el camino hacia el sur, atravesando un desierto largo y severo que parecía no tener fin. El sol caía vertical sobre la arena y el horizonte se disolvía en espejismos. Aquel vacío, inmenso y hostil, daba la sensación de cruzar no solo un territorio, sino un tiempo arcaico que se resistía a desaparecer.
Llegamos a Ma’rib, donde entre ruinas y polvo aún resonaba el eco del antiguo Reino de Saba. El viaje se volvía una sucesión de contrastes entre lo eterno y lo efímero. En Baraqish, la antigua Yathil, las murallas susurraban historias de caravanas, cuando el sur de Arabia había sido un centro de poder y de comercio.

Restos del Reino de Saba
En Shibam y Tarim, los rascacielos de barro se erguían como un bosque mineral, testimonio de un arte arquitectónico único que desafiaba al tiempo, mientras en los wadis cercanos la vida campesina luchaba contra la sequía y el abandono. El trayecto hacia Mukala y la costa del Hadramaut abría la dimensión del mar como frontera y promesa. En Mokha, aún se respiraba la memoria del café que había cruzado océanos, llevando consigo el nombre de Yemen.
Más al norte, en Saada, se percibía el peso de un territorio tribal: orgulloso, armado, indómito, tan visible como las montañas que custodiaban sus valles. En Taiz e Ibb, ciudades de mercaderes y conocimiento, se intuía un dinamismo social y cultural que años después quedaría atrapado por guerras y divisiones. En Jiblah, la tumba de la reina Arwa descansa entre montañas y silencios. Allí late aún la memoria de una soberana del siglo XI, cuya sabiduría y poder dejaron huella, testimonio de un Yemen de pasado diverso y sofisticado.
Los pueblos fortificados de Al Hajjarah, Thula, Manakha, Kawkaban y Hababa, suspendidos sobre las montañas, parecían vigilar no solo el territorio, sino también el pulso de una historia marcada por invasiones, resistencias y equilibrios frágiles.

Finalmente, apareció Adén, puerto mítico y estratégico, con su bahía volcánica, donde habían recalado comerciantes árabes, navegantes portugueses y colonos británicos. Llegar a Adén era entrar en otra dimensión del Yemen: cosmopolita, marítima, profundamente ligada al mundo exterior.
Caminar por Yemen fue más que un viaje: fue entrar en un mosaico vivo de culturas tribales, memorias islámicas, rutas comerciales y geografías extremas que hoy explican, en parte, la persistencia de un país en guerra y la dificultad de cualquier actor de imponer un orden estable. Yemen era y sigue siendo un cruce de mundos: de Arabia y África, del Mar Rojo y el Océano Índico, de lo tribal y lo estatal, de lo antiguo y lo moderno.
Situación actual
El conflicto permanece “congelado” en múltiples frentes. Los hutíes (Ansar Allah) controlan Saná y el noroeste; el Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) y sus aliados mantienen el sur y el este, con focos activos en Marib, Hudaydah y Taiz. En el plano regional, los ataques hutíes a la navegación y las represalias aéreas de EE. UU. y aliados alternan entre treguas tácticas y escaladas repentinas. La tregua marítima de mayo de 2025 redujo temporalmente los ataques, pero la dinámica sigue volátil. Actualmente, Yemen tiene alrededor de 42 millones de habitantes, de los que casi 20 millones de personas requieren asistencia humanitaria urgente.
Historia y fracturas
Del Reino de Saba a la colonización otomana y británica, Yemen fue siempre frontera de imperios. En época contemporánea, el país se dividió en dos Estados (Norte y Sur), unificados en 1990 de forma frágil. Las guerras de 1994, las revueltas de 2011 y la guerra abierta iniciada en 2015 tras la intervención saudí consolidaron la fragmentación actual.
Dimensión geopolítica

El estrecho de Bab el-Mandeb convierte a Yemen en bisagra entre el Mediterráneo y el Índico. Arabia Saudí busca blindar su frontera; Emiratos Árabes Unidos apuesta por controlar la costa e islas; Irán apoya a los hutíes como herramienta de presión regional. Las negociaciones de paz han sido parciales y frágiles, vulnerables a los shocks externos como la guerra en Gaza.
Sociedad, pobreza y economía

Más del 60 % de la población carece de acceso suficiente a alimentos. La depreciación del rial en las zonas gubernamentales encarece los precios, mientras que en áreas hutíes la escasez de combustible y el bloqueo de puertos elevan aún más los costos. La corrupción y la mala gestión agravan la crisis: apagones prolongados, falta de gas doméstico y hospitales sin recursos han generado protestas masivas, especialmente en Adén.

Las sanciones estadounidenses de 2025, que buscaban estrangular las finanzas hutíes, han terminado golpeando al conjunto de la población: interrumpieron remesas esenciales, complicaron la importación de medicinas y combustible y afectaron a la ayuda humanitaria. Yemen queda así atrapado entre la presión internacional, el control hutí y la fragilidad del gobierno reconocido.
Situación militar y de seguridad
La ofensiva aérea de EE. UU. bajo Trump (Operación Rough Rider) intensificó la presión sobre los hutíes, con bombardeos en Saná, Saada, Hudaydah y Marib. El grupo respondió con ataques limitados en el mar Rojo y lanzamientos hacia Israel, sin efectos estratégicos.

Los frentes de Marib y Hudaydah siguen activos, con rumores de ofensivas terrestres. Al Qaeda en la Península Arábiga mantiene presencia en Abyan y Shabwa, mientras en Hadramawt crecen tensiones entre tribus y el Consejo de Transición del Sur. Yemen se ha convertido en un mosaico de frentes locales con repercusión regional.
Terrorismo y criminalidad organizada
El prolongado conflicto en Yemen ha generado un entorno ideal para la proliferación de redes criminales y terroristas. La debilidad institucional, la fragmentación territorial y la crisis económica han permitido que el país se convierta en un espacio donde convergen el contrabando, la trata de personas y las actividades de grupos yihadistas.
En el terreno del terrorismo, Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) sigue siendo el actor más relevante. Aunque ha perdido fuerza desde su apogeo en la década pasada, conserva núcleos en áreas rurales de Abyan, Shabwa y Marib, donde aprovecha la geografía montañosa y el vacío de poder para reorganizarse. Sus líderes han sido objetivo de ataques con drones estadounidenses, pero el grupo mantiene capacidad de insurgencia y propaganda, especialmente bajo la figura de Saad bin Atef al-Awlaki, nombrado emir en 2024. AQPA continúa atacando convoyes militares, organizando emboscadas y buscando alianzas locales para sostener su presencia.
El Estado Islámico en Yemen (ISIS-Yemen), en cambio, se ha reducido a un actor residual, con células dispersas en Al-Bayda y ataques esporádicos de baja intensidad. Su principal fuerza es simbólica: la posibilidad de reactivar acciones terroristas si el vacío de poder se profundiza.
En paralelo, la criminalidad organizada se nutre de la guerra y la economía de guerra. Las rutas marítimas del mar Rojo y el golfo de Adén sirven para el contrabando de armas, combustible, qat y bienes de consumo, con beneficios que alimentan a facciones locales y a redes transnacionales. Yemen también se ha convertido en un corredor migratorio y de trata de personas: miles de migrantes del Cuerno de África cruzan hacia Yemen en manos de traficantes, siendo frecuentemente explotados o secuestrados para obtener rescates.
El contrabando de combustible y gas es especialmente lucrativo: desde el puerto de Nishtun (Al-Mahra) y la costa de Bab el-Mandeb parten envíos hacia Somalia y Yibuti, mientras dentro del país se desarrollan mercados negros controlados por facciones armadas, incluidos los hutíes. Este negocio paralelo agrava la crisis energética y encarece el precio del gas doméstico para la población.
Las redes criminales en Yemen mantienen además conexiones regionales. Los hutíes han sido acusados de recibir apoyo financiero de Irán a través de empresas fachada dedicadas al comercio de petróleo, mientras que intermediarios locales canalizan armas hacia milicias en África oriental. Por otro lado, facciones vinculadas al Consejo de Transición del Sur (STC) y a tribus de Hadramawt participan en contrabando de armas ligeras y minerales hacia los mercados del Golfo.
En conjunto, la frontera entre terrorismo y crimen organizado se ha difuminado: los grupos armados se financian con contrabando, mientras las redes criminales operan bajo protección de facciones políticas o tribales. Esto convierte a Yemen no solo en un campo de batalla interno, sino en un hub transnacional de inseguridad, con impacto en el mar Rojo, el Cuerno de África y la península Arábiga.
Cambio climático y migraciones

Yemen es uno de los países más vulnerables del mundo al cambio climático. La combinación de sequías prolongadas y lluvias torrenciales ha reducido drásticamente la productividad agrícola, en un país donde más de la mitad de la población dependía históricamente de la agricultura de subsistencia. La degradación de los suelos, la deforestación y la sobreexplotación de acuíferos han provocado una grave escasez de agua, especialmente en las zonas de Saná, Dhamar y Taiz. Los fenómenos extremos como inundaciones repentinas destruyen aldeas enteras y obligan a miles de familias a desplazarse. Esta vulnerabilidad se agrava por el colapso institucional: no existe una estrategia nacional de adaptación climática y las infraestructuras de gestión del agua están deterioradas o abandonadas.
El cambio climático se cruza además con los patrones de migración. Yemen es al mismo tiempo país emisor, receptor y de tránsito. La guerra y la crisis ambiental expulsan a comunidades rurales hacia ciudades desbordadas como Saná, Adén o Hudaydah. Al mismo tiempo, Yemen sigue siendo ruta de paso de decenas de miles de migrantes procedentes del Cuerno de África, principalmente Etiopía y Somalia, que cruzan el golfo de Adén en condiciones precarias para intentar llegar a Arabia Saudí. Muchos quedan atrapados en redes de trata, campos de detención o en enfrentamientos armados. Los naufragios masivos de 2024 y 2025, con cientos de muertos en las costas yemeníes, ilustran esta doble tragedia: la de quienes huyen del hambre y la sequía en África y la de quienes escapan de la guerra en Yemen.
En este contexto, el cambio climático actúa como multiplicador de amenazas: intensifica la inseguridad alimentaria, obliga a nuevos desplazamientos internos, sobrecarga los servicios básicos y alimenta la migración irregular regional. El riesgo es que Yemen se consolide como un corredor de desesperación, donde confluyen crisis humanitarias interconectadas en un espacio ya marcado por la fragilidad estatal y la violencia.

Yemen es hoy el espejo de las guerras olvidadas. Una nación atravesada por la historia y la geopolítica, pero abandonada a una espiral de sanciones, hambre y violencia. Su futuro dependerá de si logra escapar del lugar que ocupa desde hace décadas: el de un país atrapado entre la resistencia local y la instrumentalización global.
Para transmitir la dimensión humana y la memoria cultural de Yemen y de la región, una opción sugerente es «Llévame contigo» o «Toma lo que soy contigo», de Balqees Fathi, una cantante y actriz emiratí-yemení nacida en Abu Dhabi.
INCENDIOS FORESTALES 2025
Leer para opinar con fundamento
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5.– Incendios forestales y cambio climático
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