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martes 20 enero, 2026

Venezuela o la pedagogía cruel del poder

Apuntes a vuela pluma sobre una transición pactada en un mundo sin árbitro

Hay acontecimientos que no se explican por lo que ocurre, sino por lo que no ocurre. Venezuela vive uno de ellos. La caída de Nicolás Maduro, anunciada con estrépito, retórica maximalista y tono de victoria, no ha venido acompañada —al menos por ahora— de lo que la historia suele reservar para estos momentos: una guerra civil inmediata, un ajuste de cuentas generalizado, una explosión de violencia política. Ese silencio relativo no es paz. Es otra cosa. Y merece ser pensado.

La conferencia de prensa de Donald Trump en Mar-a-Lago, el 3 de enero de 2026, no fue una improvisación ni una mera escenificación del poder. Fue, más bien, una clase magistral personalista sobre cómo funciona hoy el mundo cuando el orden internacional se ha deshilachado. Trump no habló como quien apoya una transición democrática; habló como quien administra un territorio. Y eso cambia todo.

I. La clave no está en lo que Trump dijo, sino en lo que asumió

Trump afirmó que Estados Unidos “va a dirigir esencialmente” Venezuela durante un tiempo. Que habrá tropas sobre el terreno. Que el petróleo será gestionado bajo supervisión estadounidense. Que no se permitirá un vacío de poder. Que la transición no puede dejarse “al azar”. Dicho así, sin eufemismos, sin lenguaje multilateral (yo y yo), sin la liturgia habitual de la diplomacia.

Hannah Arendt escribió que el poder auténtico no necesita justificarse; solo necesita mostrarse. Trump hizo exactamente eso. No intentó convencer al mundo de la legitimidad moral del proceso. Lo dio por supuesto. Y cuando el poder se da por supuesto, es porque ya no reconoce una instancia superior que lo juzgue.

II. Delcy Rodríguez: el puente incómodo

Uno de los momentos más reveladores de la conferencia fue la referencia a Delcy Rodríguez. Trump la describió como alguien “elegida por Maduro”, pero inmediatamente la situó como interlocutora válida, cooperativa, funcional. No como líder futura, sino como pieza transitoria.

La frase es demoledora:

“She said she’ll do whatever we think is necessary. She doesn’t really have a choice.”

No es una alianza. Es una negociación asimétrica. Pero toda negociación —incluso la más desigual— implica un intercambio. Nadie que no tenga nada que ofrecer negocia. Y Delcy, evidentemente, ofrece algo: acceso, control, mando sobre estructuras que no se disuelven con un comunicado de prensa.

Su falso viaje a Moscú y su rápido regreso refuerzan esta lectura. Es una mentira más en esta burda comedia. No es una huida ni un exilio preventivo. Parece una secuencia más de la escenografía. Un movimiento calculado para mostrar que Rusia ha sido informada, que ha hablado, que ha aceptado el marco general. En política internacional, viajar no siempre significa buscar apoyo; a veces significa certificar una retirada ordenada.

III. Moscú y el silencio que ordena

La tibieza de Vladimir Putin (“Deeply concerns”) no es desconcierto. Es cálculo. Rusia no abandona aliados por sentimentalismo, pero tampoco los mantiene cuando ya no son estratégicamente rentables. Venezuela fue una pieza útil durante un tiempo. Hoy es un coste en su futuro cambio de cromos con USA.

Henry Kissinger —que entendía la política internacional como un equilibrio inestable entre cinismo y necesidad— solía recordar que las potencias no tienen amigos, tienen intereses. Rusia ha decidido que sus intereses no pasan hoy por una confrontación directa por Venezuela. Y eso solo es posible si hay garantías previas.

IV. La ausencia de guerra: el argumento definitivo

Aquí conviene detenerse. Venezuela no es un país desarmado. Es, en teoría, un país hiper armado y sobre todo militarizado. Milicias, colectivos, aparatos de inteligencia, redes criminales con lealtades políticas, mandos militares comprometidos. Si el poder chavista hubiese sido simplemente decapitado sin acuerdo, el resultado habría sido inmediato: violencia selectiva primero, guerra civil después. No ha ocurrido de momento. Y en ciencias sociales, como en medicina, la ausencia de un síntoma esperado es tan significativa como su presencia.

Este es el argumento central —el más incómodo, pero también el más sólido—: Si no ha habido pacto, lo que estamos viendo es inexplicable.

V. La oposición democrática y la lógica cruel de la estabilidad

Trump descartó sin ambigüedades a María Corina Machado. No por razones personales, sino por una evaluación brutalmente pragmática: no garantiza control, no garantiza obediencia armada, no garantiza estabilidad inmediata.

Aquí aparece la lógica que Hans Morgenthau describía como realismo trágico (el estado dual): la política internacional no se mueve por principios, sino por correlaciones de fuerza. La oposición democrática representa legitimidad; el antiguo régimen de maduro, aunque derrotado, representa orden armado. Y en un mundo sin árbitro, el orden suele imponerse a la legitimidad.

No es justo. Pero es real.

VI. Legalidad estadounidense, ilegalidad global

Trump presentó la operación como un arresto judicial. Pero inmediatamente la desbordó al hablar de “cambio de régimen”, administración temporal y control económico. No hubo notificación al Congreso. Se justificó por riesgo de filtraciones. Se invocó la justicia estadounidense para una acción con consecuencias hemisféricas.

Estamos ante algo más profundo que una vulneración puntual del derecho internacional. Estamos ante su irrelevancia práctica. El derecho internacional existe mientras las grandes potencias aceptan limitarse por él. Cuando dejan de hacerlo, el derecho no desaparece: se convierte en retórica.

VII. Petróleo, energía y lo que la verdad esconde

Trump fue extraordinariamente “honesto” al hablar del petróleo. Infraestructura deteriorada, inversión de grandes compañías estadounidenses, miles de millones, reembolsos, energía necesaria. El petróleo venezolano no aparece como un bien soberano, sino como infraestructura estratégica global.

En un mundo de centros de datos, inteligencia artificial, cadenas logísticas militarizadas y competencia energética feroz, el control de la energía no es un asunto económico: es poder estructural. Venezuela no es solo un país en crisis; es un nodo crítico para mantener el poder en el futuro, como Groenlandia y sus tierras raras.

VIII. ¿Justicia o administración del pasado?

Trump asegura que Maduro será juzgado en Nueva York. Puede que así sea. Pero la pregunta relevante no es Maduro, sino el resto del sistema. Las transiciones pactadas —Chile, Sudáfrica, incluso España— no funcionan con justicia plena, sino con justicia selectiva. No por virtud, sino por necesidad.

Déjenme volver a Arendt cuando advertía que la justicia absoluta aplicada en contextos de colapso suele producir más violencia que reparación. Esa es la lógica que parece imponerse: sacrificar justicia total a cambio de estabilidad mínima.

IX. Venezuela como laboratorio del mundo que viene

Trump cerró su discurso hablando de “un nuevo capítulo”. Lo es. Pero no solo para Venezuela. Es un capítulo para un mundo donde:

-la soberanía es condicional,

-la legitimidad democrática es negociable,

-la energía pesa más que los derechos,

y la estabilidad se pacta con quienes tienen armas, y punto.

Venezuela no es una anomalía. Es un ensayo general. Y lo verdaderamente inquietante no es que haya habido un pacto, sino que empezamos a aceptarlo como inevitable.

La pedagogía amarga

Queda, sin embargo, una pregunta suspendida en el aire, quizá la más incómoda de todas: ¿dónde están Europa y las Naciones Unidas? ¿Qué hacen —o qué pueden hacer— ¿la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas ante “una transición administrada por una potencia, negociada con restos de un régimen y legitimada únicamente por la promesa de estabilidad?

Europa observa, declara, se inquieta, no le gusta en voz baja. Es probable que invoque principios, que hable de derecho internacional, que pida elecciones, supervisión, garantías. Pero Europa ya no arbitra: acompaña. Carece de poder coercitivo, de unidad estratégica y, sobre todo, de voluntad para disputar un tablero que otros consideran vital. La UE no representa hoy la conciencia del mundo… cuando el mundo puede permitirse no tener conciencia.

La ONU, por su parte, parece atrapada en su propio espejo. Fue concebida para un orden internacional que ya no existe. Su lenguaje sigue siendo el de la legalidad, mientras la realidad se mueve por la lógica de la fuerza y el interés. Podrá enviar misiones, redactar informes, advertir sobre derechos humanos e incluso convocar al Consejo de Seguridad, como ha hecho. Pero no decidirá el curso de los acontecimientos. En el mejor de los casos, certificará lo ocurrido.

Y quizá ahí resida la verdadera pedagogía cruel de este episodio: que hemos entrado en un tiempo donde las instituciones que debían proteger a los débiles solo pueden narrar su derrota con buena sintaxis.

Venezuela no es solo la historia de un dictador caído ni de una transición tutelada. Es el relato de un mundo que ha renunciado a fingir que existe un árbitro imparcial. Un mundo donde la verdad se negocia, la justicia se administra por partes y la soberanía se concede bajo condiciones.

Tal vez algún día sepamos qué se pactó realmente, quién prometió, qué, qué se salvó y qué se entregó. Tal vez los archivos se abran, los protagonistas envejezcan, las memorias se escriban con menos miedo. El tiempo —ese juez lento y caprichoso— dirá si hubo traición, pragmatismo o simple resignación histórica.

Hasta entonces, seguiremos siendo un poco como niños ingenuos, mirando el escenario y preguntándonos quién movía los hilos mientras nos explicaban la función. Habrá algunos que se consideren más listos y poseedores de la verdad y den por bueno lo de Trump como otros lo dan por Maduro.

 Esperaremos con melancolía, que alguna vez la verdad se deje ver entera, sin bailes de disfraces…

Eso ya será la Historia

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