El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, va a presidir esta semana la IV Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Está previsto que asistan medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno y líderes de organismos económicos y sociales para impulsar el llamado ‘Compromiso de Sevilla’.
Esta reunión dará ocasión para manifestaciones de buenas intenciones y, probablemente, nada más. La prensa española, en una rara manifestación de unanimidad, destaca la importancia de la cooperación para el desarrollo, como medio de evitar la emigración. No gastemos en reforzar las fronteras, dicen, sino en reducir las desigualdades estructurales de los países emisores. El razonamiento parece impecable. Si estimulamos el avance económico en los países pobres, la gente se quedará en su país, evitándonos la molestia y las complicaciones políticas que trae consigo la emigración. Una conclusión que, en mi opinión, es equivocada.
Primero, los emigrantes no dejaran de viajar aunque mejore la situación económica local. ¿Ustedes pueden calibrar las ventajas que ofrece Europa en materia de seguridad y sanidad pública? Significa esto que uno puede pasear por la calle con relativa tranquilidad o que no va a padecer, caso de ser un africano, un ataque de paludismo o que será atendido en caso de accidente o enfermedad. ¿Ustedes pueden calibrar lo que significa enfermar, por ejemplo, en un país como Venezuela? Significa el endeudamiento y la ruina económica para el particular.
Segundo. La llamada ayuda al desarrollo es inútil o contraproducente. Inútil, porque en buena parte los fondos destinados a tal fin suelen acabar en los bolsillos de las rapaces élites locales. Son variadas las maneras en que esas élites se las ingenian para desviar los fondos. Desde organizar ONG,s ficticias -en Guinea Ecuatorial la mujer de Obiang, una de ellas, regenta una ONG- a coparticipar en proyectos que suelen tener resultados mediocres o nulos, o bien falsificar las estadísticas de población y distribución de la renta nacional para poder optar a la ayuda internacional. Hace años que varias publicaciones advirtieron sobre la inutilidad de este, podríamos llamarlo así, desahogo de la mala conciencia occidental. Entre ellos recuerdo ahora el titulado The road to hell. The ravaging effects of foreign aid and internacional charity, del que era autor Michael Maren, un texto que ilustra con ejemplos el despilfarro de la ayuda. Las mismas ONG,s se han convertido en parte del problema. Funcionan como verdaderas multinacionales, o bien como grupos de presión, cuyos dirigentes viven como potentados. Organizaciones que, en muchos casos, son más gubernamentales de lo que aparentan porque obran como agentes encubiertos de sus gobiernos. Las agencias estatales de cooperación, como la española AECID, resultan francamente discutibles, por su clamorosa incompetencia. Su personal, en muchos casos de mediocre capacidad profesional, gana un salario en el extranjero que no corresponde al que ganaría en España ejerciendo sus cualificaciones en el mercado. He llegado a pensar que la cooperación existe en España porque existe un personal creciente en la Agencia correspondiente; que los burócratas son los principales interesados en que se mantenga y amplie la cooperación. Encima blasonan de ello. La AECID, en teoría vinculada a Exteriores, es en realidad el ministerio rico -4.000 millones de euros en 2024- dentro de un ministerio pobre. ¿No sería mejor canalizar esos fondos que hoy se van por el desagüe de la cooperación al desarrollo a fortalecer nuestra acción diplomática?
Es contraproducente, porque la llamada ayuda al desarrollo desincentiva al Estado receptor para desarrollar las capacidades estatales correspondientes. ¿Para qué tener una organización sanitaria eficaz si los europeos se encargan de ello? Los europeos, escribo, porque los chinos no cooperan, cobran al contado las obras que realizan. “Dinelo pequeño, caletera pequeña”, arguyó en mi presencia el embajador chino en Guinea Ecuatorial. Y los norteamericanos, bajo la égida de Trump, llevan el mismo camino.
Esto que digo no significa que la suerte de miles de personas que mueren por causas triviales o que son analfabetas no nos afecte. Claro que nos afecta. Nada humano debe sernos ajeno. Pero, lo digo por experiencia, la mejor ONG es la Iglesia, católica o protestante, las iglesia militantes, cuyos miembros residen durante largo tiempo en el país de destino, aprenden las lenguas locales y -esto es importantísimo- tienen fe, no buscan los opíparos salarios que pagan los profesionales de la cooperación que saltan de un país a otro sin llegar a conocer la lengua o la cultura autóctona. Destínense los fondos a los menesteres de salvar vidas y olvídense del resto. Transferir fondos sin tener el menor control sobre el Estado receptor es tirar el dinero. Los ingenuos seguirán manteniendo que hay que subir nuestra contribución al 2% del PIB y aún más. No les hagan caso. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
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