Reflexiones sobre el Ser, la Naturaleza y la Modernidad
El amanecer de un nuevo día en Tresjuncos, provechoso en su quietud y en la sabiduría tácita que emana de los encuentros fortuitos, me invita a una profunda introspección. Hace apenas nueve meses, el tiempo de un embarazo, llegué a esta villa como un filósofo cargado de una pretendida erudición, pero ciego a la verdadera esencia de la vida. Mi existencia anterior, forjada en el bullicio de la gran urbe, me había velado el conocimiento fundamental del ser humano. Sin embargo, al observar la partida de aquellos que han forjado su existencia aquí, y a través de las conversaciones con los más sabios y experimentados de la villa, comienzo a abrir los ojos a la verdadera esencia de la vida. Es un esfuerzo constante, casi una redención, intentar recuperar el conocimiento que la vida urbana había ocultado, buscando la verdad en la simplicidad y en la conexión primigenia con el mundo.
La modernidad, en su afán por el progreso, ha engendrado una paradoja. Los que se autodenominan «civilizados» han volcado su ingenio en el desarrollo de herramientas y tecnologías que, lejos de conducir a la plenitud o a la felicidad inherente a la esencia humana, han sembrado la semilla de la infelicidad. Han logrado, irónicamente, gestar un estado de ansiedad perpetua en el individuo, incapaz de reconocerse en los instrumentos que él mismo ha creado. Esta desconexión, como bien señaló Karl Marx en su concepto de la alienación, se manifiesta cuando «el producto del trabajo se enfrenta al trabajador como algo ajeno, como un poder independiente del productor» (Marx, Manuscritos económico−filosóficos de 1844). Las herramientas, diseñadas para liberar, han terminado por esclavizar, contribuyendo a la erosión del trabajo como un modo de vida significativo, transformándolo en una mera mercancía.
Es en el diálogo con aquellos hombres y mujeres, nacidos y criados en la tierra, que han visto nacer y crecer a sus hijos bajo el amparo de la naturaleza, donde comienza a vislumbrarse aquello que la vida acelerada de la ciudad ha arrebatado. Allí se revela la necesidad vital de una existencia arraigada, de un desarrollo integral del ser humano, dotado de inteligencia y sensibilidad. Hemos, con una miopía trágica, despreciado el ambiente del llamado sector primario, considerándolo rudo y primitivo. Sin embargo, su dureza es, en realidad, una simbiosis con la naturaleza, una retroalimentación constante que nutre el espíritu. Este desprecio por la vida forjada en y por la naturaleza, impulsado por el atractivo artificial de la gran urbe, ha llevado a los padres a creer que hacían lo mejor para su descendencia al alejarlos del campo. Pero, en su intento de ofrecer un futuro mejor, han destruido la raíz de nuestra propia naturaleza.
Se ha abandonado el campo, se ha menospreciado el ganado, se ha satirizado a quienes dedicaron su vida a estas labores, tachándolos de ignorantes. Y hoy, desde este intento de regreso a los orígenes, impulsado por una inquietud existencial, descubrimos las graves equivocaciones que nos han conducido al malestar y a la ansiedad que caracterizan nuestra era. Como Jean-Jacques Rousseau observó en su crítica a la civilización, «el hombre que medita es un animal depravado» (Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres). La sofisticación de la vida urbana, lejos de perfeccionarnos, nos ha alejado de nuestra esencia más pura y de la sabiduría inherente a una vida en armonía con el entorno natural.
La Revolución Industrial, y con ella el auge de un capitalismo que ha mutado en un neoliberalismo voraz, cuya única ideología es la acumulación incesante de dinero sin considerar el coste humano o ambiental, ha configurado la sociedad actual. Las comunidades, al abandonar sus villas natales y, por ende, las fuentes de riqueza que antaño les dieron sustento, han saturado las grandes urbes. Aquella convivencia pacífica, productiva y feliz del ser humano primario se ha transmutado en un verdadero infierno: una lucha de egos, una carrera por mercancías inalcanzables, esclavitudes disfrazadas de condicionamientos sociales, insolidaridad y egoísmo. La consecuencia más alarmante es el preocupante incremento de enfermedades mentales, cada vez más comunes en un mundo que ha perdido su centro.
Nuestros países han visto cómo las grandes urbes se han hinchado desproporcionadamente, mientras las pequeñas villas que vieron nacer la vida se han adelgazado peligrosamente. Es en estas últimas donde aún se vislumbra la esencia de la vida misma, entendida como esa transición necesaria para el buen funcionamiento de la naturaleza: nacer, vivir y morir, dejando una huella, aunque sea efímera, sobre la tierra. En palabras de Séneca, el filósofo estoico, «no es el hombre que tiene poco, sino el que desea más, el que es pobre» (Seneca, Cartas a Lucilio). La verdadera riqueza no reside en la acumulación material, sino en la conexión con lo esencial, en la aceptación de los ciclos naturales y en la capacidad de vivir en consonancia con nuestra propia humanidad. Esta búsqueda de la felicidad en la acumulación y el consumo nos ha desviado del camino hacia una existencia plena y significativa, dejándonos en un estado de perpetua insatisfacción y ansiedad. Como bien señala el filósofo contemporáneo Byung-Chul Han, en la sociedad del rendimiento, «el sujeto de rendimiento, que se cree libre, es de hecho un esclavo absoluto, en la medida en que, sin amo, se explota a sí mismo» (Byung−Chul Han, La sociedad del cansancio). Esta autoexplotación, inherente a la lógica urbana y capitalista, nos aleja aún más de la contemplación y la conexión con el ritmo vital que solo la naturaleza y las pequeñas comunidades pueden ofrecer.
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