domingo 19 julio, 2026

Un “moro” en Semana Santa

No recuerdo exactamente en qué momento empezó a ocurrirme. Tal vez fue en 1992, aquella primera tarde en Sevilla, cuando el aire olía a cera derretida, incienso y azahar, y las calles parecían contener la respiración como si algo antiguo, muy antiguo, estuviera a punto de revelarse. Yo, extranjero y musulmán, caminaba entre la multitud con la curiosidad del que mira sin pertenecer, pero con una emoción inesperada que me nacía desde dentro, como si aquello, de algún modo, también fuera mío.

Las campanas sonaban graves, ceremoniosas, y el murmullo de la gente se transformaba en silencio cuando la procesión doblaba la esquina. Entonces aparecían los nazarenos, largos, oscuros, casi irreales; los cirios como constelaciones temblorosas; y detrás, el paso, avanzando con ese ritmo que no es caminar, sino una especie de latido colectivo.

Fue en ese instante cuando sentí la primera grieta en mis certezas.

Porque aquello no me resultaba del todo ajeno.

Había en esos cantos —las saetas rasgando el aire desde un balcón— una herida que yo conocía. No entendía todas las palabras, pero sí la intención, ese lamento profundo, casi desgarrado, que no busca belleza sino verdad. Me recordó a los cantos del Rif en Marruecos, a esas voces que se alzan en las montañas sin acompañamiento, como si hablaran directamente con Dios o con la memoria.

Me sorprendí a mí mismo pensando que esto ya lo he escuchado antes.

No en Sevilla, no en España, sino al otro lado del mar.

Quizás la historia no se había ido del todo. Quizás seguía escondida en los pliegues de la voz, en la manera de alargar una nota, en esa tristeza digna que no pide consuelo. Pensé en Al-Ándalus, en los que cruzaron el Estrecho llevando consigo no solo pertenencias, sino formas de sentir. Pensé en los moriscos expulsados, en lo que dejaron atrás… y en lo que, sin querer, llevaron.

Aquella noche comprendí que las culturas no desaparecen; se transforman, se mezclan, se susurran unas a otras a través de los siglos.

Yo, que había llegado como observador, empecé a sentirme parte de un eco.

Las procesiones continuaban su recorrido lento, casi hipnótico. Los costaleros, invisibles bajo el paso, avanzaban con un esfuerzo que era también devoción. Y en sus movimientos había algo ritual, algo que trascendía lo religioso para tocar lo humano, el peso compartido, la disciplina, y el silencio obediente.

Me recordó, de nuevo, a otras prácticas, a otros lugares.

A veces pensamos que la fe nos separa, pero aquella noche entendí que también puede ser un puente.

Porque más allá de los nombres —Allah, Dios—, más allá de las formas —mezquita, iglesia—, hay algo común, la necesidad de elevarse, de encontrar sentido, de dialogar con lo invisible.

Y eso estaba allí, en cada paso, en cada saeta, en cada lágrima discreta que alguien se limpiaba al paso de una Virgen.

Recuerdo especialmente un momento en que una mujer mayor, vestida de negro, murmurando una oración mientras el paso se alejaba. No supe qué decía, pero reconocí el gesto. Era el mismo que había visto en mi madre, en mis tías, en tantas mujeres de mi tierra.

Entonces dejé de sentirme extranjero.

O tal vez entendí que nunca lo fui del todo.

Porque en aquella Semana Santa no solo vi una tradición cristiana. Vi fragmentos de una historia compartida, restos de un pasado que aún respira, y una emoción que no entiende de fronteras.

Caminé de vuelta esa noche con una extraña serenidad.

Y pensé que, a veces, uno tiene que alejarse de casa para descubrir que nunca ha dejado de pertenecer.

Y al marcharme, con el eco de las saetas aún suspendido en el aire, sentí también el impulso de agradecer. A quienes viven esta tradición con fe y con entrega, a quienes la transmiten generación tras generación, a quienes la sienten como algo propio y profundo.

Desde mi orilla, distinta pero no lejana, solo puedo decirles: feliz Semana Santa.

Porque aunque mi fe sea otra, aunque mis rezos se orienten en otra dirección, hay algo de mí que ha caminado en esas procesiones, que ha vibrado en esos cantos, que ha reconocido en vuestro dolor y vuestra devoción un reflejo antiguo, compartido.

Y quizás ahí, en ese reconocimiento silencioso, es donde verdaderamente nos encontramos.

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