Ser víctima, haber padecido algún trauma síquico, un accidente o una catástrofe natural está de moda. Estoy por decir que enaltece al paciente, lo eleva a una categoría superior a la del resto de los mortales. A diario leemos las confesiones de tal o cual persona, más o menos célebre, que confiesa haber sido víctima de abusos en la niñez o la adolescencia; víctimas de la discriminación por una u otra razón. El caso es que la denuncia suele producirse cuando han pasado décadas del desafortunado incidente. Como ha ocurrido a raíz del movimiento Me Too, que multiplicó denuncias con debilísimas o intempestivas bases probatorias. Hay víctimas para todos los gustos. Unas -las del víctimas del terrorismo- con más justificación que otras. En España existen, incluso, una gama variada de asociaciones para la recuperación de la llamada memoria histórica, con la finalidad de exaltar el recuerdo y eventualmente recuperar los restos de los represaliados por el franquismo, con manifiesto olvido de «las otras víctimas», las que ocasionó el bando contrario. Unas víctimas son más y mejores víctimas que otras.
La víctima se ha convertido en una figura característica de la cultura woke. Uno puede errar, pero las víctimas siempre tienen razón. Son acreedoras no solamente a la compasión, a la solidaridad del prójimo; las víctimas son merecedoras de derechos y resarcimientos, morales o económicos. Las víctimas son el sucedáneo moderno de la rousseauniana «volonté générale», que es siempre recta. La voz del pueblo auténtico y olvidado: vox populi, vox Dei. La reclamación de reparaciones o resarcimientos suele hacerse de manera perentoria. Pues no faltaba más. Con ser víctima está todo dicho ¿Hay quien se atreva a desautorizar a los manifiestos o declaraciones de unas asociaciones que proliferan de día en día? Unas asociaciones que, lo quieran o no lo quieran, suelen adoptar un sesgo político. Recordemos a la señora Pilar Manjón, siempre de negro, siempre llorosa, una madre que perdió un hijo en los atentados de Atocha, que una y otra vez, insistía en poner en la picota al Partido Popular, haciéndole responsable directo del atroz atentado, por su actitud durante la segunda guerra de Irak. Lo hacía, acaso sin caer en la cuenta que atentados islamistas de la misma naturaleza tuvieron lugar en Londres o París, alguno de cuyos gobiernos militaron contra la intervención militar en Irak, o que Alemania -cuya política exterior no se ha caracterizado por el belicismo- ha sido una de las naciones más afectada por los atentados yihadistas. Imprudente fue Aznar con una guerra en la que, en realidad, no participò. ¿Hubiera tenido lugar el atentado de Atocha si la postura de España hubiera sido diferente?
Cuando se produce un accidente catastrófico -el metro de Valencia, el tren Alvia que descarriló en Angrois-, con un número importante de muertos y lesionados, la tendencia casi natural de las víctimas es la de buscar responsables, señalando a los que en ese momento regían las administraciones locales. Todavía se recuerda a la ex consellera Mónica Oltra, cuyas camisetas ilustradas con el rostro de Paco Camps y la leyenda Se Busca, lanzaron su carrera política. Las víctimas no suelen dejar un lugar al azar, a la casualidad, al desacierto momentáneo, tan frecuente en la vida diaria. Un conductor que lanza el tren a una velocidad excesiva hasta descarrilar en una curva. Todo accidente, en teoría, es evitable. Si se hubiera hecho tal cosa no hubiera resultado tal otra. Pero siempre habrá margen para la estupidez, la dejadez o el azar. Así decía Mallarmé:
Un coup de dés
Jamais n´abolira le hasard
Las víctimas escalan sin detenerse en las imprudencias o en la falta de entereza que en muchas ocasiones demuestran los responsables políticos. El último ejemplo lo proporcionan las víctimas de la DANA en Valencia, una protesta que ha sido orientada -por decirlo con suavidad- por los partidos nacionalistas y de izquierda que formaron gobierno en la legislatura pasada. Las víctimas de la DANA no reparan en que la catástrofe, en último término, fue originada por la naturaleza. Una tragedia que la imprevisión humana agravó. ¿Se hubieran producido tantos muertos si el barranco de Poyo hubiera sido canalizado? ¿Qué hubiera ocurrido si el avisó telefónico hubiera llegado una, dos horas antes? ¿Cuántos ahogados hubieran podido salvarse?¿Y si por falta de costumbre, por inexperiencia en sucesos semejantes, los ciudadanos hubiéramos desdeñado el peligro? ¡Quién sabe!
Las víctimas, o sus asociaciones, incriminan a «los responsables del desastre», como si estuviera en su mano hacer la lluvia y el buen tiempo, y reclaman airadas que «Mazón y su gobierno» comparezcan ante los tribunales por avisar del peligo de manera tardía. Pues claro que hubo incompetencia por parte de los políticos, no solamente los de Valencia. Pero de ahí a gritarle ¡asesino! en la cara de Carlos Mazón -un político incapaz de hacer frente a una crisis- hay un abismo. El judíos sacrificaban a un chivo en el llamado día de la expiación a fin de purificar las culpas por medio del sacrificio sangriento (Levítico, 16), El artificio resulta cómodo para expulsar el azar de nuestras vidas, puede satisfacer incluso los pasiones vengativas de las víctimas, pero no debería abusarse de él; sobre todo para distraer la atención del público de quien, dominando los resortes del Estado, tenía entre sus competencia la declaración del estado de alarma (art. 116 de la Constitución española) permaneció quieto, regodeándose en la desgracia del rival. ¿Será necesario señalar a alguien?
El naufragio con expectador es un tema clásico, una metáfora de la existencia sobre la que escribió un corto tratado el filósofo Hans Blumenberg: se trata de un individuo que, desde lo alto de un acantilado, contempla el naufragio de una nave, la tragedia del prójimo, y siente un inconfesable regocijo por no ser él quien está a bordo. Las víctimas, los supervivientes del naufragio, no suelen tener razón.

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