martes 6 octubre, 2026

2026: detenerse antes del precipicio

Editorial de La Discrepancia por Álvaro Frutos

No somos magos. Ni oráculos. Apenas ciudadanos que observan cómo el calendario avanza mientras el mundo parece acelerar sin frenos, sin saber muy bien adónde va. Por lo pronto, nosotros no lo sabemos: quienes pareciera que solo estamos conectados al mundo a través de los telediarios. Eso sí, siempre podemos sintonizar aquel que dice exactamente lo que más nos apetece oír.

En 2026 entramos envueltos en sensaciones inquietantes: la de estar caminando demasiado deprisa sobre terrenos minados, donde cualquier paso en falso —una decisión impulsiva, una palabra convertida en consigna, un gesto pensado para el aplauso inmediato— puede hacerlo saltar todo por los aires. Estamos, en definitiva, a medio camino entre el conejo blanco de Alicia y el sentimiento trágico de la vida de Unamuno. Corremos sin saber adónde, pero sabiendo muy bien de qué huimos.

El mundo se ha encogido hasta caber en una pantalla: lo que se decide en Washington, Moscú o Kiev resuena en Madrid; y España, también más pequeña, elige —o calla— dentro de una Europa cansada, frágil y cada vez más fragmentada.

Las grandes preguntas de nuestro tiempo, aquellas que hoy parecen concernirnos a todos, en España y en el mundo, son tan claras como inquietantemente contradictorias. En la agenda internacional planea una incógnita mayor: si en 2026 Europa y Rusia cruzarán el umbral de la guerra. En España, mientras tanto, la duda adopta otra forma menos decisiva, menos traumática en apariencia, y que parece afectar solo a quienes mandan y a quienes aspiran a mandar: ¿habrá elecciones generales en 2026?

No nos hagamos trampas. En ambos casos, la respuesta acertada es la misma: no depende del destino, sino de las decisiones —siempre— de quienes gobiernan y, en menor medida, de los límites que las sociedades estén dispuestas a soportar.

I. El mundo en 2026: la guerra como paisaje de fondo

No es agradable constatar que la guerra se anuncia con una frecuencia inquietante. Casi normalizada en el ruido político-informativo. Y ello no puede despacharse sin más, como se hace en una tertulia televisiva que oímos, repetimos y pontificamos luego —como papagayos— en el bar del barrio.

Los tambores suenan con demasiada fuerza en la política, en la economía y, por asombroso que parezca, incluso en el lenguaje cotidiano como para no prestarles atención. Europa vive instalada bajo una nube gris, llamando a voces a que estalle la tormenta.

La posición reciente de Volodímir Zelenski ante los planes de paz —exigiendo garantías reales y no meras declaraciones— revela hasta qué punto Kiev desconfía tanto de Moscú como de la volatilidad occidental. Y no sin motivos. El amigo americano, a nuestro pesar, sigue siendo quien parece tener las ideas más claras. Al mismo tiempo, la decisión de Benjamin Netanyahu de suspender un alto el fuego en Palestina —más teórico que real— o de volver a atacar Irán recuerda que los personajes son los que son y que, como en las viejas películas del Oeste, tienen el gatillo fácil: disparar es siempre lo más sencillo.

Putin persigue un objetivo del que no se ha movido ni un centímetro desde el primer momento. Ucrania es un pretexto. Reconfigurar el equilibrio europeo y ser reconocida Rusia como potencia hegemónica es el verdadero objetivo. No se trata solo de territorio, sino de límites, esferas de influencia y reconocimiento de poder.

El error europeo ha sido, durante años, confundir advertencias estratégicas con propaganda, y firmeza con escalada. Ningunear al otro. Y, sobre todo, asumir que Estados Unidos tenía la misma agenda. La supuesta “superioridad moral” del viejo Occidente se está yendo por el desagüe.

Los partidos de extrema derecha europeos lo han tenido claro desde el minuto uno: el factor más desestabilizador no está en Moscú, sino al otro lado del Atlántico, y por ello buscan su cariño y su amistad. El regreso de Donald Trump ha convertido a Estados Unidos en un actor imprevisible, transaccional, dispuesto a tratarlo todo —seguridad incluida— como un negocio. Era previsible. Y es exactamente lo que ha ocurrido: si no pagas, no te protejo; si no me conviene, me retiro.

No estamos ante excentricidades personales, sino ante la constatación de un cambio profundo en la política internacional, comenzando por Europa. Los europeos deberíamos dejar de cacarear objetivos tan lejanos como hoy inalcanzables —como la autonomía estratégica— y dejar de autoengañarnos fingiendo que el paraguas atlántico es automático y eterno. Como decía Charles de Gaulle, ninguna nación responsable puede poner su destino último en manos de otra.

Lo más grave de Europa es su fragmentación política, pero también su única salida posible. 2026 será año electoral en varios países, y el ascenso de la extrema derecha ya no es una hipótesis académica, sino una tendencia consolidada. Crisis económica latente, aumento de la inmigración, percepción de inseguridad, desigualdad generacional y ansiedad climática conforman el caldo de cultivo perfecto para discursos simples, identitarios y autoritarios.

China observa con paciencia oriental. No empuja, no grita, no dramatiza. Espera. El mayor error europeo sigue siendo comportarse como si el eje del mundo no se hubiera desplazado.

¿Habrá guerra entre Rusia y Europa en 2026? No necesariamente. Pero el verdadero riesgo no reside en una decisión consciente de ir a la guerra, sino en la suma de inercias y debilidades de los líderes europeos. Como escribió Stefan Zweig al evocar 1914: nadie quería la guerra, pero todos aceptaron su lógica. Ese es hoy el peligro.

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