A lo largo del mes de agosto he recibido distintas propuestas de varios medios de comunicación, tanto de radio como de televisión. Debe ser que a lo largo de ese mes los medios revisan lo realizado en el último curso político y programan el siguiente con modificaciones y contrataciones que mejoren el producto que venden.
Las propuestas recibidas eran para que me incorporara como tertuliano a los programas que mantienen en sus respectivas parrillas.
A todos los atendí por una simple cuestión de educación. Me imagino que los directores o productores de esos programas tienen derecho a ser contestados cuando han tenido el detalle de pensar en ti, no sé si al principio o al final de la ronda de fichajes.
Atendí a todos, y a todos les ofrecí la misma respuesta. Agradecí que se fijaran en mí, pero no aceptaba pasar a formar parte de su grupo de tertuliano por dos razones: no me considero capacitado para opinar sobre la mayoría de los temas y asuntos que circulan diariamente por la política nacional e internacional. Solo sé de cuatro cosas y no puedo opinar sobre lo que no conozco ni domino. No estaría en condiciones de dar una opinión coherente y sabia sobre los incendios de sexta generación o sobre la política de Trump, de Xi Jimping o de Putin. No sabría descubrir las razones que animan a Netanyahu a echar por tierra el prestigio del pueblo de Israel. No estoy capacitado para analizar en profundidad el papel de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, ni la adaptación o no de los jueces a las leyes elaboradas por el poder legislativo. No estoy seguro de la política que hay que seguir para mantener el nivel de acogida turística de España. No me atrevería a pontificar sobre las revisiones en los funiculares como hacen con soltura algunos tertulianos que, tal vez, no se hayan montado en uno en toda su vida.
Solo sé algunas cosas relacionadas con el sistema democrático o con la financiación de las CCAA y el papel que estas deben jugar en la gobernabilidad del Estado. Poca cosa para lo que se exige a algunos tertulianos sabihondos que de todo opinan aunque de poco sepan. Antes de que abran la boca ya se sabe qué van a decir. Yo no sabría ser un tertuliano multidisciplinar, que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Algunos, como los califica Manjón Guinea en su blog, “son burritos palmeros, altavoces de la estulticia llevada a la máxima potencia. La de reconocer su propia idiocia sin sentir rubor alguno”.
La segunda razón para rehusar el papel de tertuliano tiene que ver con mi rechazo a esa figura en los medios de comunicación. Sostengo que si no existieran las tertulias, la acritud en la política española rebajaría su tensión de manera significativa. Hay que ser muy iluso para sentarse ante un televisor o escuchar una tertulia radiofónica y creer que se va a sacar algo más de lo que ya se sabía sobre los múltiples sucesos que ocurren en la vida política, social y económica de la sociedad española. Sabemos que pase lo que pase, un grupo de tertulianos hablará siempre a favor del gobierno. Otro grupo, lo hará siempre en contra. No importa de lo que se trate. Unos, siempre a favor. Otros, siempre en contra.
Quienes tenemos superado los setenta años recordamos la añorada La Clave del fallecido José Luis Balbín. A ese programa también acudían tertulianos. Distintos cada semana. Todos expertos en la temática de la que se iba a conversar. Se respetaban. Se guardaba el turno y el moderador, el gran profesional Balbín, moderaba. Solo iban al programa quienes sabían del asunto a tratar. Enseñaban y la audiencia aprendía sobre lo tratado y sobre la educación y el respeto a las ideas de los demás. Allí no se decía eso de “no me interrumpas. Yo te he escuchado en silencio”, después de haber interrumpido varias veces al que le estaba interrumpiendo. Allí se dialogaba.
Por eso he rechazado varias propuestas para ser tertuliano. Para no faltarle el respeto a la audiencia.

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